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martes, septiembre 29, 2026

¿Echar raíces?

La política hondureña vive una confusión entre dos verbos que no significan lo mismo: renovar y formar. Editorial ¿Echar raíces? C Un reciente planteamiento sobre el relevo generacional sostiene que cambiar rostros no garantiza mejores gobernantes, que la fama no reemplaza al oficio y que las nuevas ramas solo prosperan si nacen de raíces profundas.

Durante mucho tiempo, la política fue territorio de los políticos. Los partidos formaban cuadros, promovían líderes, acumulaban liderazgo local y elegían para sus listas a quienes tenían trayectoria dentro de la organización. Era un sistema cerrado, pero quien llegaba a los puestos principales había recorrido un largo camino antes.

Luego llegó la democratización en la selección, con la fórmula del más votado. Las listas se poblaron de empresarios, profesionales, dirigentes sindicales y gremiales, comunicadores, presentadores de televisión, atletas, futbolistas y figuras populares, personas cuyo principal atractivo era un reconocimiento ganado en actividades completamente distintas.

Nadie discute que todo ciudadano que cumpla los requisitos legales tiene derecho a aspirar a un cargo público. “La democracia no es patrimonio hereditario de una casta de políticos profesionales”, y esa afirmación pesa más cuando la formula un expresidente. La duda es otra: si abrir la puerta ha producido una política de mayor calidad.

Los nuevos aprendieron el ritual: excursiones por municipios y pueblos, reuniones con correligionarios, promesas, visitas y favores. Algunos aportaron conocimientos y experiencia; otros aprendieron las mejores prácticas y otros las peores. Pero todos pasaron por un mismo filtro, pedir el voto, y esa prueba electoral es en sí misma una forma de legitimidad.

Distinto es el caso de la periferia no electa. En el Ejecutivo, ministerios y oficinas se llenaron de técnicos y amigos, algunos desconocidos incluso para quienes habían participado en la campaña. Así que no es cierto que el otro mundo haya quedado excluido de la política. Lo que nunca se sometió al veredicto popular es lo que deambula por la periferia, sin haber sido votado por nadie y sin rendir cuentas ante ningún electorado.

Tras varias décadas de apertura, las preguntas son inevitables. ¿Mejoró la calidad de la política, de los congresos, del debate parlamentario? ¿Creció el conocimiento de la Constitución y las leyes, la argumentación, los modales, el respeto a los adversarios, la capacidad de construir acuerdos?

¿Mejoraron los gobiernos con la incorporación de personas ajenas al empaque tradicional? No hace falta que el autor responda. Todo hondureño responde por él.

El contraste con las asambleas constituyentes de otras épocas es elocuente. Estaban integradas en gran medida por hombres profundamente políticos, que tenían partido, adversarios, ambiciones, convicciones y largas trayectorias públicas. De esas asambleas, repletas de partidarios comprometidos, salieron debates de gran calado, discursos de peso y una seriedad intelectual difícil de encontrar en los episodios parlamentarios actuales. Solemos pensar que el partidismo es la enfermedad y la neutralidad fingida, la cura.

Nada de esto es nostalgia. Aquellos tiempos tuvieron caciquismos, exclusiones y arbitrariedades que una democracia moderna no debe añorar. Se trata de distinguir dos palabras que suelen confundirse: renovar es cambiar a las personas; formar es producir líderes capaces de comprender el Estado, conocer las leyes, representar intereses, servir y no servirse, debatir con adversarios, negociar sin capitular, aceptar derrotas y entender que gobernar no consiste solo en conquistar una mayoría.

Gobernar es también un oficio: legislar requiere aprendizaje, negociar exige experiencia y conocer el Estado demanda tiempo. La política democrática no debe convertirse en una profesión cerrada, pero tampoco puede reducirse a un concurso de popularidad donde el reconocimiento del rostro sustituya el conocimiento del oficio. Reconocimiento y conocimiento comparten raíz, y la sabiduría está en diferenciarlos.

Ningún sector tiene el monopolio de la honestidad, la independencia, la inteligencia o el patriotismo. Hay empresarios, académicos, sindicalistas, periodistas, atletas y futbolistas excelentes y terribles, y ocurre lo mismo con los políticos. La fama puede ganar votos y la popularidad puede llenar una plaza, pero ninguna de las dos formas por sí sola a un estadista. Hay que juzgar por la formación, no por el origen.

En el bosque, algunos árboles son columnas de tiempo, raíces que sostienen la memoria, mientras ciertos arbolillos se agitan con cualquier viento y confunden crecer con apurarse. Los viejos han aprendido a permanecer, a resistir y a dar sombra sin pedir nada a cambio. La renovación sin formación es precipitación; los jóvenes deben aspirar a ser esos mismos árboles.

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