EN aquel bosque embrujado, nada era exactamente lo que parecía. “La neblina vestía de fantasmas los troncos y las sombras fingían criaturas que desaparecían apenas las alcanzaba la luz; entre los pinos, una rama quebrada podía parecer una mano malagradecida, una piedra un rostro enmascarado y el rumor del viento una confidencia pronunciada por nadie”. El Sisimite recibe a Winston con una taza de café servida del tiloso porrón: -Me imagino que venís por otras anécdotas almacenadas de este eterno caminar. “La historia política está llena de casos de políticos y hablantines que construyeron relatos falsos o grandiosos para explicar sus derrotas, atribuyéndolas a conspiraciones o enemigos, y cuya distancia entre el embuste y realidad terminó alimentando el ridículo”. Mussolini el más revelador. “Construyó al Duce como hombre providencial, infalible, militar, estadista, atleta, conductor de masas y restaurador de Roma”. Ya en la guerra, sus reveses los atribuía a la incompetencia de generales, la insuficiencia material, los aliados o las circunstancias, mientras se mistificaba en sus discursos altisonantes. “La sátira internacional destapó la verdad de quien aparentaba ser gigantesco, reducido a personaje cómico precisamente exagerando sus poses”.
-La comparación de Napoleón III con Napoleón Bonaparte. Una abismal distancia entre pretensión y grandeza. Evidenciado por su desastre frente a Prusia en 1870 en la batalla de Sedán; captura del emperador y caída del régimen. Víctor Hugo ya había encontrado la fórmula devastadora: “Napoleón le Petit”. No necesitaba cien páginas de insultos, frente al nombre gigantesco de Napoleón colocaba simplemente “el Pequeño”. -No es simplemente mentir. Es una secuencia risible: “Fracaso, incapacidad de asumirlo, fabricación de un pretexto, identificación de culpables externos, exageración de los propios méritos, repetición mitómana del engaño para imponer el relato, necesidad creciente de protagonismo”. “Y cuanto más los hechos contradicen al relato, más relato hace falta”. Por eso aparece otra paradoja: el político inseguro necesita de la bulla incesable. “Confunde presencia con liderazgo; exposición con prestigio; notoriedad con notabilidad; agresividad con carácter; y la capacidad de producir titulares para encubrir la incapacidad de producir resultados”. La pretendida grandeza, entonces, termina en caricatura. -En la Antigüedad hay ejemplos incluso más sugestivos porque historiadores como Heródoto, Tucídides, Suetonio, Tácito y Plutarco convirtieron la jactancia seguida del fracaso en una verdadera lección moral a la fabulación, el autoengrandecimiento y al traslado de culpas. -Jerjes I y el castigo al mar es quizá la imagen antigua más perfecta. “Según Heródoto, cuando una tormenta destruyó los puentes que había mandado construir sobre el Helesponto para invadir Grecia, Jerjes no asumió aquello simplemente como una contingencia natural: ordenó que las aguas fueran azotadas y encadenadas simbólicamente”.
“Heródoto cuenta que se dieron trescientos latigazos al Helesponto”. “Después vendrían Salamina y el fracaso de la gran expedición persa”. “Sea cual sea el componente literario del relato, la enseñanza quedó inmortalizada: el poderoso que, incapaz de dominar los acontecimientos, termina culpando y castigando hasta al mar”. -Hay una palabra griega que engloba la ironía: “Hýbris”. “No significa simplemente orgullo, es la desmesura, la arrogancia que lleva al hombre a desconocer sus límites y creerse superior al orden que lo contiene”. “En la concepción trágica griega, a la “hýbris” suele seguirle “la némesis” (Diosa griega que representaba la justicia divina y castigaba la soberbia, el orgullo desmedido o la buena suerte excesiva de los mortales): la consecuencia o el castigo que devuelve al soberbio a sus verdaderas proporciones”. “Primero la hýbris infla al personaje; después la realidad lo desinfla; finalmente la sátira se encarga de que todos recuerden el ruido que hizo mientras estaba inflado”. Anochecía. Hasta la luna se prestaba al engaño, colgando máscaras de plata sobre las hojas y embelleciendo con su claridad aquello que el día habría mostrado desnudo. Winston agarró rumbo a su casa.


