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viernes, julio 31, 2026

¿Vivimos en una simulación?

Por Otto Martín Wolf

Cada cierto tiempo aparece alguien, generalmente muy convencido y con expresión de quien acaba de descubrir el secreto del universo mientras hacía fila en el banco, que me pregunta si creo que vivimos dentro de una simulación. También no faltan los que con gran insistencia me preguntan -e intentan armar un debate de gran altura y profundo interés filosófico- sobre ese mismo tema.

Siguiendo la corriente tenemos que concluir que no se trataría una simulación cualquiera, claro. Una sofisticadísima. Una especie de videojuego cósmico programado por alguien que, evidentemente, tenía demasiado tiempo libre.

Ninguno me dice, no obstante, ¿dónde estaría ubicado ese usuario tan fantástico, tampoco su forma (¿humano, pichete?) y mucho menos su tamaño.

La teoría tiene miles de seguidores. Según ellos, usted, yo, su suegra, los mosquitos, las galaxias, las facturas de electricidad y hasta el señor que inventó el agua tibia somos apenas personajes digitales ejecutando un programa en la computadora de algún individuo situado en un lugar imposible de localizar.

¿Es posible? Por supuesto. También es posible que los calcetines desaparezcan en la lavadora para fundar una república independiente. Pero recordemos: que algo sea posible no significa que sea cierto.

Una bacteria que vive tranquilamente en nuestro intestino habita un universo inmenso… para ella. Ignora que su galaxia tiene forma de tripa y que el dios todopoderoso al que jamás conocerá acaba de comerse un plato de frijoles. ¿Llegará algún día a descubrirlo? Difícil. Bastante tiene con evitar ser exterminada por el sistema inmunológico.

Los zompopos, trabajadores incansables y propietarios legales de todas las hojas que encuentran, seguramente creen que los jardines fueron creados para satisfacer sus necesidades alimenticias. Si una aficionada a la jardinería destruye el hormiguero, quizá concluyan que el fin del mundo ha llegado, ya sea en forma de insecticida o por medio de un súper terremoto provocado con sus pies o alguna pala de jardín. Por otra parte, si las rosas florecen, pensarán que la providencia continúa de su lado.

Y el cocodrilo, inmóvil durante horas con apenas los ojos fuera del agua, convencido de que la paciencia siempre termina convertida en almuerzo, ¿creerá que un dios organiza el menú diario? ¿Pensará que las cebras llegan puntualmente porque alguien escucha sus plegarias? ¿Y cuando el río se seca, supondrá que ha sido castigado por llevar malos pensamientos?

La verdad es que no tenemos la menor idea. Y esa respuesta, aunque decepcione a quienes esperan una revelación espectacular, suele ser la más honesta.

La curiosidad humana posee una virtud extraordinaria: fabrica preguntas mucho más rápido de lo que el universo produce respuestas. Gracias a ella descubrimos continentes, inventamos telescopios y también pasamos noches enteras discutiendo si los dinosaurios habrían llegado a jugar al fútbol de haber evolucionado un poco más. Y los últimos de esos gigantes, habrán pensado que el meteorito que los borró del planeta fue enviado por algún dios como castigo por golosos.

Pero supongamos, sólo por diversión, que mañana aparece una prueba definitiva de que vivimos dentro de una simulación.

¿Qué cambiaría? ¿Dejaría el café de estar caliente?

¿Las hipotecas desaparecerían por tratarse de un error del programa?

¿El dolor de una muela sería menos doloroso porque en realidad es un archivo digital?

¿O simplemente seguiríamos levantándonos temprano para ir al trabajo, solo que ahora protestando contra el programador en lugar de hacerlo contra el jefe?

Muchos consideran más razonable creer que un adolescente   extraterrestre ejecuta un software gigantesco que aceptar que uno o varios dioses crearon el universo de la nada. Otros piensan exactamente lo contrario. Ambos grupos defienden sus ideas con admirable entusiasmo y con idéntica falta de pruebas concluyentes.

Y todavía queda una posibilidad mucho más divertida.

¿Qué ocurre si quienes manejan la simulación también viven dentro de otra simulación? ¿Y los creadores de esa segunda? ¿Y los de la tercera?

Podríamos pasar toda la eternidad descubriendo que siempre existe un programador detrás del programador, siempre nuevos, siempre aumentando como los recibos de la luz.

Al final, la pregunta importante quizá no sea si vivimos en una simulación.

La pregunta verdaderamente incómoda que desearía se hicieran todos esos que creen que vivimos en una simulación, esa pregunta es otra.

Si mañana descubriéramos que todo es artificial, absolutamente todo, ¿cambiaría en algo nuestra manera de vivir?

Sospecho que no.

Porque, simulación o no, el hambre sigue dando hambre, el amor continúa haciendo tonterías, los impuestos mantienen su desagradable costumbre de llegar puntualmente y los mosquitos conservan la inexplicable habilidad de encontrar exactamente el único centímetro de piel que uno olvidó cubrir.

Y eso, para desgracia nuestra… se siente demasiado real.

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