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lunes, agosto 3, 2026

Pensar a Honduras desde el 4 de julio

Por Héctor A. Martínez

Vine al sur de los Estados Unidos para disfrutar la celebración de los 250 años de independencia de este país. Mientras las luces artificiales estallaban sobre el cielo de Georgia, desfilaron por mi mente los hitos históricos que marcaron el espíritu de esta gran nación. Pensé en los pilares sobre los que descansan sus instituciones, forjadas y legadas por los Padres Fundadores como una luminaria destinada a trascender los tiempos: la libertad y la democracia constitucional. La primera le abrió el camino a la innovación y a la iniciativa privada, bastión de la prosperidad norteamericana. La segunda estableció un orden institucional basado en reglas claras y eficaces contrapesos al poder.

Fue entonces cuando me pregunté por qué en dos siglos Honduras había seguido un camino diferente. Pero lo hice bajo la lupa moralista de algunos pensadores liberales de la talla de Mariano Grondona y Carlos Alberto Montaner. Los marxistas, principalmente los defensores de la llamada teoría de la dependencia, han atribuido nuestro atraso a un intercambio comercial injusto con los países industrializados. Según esta lógica, exportar materias primas e importar tecnología genera un déficit crónico que bloquea la riqueza nacional. Según esta propuesta, las causas de la pobreza obedecen a factores externos, pero soslaya el deterioro moral del sistema y la debilidad de las instituciones del Estado.

No comparto esta visión como causa principal. Creo que nuestro fracaso es, sobre todo, de carácter endógeno. Si echamos la mirada hacia adentro, nos encontraremos con que el principal factor del rezago no radica únicamente en la desigualdad comercial, sino en lo que Mariano Grondona denomina un Estado capturado por élites que controlan los partidos, los gobiernos y, en buena parte, las organizaciones de la sociedad civil.

¿Y qué propicia esta captura del Estado? La descomposición moral de hombres y mujeres que llegan a los gobiernos con el afán de enriquecerse. Además, sugiere Grondona, mientras en los países desarrollados la corrupción es ocasional, en países como Honduras se convierte en una condición que denomina “estado de corrupción”. No se trata, pues, de hechos aislados, sino de un sistema moralmente desnaturalizado.

Para mantener los privilegios de las élites, asegura Grondona, los legisladores moldean las leyes según sus necesidades, mientras el poder judicial les da el visto bueno a las iniciativas “especiales”. Todo ello ante la vista y complicidad de los entes fiscalizadores. El drama del Estado no solo es administrativo, sino moral. Nuestro desperfecto es axiológico. Pero la tesis del escritor argentino no termina ahí. Tanto para Grondona como para Montaner, los países desarrollados aseguraron primero una ética legislativa antes de emprender el camino hacia el liberalismo económico. En nuestro caso, jamás consolidamos una cultura política basada en el imperio de la ley, ni construimos un mercado verdaderamente competitivo.

Viendo el cielo tranquilo de medianoche, pienso sobre el futuro de nuestro país. A lo mejor llegó la hora de hacer exactamente lo que hicieron los Padres Fundadores norteamericanos: erigir un Estado de derecho tan sólido que ningún descontrol moral de los políticos, gobernantes y empresarios corruptos vuelva a quebrar nuestro destino como nación. Necesitamos extirpar la patología moral que ha colonizado la estructura del poder y construir un Estado donde la ley sea el soberano absoluto y el escudo permanente de nuestra libertad.

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