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martes, octubre 20, 2026

Aguantar o resistir

Por Mirna Isabel Rivera

 

Si usted es de Honduras, ya está habituado a los cortes programados y no programados de energía eléctrica. Está habituado a vivir en ciudades importantes como San Pedro Sula, con las calles y avenidas llenas de desechos sólidos como parte del paisaje.

Está habituado a sentir miedo de que la criminalidad pueda tocar a su puerta en cualquier momento. A ver, niños y niñas en abandono pidiendo dinero en cada cuadra. Dependiendo de dónde viva, está habituado a conocer que ciertas zonas las manejan grupos criminales organizados y son intocables.

Está habituado a conocer que históricamente en el Congreso Nacional se aprueban leyes a la medida de ciertos grupos de poder económico para favorecerlos en detrimento de la mayoría. Está habituado a las huelgas de gremios profesionales que paralizan el sistema de salud ante la falta de respuesta del gobierno.

Está habituado a ver cómo ciertos líderes religiosos abusan de su investidura para obtener dádivas a cambio de alinear las ovejas para obtener votos o simplemente para mantenerlas en cautiverio.

La minoría que vive en una burbuja que parece un escudo protector son los privilegiados. Los intocables, los que saben que pueden manipular y controlar el sistema a su favor y perpetuarse en el poder político, económico o militar.

Cuando observaba lo que aconteció el fin de semana pasado en Francia, “la libre, la heroica”, como dice nuestro himno nacional, me cuestionaba en qué momento aprendimos a cerrar los ojos en Honduras y le dimos un cheque en blanco a los que gobiernan nuestro país.

Las protestas suelen empezar con reclamos válidos, pero pueden terminar con oportunistas que se infiltran y provocan saqueos visibles, diferente a la manera de operar de los corruptos que tranquilamente descansan en sus casas mientras han quebrado el sistema de salud pública en Honduras.

Las demandas de los franceses son muy similares a las nuestras, con la diferencia de que ellos no han tocado fondo y tienen la posibilidad de mejorar la situación en el mediano plazo. Los franceses demandan mayores ingresos. Reducción de los precios del combustible. Educación de calidad; esto implica contratar más docentes y mejorar la infraestructura. En salud reclaman mayor presupuesto sanitario y mejora de las contrataciones.

Las consecuencias de que las manifestaciones se volvieran violentas desvían la atención de las demandas justas que exigen los ciudadanos. Hay más de 3,000 comercios afectados y daño al patrimonio público. Hay 2,400 detenciones, toques de queda parciales en las ciudades más afectadas.

En su edición digital, el medio inglés BBC describía la situación: “Más de medio millón de manifestantes, en su mayoría pacíficos, protestaron el sábado contra el aumento del costo de vida y la disminución del acceso a servicios públicos de calidad, incluyendo una buena educación. Sin embargo, las protestas se tornaron violentas tras la aparición de grupos de activistas y vándalos vestidos de negro y con el rostro cubierto.”

Radio Francia Internacional (RFI) destacaba las declaraciones del presidente Macron luego de las manifestaciones que tuvieron una escalada de violencia: “Jamás debemos confundir” a los manifestantes que pregonan “reivindicaciones legítimas” con las personas que “han destruido, roto y saqueado” instalaciones, precisó. “Al ver estas imágenes, todos nos preguntamos cómo los franceses pueden hacer eso a Francia”, continuó Emmanuel Macron. “Nada lo justifica, nada lo explica”. La postura del presidente francés es bastante objetiva al referirse a que las reinvindicaciones legítimas deben ser escuchadas y ameritan respuestas.

En Honduras como en Francia, condenar la violencia de las manifestaciones no sustituye la necesidad de atender las demandas legítimas de los ciudadanos. La paciencia de los hondureños no debe confundirse con conformismo. Estar sometidos al yugo de gobiernos insensibles a las necesidades del pueblo no significa que hemos renunciado al derecho de vivir mejor.

¿Qué sucede cuando una sociedad aguata todo y no resiste, no reclama? Dejar de exigir lo que nos corresponde porque hemos aprendido a esperar poco o nada podría llevarnos a hundirnos en un Estado fallido sin retorno, sin esperanza (MIR).

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