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viernes, octubre 2, 2026

¿Las batallas?

El bosque, en su inmensa majestad, guardaba los ecos de un ayer lejano que hoy tantos ignoran. Winston y el Sisimite caminaban entre los árboles padres cuando el primero quiso saber dónde comenzó la vida militar de Francisco Morazán, el hombre que cruzó la historia de Centroamérica con una espada y un ideal.

-Empezó en las escaramuzas entre Comayagua y Tegucigalpa, cuando estalló la pugna por la anexión al delirio imperial de Iturbide -respondió el Sisimite-. Tegucigalpa armó un ejército de voluntarios para defenderse y Morazán, un joven de 24 años, se alistó. Sus habilidades se notaron pronto y lo nombraron capitán de una compañía.

-¿Y las batallas? -insistió Winston. -La primera formal fue La Maradiaga, en 1827: con 300 hombres rechazó a las fuerzas de Comayagua. Ese año sitió esa ciudad un mes junto a Dionisio de Herrera. Y el 11 de noviembre, en La Trinidad, con unos 200 hombres derrotó al coronel José Justo Milla y recuperó el control de Honduras.

-Luego vinieron las grandes victorias -continuó el Sisimite-. El Gualcho, en julio de 1828, la primera en inferioridad numérica, contra el coronel Vicente Domínguez. San Antonio, en octubre, donde forzó la capitulación de Antonio de Aycinena. Y en 1829, San Miguelito y Las Charcas, que lo acercaron a la capital de la federación.

-Ya en 1839 llegaron el Espíritu Santo, donde con unos 600 hombres venció a Francisco Ferrera, su “terrible enemigo”, y San Pedro Perulapán, donde 600 salvadoreños derrotaron a más de 2,000 hombres del “Ejército Pacificador”. También hubo una derrota ante tropas federales guatemaltecas, en Mixco.

-¿Y el final? -preguntó Winston. -Ciudad de Guatemala, el 18 y 19 de marzo de 1840. Rafael Carrera dejó una guarnición pequeña como señuelo y ocultó a su ejército de 5,000 hombres en las alturas de Aceituno. Morazán llegó con unos 1,300 a 1,500 salvadoreños, veteranos pero agotados, confiado en su velocidad y su reputación.

-Cuando Morazán entró y se dispersó para asegurar el control, Carrera regresó y cerró el cerco. Los soldados lucharon cuerpo a cuerpo en una ciudad que no conocían. Sin municiones, Morazán ordenó disparar desde tres esquinas de la plaza para distraer al enemigo y escapó con unos oficiales, disfrazados, gritando “¡viva Carrera!”.

Los liberales guatemaltecos, temerosos, no se levantaron en su favor -agregó el Sisimite-. Aislado en territorio enemigo, con el ejército diezmado, Morazán renunció a la presidencia de El Salvador y se exilió. Así terminó el intento de sostener la Federación Centroamericana.

Winston guardó silencio un buen rato. Pensaba en aquel joven de 24 años que se alistó sin saber que terminaría siendo el principal caudillo militar de las fuerzas liberales de Tegucigalpa y, después, de toda Centroamérica. Pensaba también en la lección amarga de Ciudad de Guatemala: la victoria aparente puede ser la antesala de la derrota total cuando se subestima al adversario y se confía demasiado en la fama propia.

-Lo que Morazán defendió no cabe en una sola batalla, ni en una sola derrota -dijo Winston al fin-. Ganó mucho más de lo que perdió, y aun así lo recordamos más por el sueño que quiso salvar que por los combates que libró. -Es lo que queda cuando la espada calla -respondió el Sisimite.

Al caer la tarde, en el bosque, Winston y el Sisimite observaron en silencio la frondosidad de los viejos árboles padres. Y reflexionaron, en voz baja, que hay grandezas que pueden continuarse, pero no repetirse: los nuevos brotes reciben la sombra; los fundadores tuvieron que inventarla.

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