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miércoles, septiembre 30, 2026

¿Víspera?

El juramento a la Bandera Nacional, que un acuerdo ejecutivo volvió obligatorio cada mañana en todas las escuelas, cayó en desuso sin que nadie lo derogara, lo discutiera o lo votara. Se suma así al azul turquesa del pabellón y al escudo completo, símbolos también erosionados por costumbre y no por ley, en un patrón de olvido administrativo.

Salimos del mes cívico, o más bien del día de los desfiles, y entramos al del prócer que no logró unificar la patria grande y apenas consiguió unir los feriados. La víspera es propicia para preguntarse qué queda del patriotismo cuando terminan las bandas, los uniformes y los discursos de ocasión.

El eje del razonamiento es claro: el patriotismo es práctica cotidiana y no ritual estacional. Honrar a la Patria no puede limitarse a un mes al año, sino sostenerse en las tareas emprendidas y en el empeño de hacerlas mejor. Por eso importa la formación temprana, y por eso nació el juramento a la Bandera, “símbolo de unidad, justicia, libertad y paz”.

Su origen es rastreable. El texto de esa oración fue obra de quien, en sus años de diputado, impulsó el decreto legislativo; más tarde, durante su gestión presidencial, se emitió el acuerdo ejecutivo que instruyó al sistema educativo, por medio de la Secretaría de Educación, a tomar el juramento segundo antes de iniciar las clases, como obligación para maestros y alumnos en todas las escuelas.

El propósito era modesto y hermoso: treinta segundos de memoria cívica para que la mente emprendiera un vuelo imaginario del ayer, del hoy y del mañana, de uno a otro confín de la patria amada. El texto siguió apareciendo en materiales oficiales para escolares en 2020, pero quien lo impulsó desconocía si la instrucción seguía aplicándose.

Al indagar, la respuesta fue que la práctica “cayó en desuso”. Las direcciones escolares, en consulta con las autoridades educativas, resolvieron que medio minuto de juramento era “una pérdida de tiempo”. No existe derogación expresa del acuerdo. El protocolo de honores de 2019 mantiene el juramento solo en los actos cívicos, después del Himno Nacional, y lo convierte en trámite ocasional en lugar de hábito diario.

Es la tercera vez que ocurre lo mismo. El azul turquesa que la ley específica para el pabellón nunca fue derogado, pero derivó en telas cada vez más oscuras hasta que la costumbre sustituyó a la norma, y hoy un diputado sugiere un tono todavía más sombrío. El escudo completo, sin truncar, tampoco fue derogado: lo amputó la identidad gráfica del gobierno. Y el juramento diario se disolvió porque alguien decidió que treinta segundos de civismo eran demasiado tiempo.

Los casos anteriores mostraban una apropiación activa: alguien eligió un azul más oscuro y alguien recortó el escudo. Este revela algo más difícil de percibir y más peligroso, el deterioro por silencio administrativo. Nadie rinde cuentas por una ley que cae en desuso. La obligación simplemente deja de cumplirse, el incumplimiento se convierte en norma y, con los años, nadie recuerda que existió. Una práctica cotidiana se volvió ceremonia ocasional sin debate ni votación que la respaldara.

De ahí la importancia de dejar constancia, tarea propia de un periódico serio: registrarlo en la bitácora pública para que, dentro de años, conste que la obligación existió y que nunca fue derogada. Y de esa constancia nace la advertencia de fondo: si los símbolos nacionales importan poco, menos interés habrá en cuidar todo lo demás. Un país incapaz de proteger una tonalidad de azul, un escudo íntegro o treinta segundos de memoria cívica difícilmente protegerá algo más complejo. Los símbolos son lo más sencillo de defender; fallar allí presagia fallar en todo.

Hay en todo esto un matiz elegíaco. Un hombre que, ya con canas y tras largas luchas por la democracia, descubre que algo que construyó, una iniciativa pequeña de treinta segundos destinada a los niños, quedó en el olvido sin que nadie se tomara la molestia de derogarla. La herida es silenciosa: un servicio prestado, borrado con discreción por personas que nunca supieron valorarlo.

Algunas cosas pertenecen a la eternidad, y la prueba de una sociedad es si sabe distinguir cuáles son. El cielo turquesa no pregunta qué moda corre en el bosque ni qué manos pretenden rebautizar las cosas: permanece, generación tras generación, ofreciendo lluvia, claridad y horizonte. Bajo él crecieron los pinos que hoy son gigantes y asoman los que apenas brotan entre la hojarasca. Ojalá que los niños de hoy alcen la vista y encuentren, en el juramento y en los colores de su bandera, algo que también haya atravesado los años sin dejar de ser lo que siempre fue.

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