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viernes, julio 31, 2026

¿Los nudos?

LA neblina matinal aún dormía entre los pinos. Winston caminaba meticuloso, cuidando no despertar a nadie, con un ejemplar de EL PAÍS bajo el brazo. El Sisimite avanzaba apartando unas ramas atravesadas en la vereda. El bosque parecía inmune al ruido del mundo. -Sisimite –preguntó Winston–, ¿qué revela el enojo de algunos cuando de repente aparece el presentimiento que algo esconden y previene los peligros de iniciativas tramposas o filtradas por intereses ocultos? -Es que hay verdades que duelen. Cuando un argumento sólido desarma una maniobra, el enfado cae en la falacia Ad hominem intentando tapar lo que queda al descubierto. -La falacia consiste en un error de razonamiento; se ataca a la persona que habla en lugar de refutar su argumento. -Y es que resulta más cómodo intentar desacreditar al vigía que reparar la arquitectura agrietada que está vigilando.

El Sisimite tomó una rama seca y dibujó un círculo sobre la tierra. -Mirá este hormiguero. Si una hormiga advierte que la senda conduce al fuego, las demás tienen dos opciones: cambiar de rumbo… o engañarse de que la denunciante exagera. Cuando detrás del sendero hay intereses, suele escogerse la segunda. -Vicio antiguo: la mediocridad no encuentra cómo argumentar con el talento. -Vos que estuviste mucho antes del principio de los tiempos, ¿te topaste con algunos ejemplos? -Ni por asomo establecer comparación alguna de aquello con lo de ahora. Solo para efecto de ilustración. -Sócrates caminaba por Atenas haciendo preguntas. No insultaba a nadie; simplemente preguntaba. Solo que sus preguntas dejaban desnudos a quienes aparentaban saber. Lo condenaron a beber cicuta. Creyeron eliminar un estorbo, cuando en realidad estaban castigando el hábito de pensar. Galileo apuntó su telescopio al firmamento y vio –defendiendo a Copérnico– lo que en aquellos días nadie quería aceptar. Que la Tierra gira alrededor del Sol. Fue condenado por la Inquisición romana por ser «vehementemente sospechoso de herejía» al promover el sistema heliocéntrico. -No se supo qué castigo tuvo el telescopio –si lo confiscaron y prohibieron la venta– ya que el instrumento acabó siendo más potente que los prejuicios. -Y a propósito de tu tocayo, el otro Winston, y su pertinacia que el Führer alemán no buscaba la paz sino prepararse para la guerra. Fue aislado políticamente; tachado de alarmista. Hasta que Europa despertó bajo el estruendo de las bombas y el estupor del blitzkrieg de los panzer alemanes. Recurrieron a él solo cuando la invasión a la isla era inminente. De no ser por su terca resistencia, prácticamente solo, contra aquel poderío imparable, Hitler hubiese sido el amo del mundo. Más reciente, en la Rebelión de la Granja, George Orwell desenmascara el cicatrizado rostro de las atrocidades del totalitarismo que, por la coalición de los aliados con la Rusia de Stalin, muchos intelectuales se negaban a ver.

-¿Y por qué la verdad atormenta? -Porque un argumento cierto es capaz de desatar los nudos. Hay nudos ciegos que no se sueltan, si su condición de ser nudo descansa en enredar la cabuya y mantenerse bien apretado. Cuanta más confusión exista, más fácil esconder intereses disfrazados de buenas intenciones. -¿Y qué estarían intentando destartalar? Ante la resistencia de adecentar la política, la apangada cosmética, dejarla igual, solo que envolverla en papel regalo y ponerle un chongo. -El equilibrio es la mejor garantía de limpieza en un sistema: que quienes los integren –siendo contrarios– se vigilen entre sí, para impedir cualquier transgresión. Esa es la verdadera genialidad de la ley: los contrapesos. Y la pulcritud del proceso no descansa en una inexistente apoliticidad –porque toda decisión pública tiene una dimensión política y el ciudadano no deja sus ideas, simpatías o intereses políticos en la puerta cuando se sienta en la silla de una institución o en una mesa electoral–, sino de la integridad, como garantía de imparcialidad, la decencia y el respeto irrestricto a la ley. La tersa caricia del viento. -Una sociedad pierde el rumbo cuando deja de preguntar cuáles son los mejores argumentos y comienza a preguntar quién les estorba. -Las civilizaciones no sucumben por referentes que adviertan los arrecifes. Se hunden cuando, por mezquindad, interés o mediocridad, deciden apagar el faro para que la advertencia deje de verse.

 

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