Por Otto Martín Wolf

Por más que soy enemigo declarado de las teorías de conspiración fabricadas con ignorancia, imaginación y datos encontrados en Internet, hay preguntas que el tiempo tiene la mala costumbre de devolverme.
Una de ellas es la pandemia del COVID-19. El 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud la declaró oficialmente. Y el mundo cambió. De pronto, todos supimos de virus, contagios, curvas, inmunidad, mascarillas y estadísticas.
Millones de personas que hasta el día anterior confundían un virus biológico con uno informático se convirtieron en especialistas en epidemiología.
La peluquera opinaba sobre vacunas.
El taxista explicaba la transmisión aérea. El vecino de la esquina sabía qué tratamiento funcionaba.
Y quien había leído un artículo completo ya podía discutir con un médico.
Fue una extraordinaria democratización del conocimiento. También del desconocimiento. No estoy diciendo que el virus no existiera. Existió. Hubo enfermos. Hubo muertos. Hubo hospitales desbordados. Y hubo algo más que suele aparecer cuando llega una desgracia global:
EL MERCADO.
En mercadeo existen productos “rápidos y sucios”: aparecen de golpe, se venden masivamente y desaparecen cuando la necesidad se diluye.
La pandemia produjo una colección completa:
Mascarillas.
Guantes.
Gel.
Desinfectantes.
Termómetros.
Alcohol.
Y, por supuesto, expertos.
Estos últimos parecían multiplicarse más rápido que el virus.
Al principio no había mascarillas. Después costaban una fortuna.
Luego aparecieron por todas partes.
Y finalmente hubo modelos para todos los gustos: quirúrgicos, deportivos, decorativos.
La humanidad había vivido siglos sin pensar demasiado en ellas, y de pronto se volvieron indispensables hasta para entrar a un banco.
Después cerramos casi todo.
Negocios.
Escuelas.
Restaurantes.
Fronteras.
Aeropuertos.
La pregunta no es si había que protegerse. Por supuesto que sí.
La pregunta es otra:
¿En qué momento dejamos de combatir el virus y empezamos a administrar el miedo?
Porque el miedo es un excelente vendedor. No necesita convencerte de que algo es útil.
Solo necesita convencerte de que, si no lo compras, podrías morir.
Y ahí aparecen las oportunidades. Después llegaron las vacunas. Y ocurrió otro fenómeno. En un tiempo extraordinariamente breve aparecieron en todo el mundo. Unas funcionaron mejor que otras. Algunas fueron recibidas con entusiasmo. Otras con desconfianza.
Y hubo quienes las defendieron con tanta pasión que parecía una cuestión de fe más que de ciencia. Mientras tanto, había enfermedades que llevaban décadas con nosotros.
El SIDA, por ejemplo
Cuarenta años después de su aparición, millones han muerto y todavía no existe una vacuna preventiva de uso general.
Sin embargo, ya no ocupa las primeras páginas. Quizá porque una enfermedad que permanece demasiado tiempo deja de ser noticia y se vuelve paisaje.
Y aquí aparece el cáncer.
Una enfermedad que se ha convertido en tragedia, campo científico, especialidad médica y gigantesco negocio.
Tiene hospitales, laboratorios, medicamentos, equipos, investigaciones, congresos y especialistas. Y una cantidad de tratamientos tan grande que uno se pregunta si alguien puede recordarlos todos. Naturalmente, nadie necesita conspirar para ganar dinero con una enfermedad.
Basta con que la enfermedad exista.
Y aquí aparece una diferencia incómoda: Una enfermedad curada produce un paciente curado.
Una enfermedad controlada puede producir un paciente que regresa.
No hace falta ser un genio para entender cuál modelo es más rentable.
Imagínese que mañana alguien anunciara una vacuna capaz de prevenir todos los tipos de cáncer.
Primero habría aplausos.
Después abrazos.
Después premios.
Y luego alguien preguntaría:
—¿Y ahora qué hacemos con todo esto? Por eso no afirmo que el COVID haya sido un “producto”.
Sería absurdo.
Afirmo algo menos espectacular, pero más inquietante:
Una enfermedad puede ser una tragedia para quien la padece y un excelente negocio para quien la trata.
No hace falta inventarla.
No hace falta provocarla.
Ni siquiera hace falta desear que continúe.
Basta con que exista.
Así que vuelvo a la pregunta inicial:
¿Hubo realmente una pandemia?
Sí. Hubo un virus, enfermos, muertos y una emergencia sanitaria global.
Lo que todavía no sé es si, además de aquella pandemia, descubrimos otra mucho más antigua: la pandemia de convertir el miedo en negocio. Y esa, por desgracia, todavía no parece tener vacuna.



