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viernes, julio 3, 2026

No sea como los meseros

Por: Rodrigo Amador

La semana pasada vimos cómo el presidente se reunió con “Supremo”. Y mire, no nos engañemos: esto no fue un acto casual ni un gesto de cortesía. Fue una jugada calculada, una estrategia de comunicación disfrazada de acercamiento a la juventud. Lo que se transmite no es cercanía ni interés genuino por los problemas de los jóvenes: es espectáculo, y el espectáculo vende, siempre. Recibir a alguien que basa su fama en videos virales y entretenimiento (sean de su gusto o no) tiene un efecto muy concreto: proyecta la imagen de un gobierno que se preocupa más por aparecer moderno y conectado que por resolver los problemas reales del país. Mientras se viralizan los videos, mientras los memes se multiplican y las fotos circulan, la seguridad, la educación, la pobreza y la infraestructura quedan en segundo plano. Es una manera de cambiar el foco de atención sin tocar nada de fondo, y eso, querido lector, es manipulación pura. Pero, mire, por mucho que eso nos moleste, Supremo no tiene que educar a nadie. Ni él, ni ningún tiktoker, tienen la obligación de ser ejemplo moral o ciudadano, ninguno ha firmado un contrato con la nación para ser el tutor moral de la juventud. Exigirles que sean “ejemplos de vida” es una transferencia de responsabilidad absurda. Si usted busca que un influencer le enseñe ética a sus hijos, el problema de criterio no es del muchacho que baila frente a la cámara, sino de los padres y de los ciudadanos que han abandonado su rol de guías. Es aquí donde la gente suele ensañarse con quien no debe. Atacamos al influencer por su falta de profundidad, por su lenguaje o por sus bromas, mientras somos asombrosamente permisivos con la falta de coherencia de quienes manejan el presupuesto público. Le exigimos valores a un joven que vive de la publicidad digital, pero le toleramos la incompetencia al funcionario que juró sobre la Constitución. Esta distorsión de la exigencia es la que permite que el circo continúe. El influencer no es el que le debe explicaciones sobre el estado de las carreteras o el desempleo; el político sí. No obstante, preferimos gastar nuestra energía criticando el contenido de una red social en lugar de auditar el rendimiento de quienes nos gobiernan. Imagine a un mesero en un restaurante que trabaja bajo condiciones precarias, con un horario extenuante y sin las herramientas adecuadas. Al final de la jornada, un cliente decide no dejar propina o dejar una cantidad simbólica. El mesero se siente insultado y se enoja con el cliente, tachándolo de tacaño y desconsiderado en vez de reclamarle al dueño que fue quien lo contrato. El cliente no tiene la obligación legal ni moral de garantizar el sustento del trabajador; esa es una responsabilidad exclusiva del dueño del restaurante. Es el dueño quien contrató al mesero, quien estableció su bajo salario y quien debe asegurar que el trabajo sea digno y bien remunerado. Al enfocarse en la propina, el mesero libera de culpa al verdadero responsable de su situación y permite que el dueño siga operando bajo un modelo de explotación. Esta es la realidad de cómo funcionamos como sociedad. Criticamos a los visibles y perdonamos a los poderosos. Nos enojamos con el influencer que sube un video polémico, pero celebramos al político que hace declaraciones vacías o toma decisiones que perpetúan la desigualdad. Nuestra indignación está dirigida al lugar equivocado, y mientras no lo comprendamos, seguiremos siendo manipulados emocionalmente, confundiendo espectáculo con sustancia. Mire lo que hizo el gobierno: utiliza la fama de Supremo para conectar emocionalmente con los jóvenes, aquellos que normalmente ni ven discursos políticos. Es un movimiento de marketing político calculado, y funciona porque la emoción golpea más fuerte que la razón. Pero no se deje engañar: la simpatía instantánea no equivale a soluciones reales. La viralidad de un video no paga escuelas, no mejora hospitales, no reduce la violencia. El problema real es que hemos aprendido a exigir ejemplo donde no debe pedirse y a mirar hacia otro lado frente a quienes realmente tienen el poder de cambio. Esto es más grave que cualquier escándalo viral: es la injusticia de la mirada social, que castiga al visible y absuelve al responsable. Y mientras mantengamos este enfoque, seguiremos celebrando actos vacíos, viralizando lo superficial y criticando a quien no tiene obligación de cargar con la educación de la sociedad. Así que la próxima vez que vea un meme sobre Supremo, recuerde esto: no está viendo un mal ejemplo, está viendo un chivo expiatorio. La verdadera responsabilidad recae en quienes deciden políticas, presupuestos y leyes. El resto, los influencers, los creadores de contenido, solo reflejan la sociedad que los consume. Y ahí, estimado lector, somos nosotros los que tenemos que mirar al verdadero culpable, porque criticar al equivocado es el mayor desperdicio de indignación que podemos cometer.

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