Por Héctor A. Martínez

“El Internet será de uso exclusivo de la burguesía”, escribió en un medio un profesor de literatura allá por 1995. No hace mucho, un poeta publicó un fragmento de su producción en las redes sociales, aclarando a sus seguidores lo siguiente: “¡Y sin IA!”. Y no en pocas ocasiones he leído, con detenimiento, cómo los profesores universitarios más veteranos suelen referirse a los jóvenes de hoy: los consideran carentes de cultura, poco inclinados a la lectura de libros, aficionados a lo breve e inmediato.
En otras palabras, a muchos educadores de mi generación les molesta que los muchachos pasen mucho tiempo frente a las pantallas. Suponen que se la pasan jugando y que el conocimiento verdadero solo se encuentra en las estanterías de las bibliotecas físicas. Mi mayor sorpresa cuando visité la biblioteca central de Helsinki fue que casi no existen los libros en físico. Las bibliotecas de hoy, como la BINAES en El Salvador, utilizan otras formas de consulta en línea conectadas con almacenes externos, que combinan con talleres de tecnología, áreas de coworking y espacios de socialización en forma de cafeterías. Los viernes y los sábados esas zonas de aprendizaje permanecen abarrotadas.
Tal como ocurrió cuando apareció el Internet, los profesores universitarios de hoy no han entendido que las formas de aprendizaje, de relacionarse y consumir cultura han cambiado ostensiblemente. Si nos quejamos de la generación de hoy, la pregunta no debe ser por qué los estudiantes llegan mal preparados, sino ¿quién está educando a esta generación? Tampoco hemos aprendido a reconocer que los grandes inventos -Internet en su momento y ahora la inteligencia artificial— generan desconcierto y estremecen las costumbres y las formas de pensar. Decir que los jóvenes de hoy no son como los de antes es una obviedad. Lo importante es ayudarles a adaptarse a los nuevos tiempos.
Si bien las nuevas generaciones presentan problemas de concentración y detestan las lecturas extensas, se debe a que se desarrollan en otro tipo de ecología cognitiva. El joven moderno puede que esté desarrollando otras capacidades como la lectura multinodal, la navegación en enormes volúmenes de información, la rapidez para establecer conexiones o una notable adaptación tecnológica. ¿No deberían los profesores enseñar a los alumnos aprovechando la tecnología que estos manejan con toda naturalidad?
Lo que sí parece claro es que no basta con ofrecer un par de sitios web para desarrollar un ensayo o una composición. Hay que enseñarles a los estudiantes cómo escribir ese ensayo utilizando las diversas plataformas, como ChatGPT. Por otro lado, me pregunto cuántas universidades locales ya echan mano de los llamados “juegos serios” que muestran cómo aprender ciencias, literatura, lenguaje y sociología mediante experiencias interactivas.
El reto ahora consiste en lograr que los profesores se adapten a estas tecnologías. Y quizás el reto más grande sea cómo reconfigurar los modelos pedagógicos que todavía utilizan categorías del siglo XX, con la actual revolución tecnológica.
Me atrevería a pensar que la responsabilidad del desfase recae más en los profesores que en los jóvenes estudiantes. Además, mientras el sistema educativo nacional esté desconectado de las exigencias de la sociedad moderna, seguirá ofreciendo una formación que reduce el verdadero potencial de los alumnos, dejándolos desprotegidos ante las demandas del entorno global.



