Por Otto Martín Wolf

Las discusiones tienen una curiosa característica: siempre las gana el que las perdió.
Lo raro es que el vencedor se marcha convencido de haber demolido al adversario con una lógica aplastante. El otro vencedor sale pensando exactamente lo mismo. Resultado: dos triunfadores, dos genios incomprendidos y un par de horas magníficamente desperdiciadas.
Jamás, desde que el primer cavernícola acusó al segundo de esconder las lanzas para subir el precio de la carne de mamut, ni una discusión ha logrado convencer a nadie.
Las discusiones no cambian las ideas. Cambian amigos por ex amigos, elevan la presión arterial, producen gastritis y enriquecen a los fabricantes de antiácidos.
Esto es porque los tres deportes favoritos de la humanidad son: discutir de fútbol, política y religión.
Curiosamente, son también las tres disciplinas donde la razón y la sensatez entran al estadio sin boleto y las expulsan antes del primer minuto.
Trate usted de explicarle a un admirador de Cristiano Ronaldo las razones por las cuales es mejor que Messi. Si acaso le deja terminar de hablar -y usted conserva todos sus dientes- trate ahora de hacer la misma operación, pero a la inversa; explique porqué Messi es mejor que CR.
Puede mostrar todas las estadísticas, gráficos, balones de oro e incluso contratar algunos prestigiosos matemáticos. Es más, resucite a Einstein para que haga una demostración en una pizarra, todo será Inútil.
El admirador de Cristiano seguirá siendo admirador de Cristiano y el de Messi continuará dispuesto a donar un riñón para salvar la pierna izquierda del argentino.
Lo mismo ocurre con el Barcelona y el Real Madrid, eso ya no es fútbol, es una religión donde los milagros los hace el árbitro… según dice siempre el equipo perdedor.
¿Ha visto usted a un olimpista despertarse una mañana convertido en motaguense? Ni los conversos de Mahoma se atreverían a tanto.
En política el fenómeno alcanza categoría de ciencia exacta porque la gente cree que sigue un partido, pero no: sigue a un caudillo.
Si mañana el líder funda el Partido Internacional del Camote Hervido miles de personas descubrirán que el camote era la solución de todos los problemas nacionales… Algo parecido ocurrió aquí y no hace mucho.
No importa el color de la bandera, importa quién la agita.
En religión sucede algo parecido. La fe posee una cualidad admirable: no acepta ser derrotada por ninguna prueba científica y menos por una larga y agitada discusión.
Dos personas pueden conversar durante cinco horas, citar filósofos, profetas y hasta a la suegra, para despedirse exactamente con las mismas ideas… pero con terrible mal humor.
Los antiguos griegos estaban convencidos de que Zeus lanzaba rayos cuando se enfadaba. hoy hay quienes sostienen con absoluta seriedad que la Tierra es plana; porque la humanidad cambia de siglo exactamente cada cien años, lo que nunca cambia es su terquedad.
Ahí está Mike Hughes, el inolvidable “Loco Mike”, que construyó un cohete para demostrar que la Tierra era plana. La realidad decidió demostrárselo de la manera más contundente posible (se mató en el intento) pero ni siquiera eso convenció a los demás terraplanistas; porque cuando una idea se instala en la cabeza, desalojarla resulta más difícil que sacar a un diputado de su curul.
También abundan quienes abandonan carreras brillantes para perseguir obsesiones imposibles. Amigos, familiares y socios les ofrecen toda clase de consejos. No sirve de nada. Cuando alguien está decidido a estrellarse contra una pared, considera hasta ofensivo que le describan el dolor del golpe; prefiere experimentarlo personalmente.
¿Y yo, tengo opiniones que nadie logrará cambiarme? Naturalmente .
La principal es ésta: No discutir. Después de muchos años descubrí que las discusiones no producen ganadores, sólo enemigos.
Nunca he visto una amistad fortalecerse porque en una discusión una persona gritó más fuerte que la otra. En cambio, sí he visto hermanos que dejan de hablarse, matrimonios que convierten el comedor en un campo de batalla y amigos que rompen relaciones por defender a un futbolista, un político o una idea de algo o alguien que jamás sabrá siquiera que ellos existen.
Por eso, cuando alguien anuncia solemnemente:
—Ahora sí voy a demostrarle que usted está equivocado…
Yo sonrío con indiferencia y la tranquilidad de quien acaba de encontrar verduras frescas en el supermercado.
Porque ya sé cómo terminará la historia: Él seguirá pensando igual y yo también.
Lo único que se habrá perdido es el tiempo de ambos.



