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jueves, octubre 1, 2026

¿Delirio imperial?

EN aquel bosque primigenio del ayer, ninguno de los brotes tenía la consistencia ni la calidad de los más antiguos. Winston antes que acabe el mes de la patria, lo que tuvo de civismo quizás solo fueron las horas de los desfiles– le pide al Sisimite que cuente qué pasó en los días inmediatos a la independencia. -Hasta donde supe, aunque el 15 de septiembre de 1821 se anota como la independencia de Centroamérica de España, Iturbide invitó a las provincias a unirse a su Imperio bajo el Plan de Iguala. “Chiapas la primera provincia en responder, se adhirió el 26 de septiembre y Honduras (bajo la autoridad de Comayagua) lo hizo el 28 del mismo mes. Nicaragua se sumó el 11 de octubre y Costa Rica el 10 de enero del siguiente año. La provincia de Guatemala (capital) aceptó la anexión el 5 de enero de 1822, tras una consulta favorable a los ayuntamientos. “El Salvador fue la principal opositora, rechazando la anexión por temor a un gobierno no representativo y a la pérdida de autonomía. Se mantuvo en rebeldía hasta febrero de 1823, lo que provocó la intervención militar mexicana”.

La anexión exacerbó la rivalidad histórica entre las dos ciudades hondureñas: “Comayagua sede del gobierno provincial y del gobernador español José Tinoco, apoyó la anexión a México para preservar el orden y sus privilegios. Tinoco tomó acciones represivas contra Tegucigalpa, llegando a cortar sus comunicaciones para forzar su adhesión”. “Tegucigalpa de tradición liberal, –con Dionisio de Herrera que juró fidelidad a la Junta Provisional Consultiva (conocida localmente como «Junta Patriótica»)– se opuso firmemente a la anexión. Organizó un ejército de voluntarios para defenderse, donde se alistó Francisco Morazán, dando inicio a su carrera militar”. “El conflicto casi desemboca en guerra civil. Tegucigalpa resistió, pero finalmente, ante la presión militar y política, se vio obligada a reconocer su anexión a México el 22 de agosto de 1822. Solo que el delirio imperial de Iturbide fue efímero. Duró apenas un año y medio, lastrado por la resistencia salvadoreña, la impopularidad de las tropas mexicanas y la propia fragilidad interna del Imperio Mexicano”. “La abdicación de Iturbide el 19 de marzo de 1823 fue el golpe final. Sin el emperador que la sostenía, la anexión se desmoronó, y el 1 de julio de 1823, una Asamblea Constituyente proclamó la independencia absoluta de las Provincias Unidas de Centroamérica (de España, México y cualquier otra potencia)”. -¿Y Valle qué pitó tocó? -José Cecilio del Valle principal ideólogo y estadista de la independencia centroamericana, fue opositor jurídico frontal a Iturbide. Nació en Choluteca y fue encargado de redactar el Acta de Independencia. “Inicialmente se mostró cauteloso –consideraba que aún no era el momento–, finalmente asumió la redacción y se convirtió en la voz intelectual del proceso”.

“Cuando Iturbide proclamó el Plan de Iguala y buscó anexar Centroamérica, Valle se opuso en términos jurídicos. Sostenía que la consulta a los ayuntamientos había sido viciada de ilegalidad y que ni la Junta ni el Capitán General tenían derecho a decidir el destino de la nación”. «El futuro de una nación depende de sí misma. Solo Guatemala puede decidir por Guatemala». “A pesar de su oposición, Iturbide quiso atraerlo y lo nombró Ministro de Relaciones Exteriores del Imperio. Valle fue elegido diputado al Congreso mexicano por Tegucigalpa y Quetzaltenango, y desde allí continuó su lucha. El 12 de abril de 1822 pronunció un discurso para demostrar que la anexión era ilegítima. Fue prisionero de Iturbide en un momento de turbulencias políticas. Y aunque inicialmente rechazó el cargo de ministro, fue obligado a aceptarlo, y lo mantuvo hasta la abdicación de Iturbide en 1823”. “Valle volvió al Congreso y logró que se aprobara una resolución que daba libertad a Centroamérica para decidir su futuro. Fue candidato a la presidencia de la República Federal, y electo presidente en 1834, pero murió el 2 de marzo de ese año en Corral de Piedra, camino a Guatemala, antes de asumir el poder”. Winston observó a los padres fundadores de aquel bosque. Junto a ellos, cada retoño parecía una promesa frágil, un bosque que no aprendía a ser bosque. “Peor ahora –suspiró al despedirse– siquiera respetaran los sagrados símbolos nacionales”.

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