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viernes, agosto 14, 2026

¿En biblioteca ajena?

EL atardecer en aquel tupido bosque más que un espectáculo cualquiera era una plegaria. La luz se decantaba horizontal y dorada, como un vino añejo que cuidadosamente se derrama entre los troncos. Cada pino acomodado en el lienzo sugestivo de tonalidades café, como una columna que sostiene el cielo, mientras el sol, al tocar sus copas, convierte las agujas en miles de alfileres de fuego. El Sisimite ya despidiéndose de Winston: -Antes que te vayas, ya que en la conversación anterior acompañamos a Robespierre al patíbulo, te encargo un mandado. Andá buscá a tu casa, en la biblioteca de don Oscar, unos volúmenes que recuerdo, de Alexandre Dumas, de su recuento de las varias etapas de la revolución francesa y su desenlace. -¿Del autor de los “Tres Mosqueteros”? -Exacto, el mismo. Y aunque escrito décadas antes de “Los Dioses Tienen Sed”, históricamente funciona casi como la continuación del mundo que Anatole France retrataría después.

Alejando Dumas abarca aproximadamente de finales de 1793 a 1799 y organiza la novela en cuatro grandes partes: Los prusianos sobre el Rin, El 13 de Vendimiario, El 18 de Fructidor y La Octava Cruzada”. “La novela arranca cuando la Revolución ha llegado a uno de sus momentos más sombríos. Francia está amenazada desde fuera por las monarquías europeas y desgarrada interiormente por la lucha entre revolucionarios y realistas”. “En Estrasburgo aparece el terror revolucionario provincial, mientras los ejércitos franceses combaten a prusianos y austríacos en el Rin”. Dumas “introduce personajes históricos –Pichegru, Saint-Just, Bonaparte– junto a sus personajes ficticios”. (Aquí todavía estamos muy cerca del universo de “Los Dioses Tienen Sed”. “La Revolución que nació proclamando derechos universales ha terminado justificando la violencia en nombre de esos mismos ideales”). Alexandre Dumas introduce una cuestión básica durante toda la novela: “No pinta simplemente a unos como buenos y a otros como malos”. “En su prefacio manifiesta respeto por el valor personal de muchos realistas, aunque no comparta su causa”. Los “blancos” son los monárquicos; los “azules”, los republicanos. -Es que –observa Winston– el terror termina, pero no llega la paz. “Después de la caída de Robespierre en julio de 1794 desaparece la dictadura jacobina, pero Francia no encuentra inmediatamente esa república virtuosa que había prometido la Revolución”. -Así es –asiente el Sisimite– “surge la Constitución del Año III y posteriormente el Directorio, concebido precisamente para evitar otra concentración personal del poder: cinco directores en lugar de un solo gobernante”. “Pero la nueva República está amenazada simultáneamente por los extremos, jacobinos por un lado y restauracionistas monárquicos por el otro”. Aquí comienza la insólita ironía histórica de la novela. “Para salvar la República, los políticos empiezan a necesitar cada vez más a los militares”.

Winston volteando a ver el horizonte: -Ya van amarrando las tusas al tamal de la Francia postrevolucionaria. “Entre esos militares aparece uno excepcional, la enigmática y genial figura de Napoleón Bonaparte”. Minutos antes del anochecer el silencio se hacía denso, no por ausencia de sonido, sino como una especie de pausa de inicio, para captar la atención del imaginario auditorio a la música de la resina caliente que rezuma, el crujido de la madera que se estira, el susurro de una brisa que no llega al suelo, pero juega en lo alto como aura, de un río invisible. El suelo de acículas pardas se extiende como alfombra aterciopelada, entre marrón oscuro y gris ceniciento, que amortigua los pasos del tiempo. Winston, presintiendo a qué obedecía la naturaleza del mandado encomendado, corrió cuesta abajo por la angosta vereda montañosa rumbo a su casa. Curioso por ir a fisgonear en biblioteca ajena, si encontraba los ejemplares encargados.

 

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