Por Otto Martín Wolf

Las estafas piramidales no son nada nuevo. Desde que el primer cavernícola descubrió que podía cambiar dos piedras por tres, la humanidad lleva perfeccionando el noble arte de hacerse rica sin trabajar.
Los holandeses del siglo XVII, por ejemplo, tuvieron la célebre tulipomanía.
Conviene aclararlo porque el nombre puede llevar a confusión: los tulipanes no eran narcotraficantes. Eran flores.
Y, durante un tiempo, hubo personas dispuestas a pagar por un bulbo lo que hoy pagamos por un automóvil, una casa o un bitcoin.
Hasta que alguien descubrió un pequeño inconveniente:
un tulipán, aunque cueste una fortuna, sigue siendo un tulipán.
La historia se repite porque la ambición humana tiene una memoria extraordinariamente selectiva. Cuando alguien dice “cuidado, esto puede salir mal”, el cerebro oye:
“vas a ganar muchísimo dinero”.
Y cuando alguien dice “esto no puede durar”, el cerebro responde:
“usted lo que tiene es envidia”. Periódicamente aparecen estas maravillas financieras. Algunas son pequeñas. Otras enormes. Y otras alcanzan dimensiones tan extraordinarias que, cuando finalmente se derrumban, todo el mundo pregunta:
¿Cómo nadie se dio cuenta? Yo sospecho que intervienen tres caras de una misma moneda.
PRIMERA CARA: LOS QUE DEBEN VIGILAR
¿No existen expertos capaces de sospechar cuando alguien ofrece rendimientos extraordinarios?
Porque si un ciudadano intenta depositar o retirar una cantidad respetable de su propio dinero, el sistema puede preguntarle prácticamente hasta la lista de cantantes favoritos y el tipo de sangre.
Origen del dinero.
Destino del dinero.
Identidad.
Justificación.
Documentos.
Firmas.
Entonces uno se pregunta:
¿Cómo circularon millones hacia una pirámide?
¿Nadie vio nada?
¿Nadie sospechó?
¿Nadie levantó una ceja?
Porque para mover legalmente una cantidad razonable de dinero hay que demostrar que uno es quien dice ser.
Pero para mover millones hacia una pirámide parece que basta con demostrar que uno era optimista.
SEGUNDA CARA: LOS QUE DEBEN CONTROLAR
Para abrir un negocio legítimo, el emprendedor suele enfrentarse a una verdadera carrera de obstáculos.
Permisos.
Licencias.
Impuestos.
Contabilidad.
Seguridad Social.
Registros.
Autorizaciones.
Sin embargo, una operación piramidal puede recibir dinero de cientos o miles de personas durante meses.
A plena luz del día.
Y entonces vuelve la pregunta: ¿Dónde estaban todos?
Quizá esperando que alguien les llevara el expediente.
TERCERA CARA: NOSOTROS
Aquí aparece el personaje indispensable.
El inversionista.
Porque una pirámide no funciona únicamente porque exista un estafador.
Funciona porque existen personas dispuestas a creerle.
Charles Ponzi comprendió perfectamente esa debilidad humana: prometer ganancias extraordinarias mientras siguen llegando nuevos inversionistas.
Y mientras entra dinero, todos parecen ganar.
El problema comienza cuando deja de entrar.
Entonces aparece la verdad, generalmente acompañada de una expresión facial que no estaba incluida en el folleto publicitario: no había una montaña de dinero. Había una montaña de personas.
Y aquí viene la parte incómoda. Muchos invirtieron porque querían ganar.
No para salvar a los huérfanos.
No para financiar hospitales.
No para combatir el hambre mundial.
Querían ganar mucho dinero.
Y rápido. Eso es ambición. Y la ambición no es delito.
El problema aparece cuando alguien confunde una promesa extraordinaria con una inversión segura.
Cuando un negocio legal fracasa, el Estado no devuelve automáticamente el capital al empresario.
Porque existe algo llamado riesgo.
Pero cuando una inversión produce enormes ganancias, nadie suele pedir que el Estado participe de ellas.
Curiosamente, cuando se pierde, aparece la solicitud de que el Estado se convierta en una especie de padre financiero que diga:
—No se preocupe, hijo. Yo le pago el experimento.
Eso tiene un nombre.
Populismo.
Naturalmente, queda lo más serio: si por esas operaciones circuló dinero procedente de actividades ilegales, debe investigarse hasta las últimas consecuencias.
Pero probablemente nunca conoceremos toda la historia.
Lo que sí conocemos es algo mucho más sencillo.
Las pirámides no inventaron la ambición humana.
La ambición ya venía instalada de fábrica.
Por eso seguirán existiendo. Porque mientras haya alguien preguntando:
—¿Cómo puedo hacerme rico sin trabajar?
Siempre aparecerá otro, sonriente, con una carpeta bajo el brazo:
—Casualmente, tengo un negocio para usted.
Y probablemente tendrá tres caras.
La primera será la del estafador. La segunda, la del que debió vigilarlo.
Y la tercera será la nuestra.
Porque en materia de dinero, como en las monedas, todos preferimos mirar la cara que nos promete ganancias y nunca la que trae la dolorosa realidad.



