LA luz del sol asomaba mañanera, filtrándose entre las agujas de los pinos imponentes, bordando sobre la tierra un mosaico errante de claridades y penumbras. Soplaba una ventisca fuerte. El Sisimite ve llegar a Winston: -Traés todo el pelo alborotado. Pero ni se te ocurra parafrasear a José Cecilio: “Entre maletas vine y entre maletas estoy”. -Seguramente como anduviste fisgoneando acompañando al chucho, estarás enterado de esta gran ironía en la historia de la literatura: Giuseppe Tomasi di Lampedusa no llegó a ver publicada su única novela, El Gatopardo. Falleció en julio de 1957 convencido de que probablemente nunca encontraría editor. -Si –por si se te antoja publicar tu libro– eran varias las razones. Parecía ser una novela “fuera de época”. “En la Italia de la posguerra predominaba el neorrealismo y la literatura de compromiso político y social. El Gatopardo, con su estilo clásico, pausado y aristocrático, fue considerada por algunos editores como una obra anacrónica. Su autor era un desconocido, no pertenecía a los círculos literarios influyentes ni tenía una trayectoria como novelista. Había comenzado a escribir ficción muy tarde, ya cerca de los sesenta años”.
El influyente escritor y editor Elio Vittorini, quien evaluó la obra para la editorial Einaudi, la consideró excesivamente conservadora o “reaccionaria”. “No percibió que la novela era mucho más compleja: una meditación sobre el poder, la decadencia, el tiempo y la condición humana, no una simple defensa de la aristocracia”. Rechazada por Mondadori y luego Einaudi, dos de las editoriales más prestigiosas de Italia. La historia cambió cuando Giorgio Bassani quedó impresionado al leer el manuscrito. Convenció a Giangiacomo Feltrinelli de publicarlo. “La novela apareció en 1958, un año después de la muerte de Lampedusa, y fue un fenómeno inmediato de crítica y ventas. En 1959 obtuvo el Premio Strega y terminó siendo reconocida como una de las grandes novelas del siglo XX”. -Hay una asombrosa lección en esa historia. Los editores no rechazaron un manuscrito mal escrito, fue porque la obra no encajaba con las modas intelectuales de su tiempo. Queda el consuelo en esta accidentada historia de la literatura que también inicialmente fueron rechazadas obras de Marcel Proust, William Golding y George Orwell. El caso de Lampedusa se ha convertido en uno de los ejemplos más célebres de cómo el juicio inmediato de una época puede equivocarse frente a una obra destinada a perdurar. -Ya ves. Quizás entonces, a la luz de las equivocaciones, no engaveten la maleta de reformas cosméticas; preferible a hacer lo difícil. Adecentar la política, limpiarla del sucio –por falta de integridad, respeto a las leyes– con que la embadurnan los mismos políticos; privilegiar la esencia de las cosas, no la forma.
“El Gatopardo no es una novela que celebre el “gatopardismo”, sino más bien, una reflexión melancólica sobre su fracaso: El intento de salvar un orden mediante cambios oportunistas no consigue mantenerlo intacto. El tiempo, las nuevas fuerzas sociales y, sobre todo, la pérdida de los valores que sostenían ese mundo, terminan transformándolo –no necesariamente para mejorarlo– de manera irreversible”. La fuerza de la novela radica en que no inventa el contexto histórico. Lampedusa sitúa la novela en uno de los momentos decisivos de la historia italiana: la unificación nacional (Risorgimento) y la conquista de Sicilia por Giuseppe Garibaldi en 1860. Una reflexión sobre cómo una revolución política –y esa, de las verdaderas, no las apangadas de revolución, más de palabras, de consignas, de repetición de cantaletas y de estribillos fosilizados, que de hechos perdurables– puede cambiar gobiernos sin transformar necesariamente las costumbres, las relaciones de poder o la cultura política. Y lejos de preservar lo bueno, los arribistas empeoran la vida de los pueblos, usufructuando el sistema.


