Por Rodolfo Dumas Castillo

En un artículo publicado recientemente por Harvard Business Review, se advierte que la economía digital ya no evoluciona como un espacio global uniforme, sino como un terreno cada vez más fragmentado por la competencia geopolítica, la regulación divergente y la distribución desigual de la capacidad tecnológica. Esa observación tiene gran relevancia para Honduras, porque no solo enfrentamos un rezago digital, sino el desafío de insertarnos en un entorno internacional donde la digitalización deja de ser integradora y comienza a funcionar por bloques.
Por mucho tiempo asumimos que la digitalización reduciría las distancias entre países, abriría mercados y nivelaría parcialmente las oportunidades. Sin embargo, el nuevo escenario sugiere que la economía digital se está organizando alrededor de relaciones de poder, infraestructura de cómputo, marcos regulatorios y confianza institucional. La rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China, la expansión de la inteligencia artificial y la creciente soberanía sobre datos y plataformas están redefiniendo quién puede competir, dónde puede hacerlo y en qué condiciones.
El artículo de HBR incluye una clasificación global del desarrollo digital. Honduras aparece en la categoría de países con “baja evolución digital y bajo impulso de crecimiento”. Esa clasificación refleja limitaciones persistentes en conectividad, habilidades digitales, confianza institucional, acceso a infraestructura y digitalización de servicios públicos. El problema no es únicamente la disponibilidad de tecnología, sino la capacidad de traducirla en crecimiento económico y competitividad empresarial.
El riesgo no es solo tecnológico, sino económico y estratégico. En una economía digital fragmentada, los países que no desarrollan capacidades propias terminan importando soluciones, normas y plataformas sin participar en su diseño. Eso limita la captura de valor local y profundiza la dependencia de actores externos. En términos prácticos, significa que Honduras puede convertirse en un mercado consumidor de tecnología ajena, sin desarrollar suficientemente talento, innovación o servicios digitales de alto valor agregado.
La fragmentación digital también obliga a abandonar ciertas ilusiones. Durante años, muchos países confundieron transformación digital con adquisición de tecnología. Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que el crecimiento sostenido depende menos de aplicaciones sofisticadas y más de instituciones capaces de reducir costos, facilitar transacciones y generar confianza.
Esa realidad institucional se materializa concretamente en nuestro país en las MIPYMES. Siendo el corazón del empleo y de la actividad empresarial, su transformación digital depende antes que nada de un entorno regulatorio que no las ahogue. Si la formalización sigue siendo costosa, lenta y burocrática, la digitalización no alcanzará a traducirse en productividad real.
Por ello, la modernización del Estado no debe medirse por el número de plataformas creadas, sino por la reducción efectiva de fricciones para emprender, contratar, facturar y crecer. La digitalización útil es la que simplifica. Para miles de pequeños negocios en nuestro país, el verdadero desafío digital no consiste en adoptar inteligencia artificial, sino en poder abrir una empresa, obtener permisos, emitir facturas electrónicas o acceder a financiamiento sin enfrentar semanas de trámites y costos de cumplimiento.
La inteligencia artificial amerita una consideración particular. En países con alta capacidad institucional, la IA amplifica ventajas ya existentes. En países rezagados, puede ampliar brechas si se adopta sin infraestructura ni preparación regulatoria. Honduras no necesita correr detrás de cada innovación de moda; necesita identificar con precisión en qué áreas la tecnología puede resolver problemas concretos. La atención ciudadana, el crédito, la logística, la capacitación y los trámites públicos son campos donde soluciones digitales bien diseñadas podrían generar un impacto inmediato y proteger el empleo formal.
La lección es que la economía digital ya no premia solo a quienes se conectan, sino a quienes transforman la conectividad en capacidad productiva. Honduras no puede aspirar a liderar la competencia global, pero sí puede evitar quedar encerrada en la periferia de un sistema digital más fragmentado. La experiencia de economías pequeñas que lograron integrarse exitosamente a cadenas globales de servicios demuestra que el tamaño del mercado importa menos que la calidad de las instituciones y la claridad de las reglas del juego. Eso requiere una agenda seria de infraestructura, simplificación regulatoria, alfabetización digital y coordinación entre Estado, empresa privada y academia.
En un mundo donde la tecnología ya no une automáticamente a los mercados, la pasividad equivale a renuncia. Todavía estamos a tiempo de construir una posición más funcional dentro de este nuevo orden digital, pero eso exigirá menos entusiasmo discursivo y más disciplina institucional. La fragmentación de la economía digital no elimina la oportunidad; simplemente la vuelve más exigente.



