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sábado, septiembre 26, 2026

¿El susurro?

Los árboles, que habían aprendido a hablar con el viento y a soñar con la lluvia, sintieron otra vez el “gatopardismo” de hachas hambrientas descombrando —cambiar todo para que nada cambie; “solo el usufructo de la nueva realidad por los chacales y las hienas”, en palabras del Gatopardo— mientras el bosque entero se hundía en una fractura del equilibrio del sistema. —¿Y es que no escucharon bien, que acá les dimos la solución, el remedio a esa urticaria reformista de cambiar leyes para que nada cambie y al país le vaya peor? —Claro, recuerda Winston: adecentar la política que los mismos políticos han ensuciado. Ejemplo: apostar a la integridad de las personas —que aun con su corazón banderizo actúan con honorabilidad, no con disfraz disimulando “apoliticidad”, pero movidos por los ocultos intereses que representan— y al respeto de las leyes. Eso fue lo que salvó la democracia, cuando el poder arbitrario se le vino encima a las mujeres consejeras y a la finada magistrada, resistiendo las embestidas con admirable valentía, dieron elecciones ejemplares, sacaron la declaratoria en tiempo y garantizaron la alternancia, pese a que hoy la mezquindad regatea esos créditos ganados a pulso.

—Y si van a reformar lo chiquito —dando al traste con el sistema político constitucional y la forma de gobierno “republicana, democrática y representativa” que se ejerce por tres poderes—, no se queden solo en las mesas. Vea, no les pase que por andar dando la mano les agarren hasta el codo. Si los políticos ya no son dignos de confianza, y los partidos perdieron su función de ser, ¿por qué quedarse en la minucia y no pensar en grande? ¿Por qué no dejar que ciudadanos “imparciales” escojan a los magistrados de la Suprema —e incluso la integren— prescindiendo de la elección que constitucionalmente corresponde a diputados? Mejor todavía: ¿para qué ir a elecciones y someter al pueblo a tanto gasto, si ese otro conjunto de ciudadanos posee mayor autoridad moral por su “independencia política”? ¿Por qué no permitirle integrar de un solo el Congreso Nacional y las alcaldías con representantes de ese universo de “apolíticos y neutrales”? Ir más allá incluso: que esos virtuosos ciudadanos dirijan el Ejecutivo y las descentralizadas, y elijan al jefe del Estado Mayor Conjunto, organicen los batallones y otorguen los ascensos militares.

Si pertenecer a ese otro universo constituye una garantía de imparcialidad que no poseen quienes están en los partidos, ¿por qué reservar semejante virtud solamente para contar votos? Si para administrar una elección es inconveniente que intervengan representantes de quienes compiten en ella, ¿por qué para administrar el Estado sí resulta conveniente que gobiernen precisamente quienes compitieron por él? Si la representación partidaria contamina una institución por serlo, ¿qué hacemos con el Congreso, compuesto enteramente por representantes de partidos? Si la independencia respecto de los partidos es una legitimidad superior a la del voto, ¿para qué necesitamos partidos? Si un ciudadano elegido al azar ofrece mayores garantías porque nadie votó por él, ¿debemos concluir que recibir votos disminuye la legitimidad democrática? Si los partidos son indignos de confianza para integrar ciertas instituciones, ¿por qué son suficientemente dignos para redactar las leyes, aprobar el presupuesto e imponer tributos? Si los políticos creen que la ciudadanía confiará más en gente ajena a la política, ¿no deberían preguntarse por qué quieren seguir gobernando ellos mismos?

—Mirá Winston, acá tenemos respeto a la sociedad civil. Incluso varios que fueron a medirse en las urnas —integrando distintos partidos— salieron de esos grupos organizados. Sociedad civil y sociedad política no son enemigas ni sustitutas; cumplen funciones diferentes. Una democracia necesita asociaciones, universidades, iglesias, gremios, medios y ONG que observen y cuestionen al poder; pero esa facultad no equivale automáticamente a un mandato representativo para ejercer autoridad estatal. Confundir vigilancia con gobierno es abrirle la puerta a una nueva aristocracia de la virtud declarada, tan peligrosa como la vieja aristocracia del apellido o del dinero, porque ambas comparten el mismo vicio: decidir por otros sin haber sido elegidas por nadie. Winston escuchó, otra vez, un susurro de savia derramada y el crujido de las ramas que caían como brazos cansados de sostener el cielo, preguntándose si alguna raíz lograría sobrevivir a tanta hacha disfrazada de sierra reformista, en un bosque que ya no distingue entre quien lo cuida y quien viene por su madera.

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