Por Rodrigo Amador

Si hay algo que hemos aprendido los hondureños a fuerza de golpes, es que en este país nadie viene a rescatarnos. Caminamos por la calle con la constante sensación de estar desprotegidos, huérfanos de Estado y expuestos a la buena suerte. Salir en la mañana a trabajar o emprender no es un acto cotidiano; en Honduras se ha convertido en una pequeña gesta de supervivencia diaria.
Mire a donde mire, el escenario es agotador. La extorsión asfixia al pulpero de la colonia y al conductor del bus; el desempleo empuja a miles a armar maletas para arriesgar la vida en una ruta incierta hacia el norte; y los hospitales públicos reciben a nuestra gente con farmacias vacías y citas a meses de distancia. Mientras tanto, los servicios básicos fallan, las calles se deshacen entre baches y la basura se acumula en las esquinas como un monumento a la ineficiencia. Lo más frustrante de esta crisis no es solo el deterioro de la vida diaria, sino la certeza de que las instituciones creadas para defendernos terminan sirviendo para todo lo demás, menos para protegernos. La justicia en nuestro país parece una mesa de negociación donde los favores se pagan con impunidad y las investigaciones se archivan según el color político del acusado. Cuando un ciudadano busca amparo, encuentra burocracia, indiferencia o una puerta cerrada. Estamos solos en la trinchera.
Durante décadas nos vendieron la ilusión del héroe. Nos enseñaron a esperar al mesías de turno: al político de oratoria encendida que prometía encarcelar a los corruptos, al empresario supuestamente pragmático que prometía administrar el país como una empresa eficiente, o al caudillo populista que juraba repartir justicia. Cada cuatro años renovamos la esperanza en un rostro nuevo, y cada cuatro años recibimos la misma factura: discursos vacíos, planillas infladas de asesores, compras sobrevaloradas y un espectáculo mediático para disimular la falta de resultados. Hay que decirlo con claridad y sin anestesia: en la política hondureña no hay héroes. Lo que hay son intereses, egos desmedidos y personas buscando su propio beneficio o su próxima foto para las redes sociales. Seguir esperando a que desde un despacho gubernamental o una cumbre internacional baje alguien a resolvernos la vida es una trampa que solo perpetúa nuestra derrota.
Pero entender que no hay héroes no debe ser una condena al desánimo; al contrario, es el golpe de realidad que necesitamos para despertar. La ausencia de un salvador en el poder nos obliga a mirar hacia al lado y reconocer dónde está la verdadera fuerza de esta tierra. Los verdaderos luchadores de esta batalla no llevan traje ni ostentan cargos públicos. El héroe de Honduras es la madre que se levanta a las cuatro de la mañana para cocinar y salir a vender, asegurando la comida de sus hijos. Es el trabajador que soporta el tráfico y la inseguridad para cumplir con su jornada; el emprendedor que mantiene abierta su cortina a pesar de los abusos; el maestro que enseña con las uñas en un aula sin techo, y el ciudadano que, cansado de tanto atropello, no pierde la honestidad ni la empatía con su vecino.
Esta batalla no se va a ganar esperando un milagro en las urnas ni aplaudiendo discursos ajenos. Se gana desde abajo, cuando dejamos de resignarnos, cuando aprendemos a exigir cuentas sin importar quién gobierne, cuando no nos dejamos comprar la dignidad por una lámina o un bono, y cuando nos cuidamos y respaldamos entre nosotros.
Nadie va a venir a salvar a Honduras si no lo hacemos nosotros mismos. Dejemos de buscar héroes en los pedestales de la política y empecemos a creer en la fuerza silenciosa pero imparable de nuestra gente. Ahí, en el esfuerzo diario de cada hondureño honesto, está la única salvación posible.



