Por Otto Martín Wolf

Desde que el hombre descubrió que no sabía prácticamente nada y que era más fácil (y rentable) inventar el universo entero antes que reconocer que no tenía la menor idea de cómo eran las cosas.
Así nacieron los espíritus, los demonios, los dioses, los cielos y los infiernos: una burocracia sobrenatural dedicada a vigilar al personal, premiar a los obedientes y torturar a los que tuvieran la imprudencia de pensar por cuenta propia.
La organización era perfecta: los buenos arriba, los malos abajo (no malinterpretar porfa).
El cielo en el piso superior; el infierno en el sótano. Una distribución inmobiliaria que nadie había inspeccionado, pero que todo el mundo estuvo dispuesto a aceptar.
Durante siglos se aseguró que debajo de nuestros pies había un establecimiento penitenciario con fuego eterno, demonios especializados en tormentos y condenados sin derecho a apelación.
Nadie había estado allí, pero eso no impedía conocer hasta los más pequeños detalles de esa organización.
El centro de la Tierra está a unos 6.370 kilómetros de profundidad, y allí las temperaturas son tan elevadas que cualquier expedición terminaría convertida en una barbacoa geológica. De modo que el infierno tenía una ventaja comercial extraordinaria: era imposible visitarlo y, por tanto, también imposible presentar una reclamación.
Pero ocurrió una desgracia para los fabricantes de certezas: aprendimos a subir.
Llegaron los globos, los aviones, los cohetes y las naves espaciales. Miramos las nubes, y eran agua. Miramos el espacio y era espacio. Buscaron las puertas de San Pedro, los ángeles estacionados entre las nubes y el trono celestial. Nada.
Ni siquiera encontramos un letrero que dijera: “Cielo: entrada por aquí o a tantos años luz de distancia”
Cuanto más lejos llegábamos, más inmenso resultaba el universo y más difícil encontrar el domicilio de los dioses.
Entonces surge una pregunta de elemental sentido común: si el cielo no está arriba, ¿dónde queda? Y si el infierno no está abajo, ¿dónde diablos queda?
Entonces interviene la fe, esa facultad extraordinaria que permite mantener el convencimiento intacto aún después de que la realidad se ha presentado con pruebas irrefutables en contra.
—Dios está en todas partes. Magnífico. ¿También en el infierno?
Porque, si está en todas partes, tendrá que estar allí. A menos que el infierno sea el único lugar donde Dios no puede entrar, lo cual convertiría al demonio en propietario de un territorio independiente y a Dios en una autoridad con limitaciones fronterizas.
Pero el fuego eterno merece un comentario aparte: Un condenado cae en llamas de miles de grados y queda reducido a cenizas. ¿Cómo continúa sufriendo? Alguien tendrá que reconstruirlo para volver a quemarlo.
Lo queman, lo reconstruyen, lo queman otra vez. Una cadena de producción infernal que no conoce vacaciones, jubilaciones ni cierre patronal.
Y todo por una sentencia que jamás termina.
Lo curioso es que nadie ha exigido las coordenadas de semejante establecimiento. No hay fotografías, mapas, GPS o dirección postal ni visitas guiadas. Sin embargo, durante siglos ha habido personas capaces de describirlo con la precisión de un arquitecto que acaba de entregar los planos.
Y otros, además, los sacerdotes del castigo han descubierto una ventaja profesional: saben quién irá allí, por qué irá y qué debe hacer para evitarlo. Naturalmente, también saben cuánto cuesta recibir sus instrucciones, ya habíamos dicho que era muy rentable.
El infierno comenzó como una explicación del miedo y terminó convertido en una herramienta formidable de fidelidad: “Obedezca o arderá”.
Eso no parece una revelación divina; suena más a amenaza de extorsionador.
Volvamos, pues, a la pregunta original: ¿Dónde diablos queda el infierno?
Después de miles de años, nadie ha presentado una dirección verificable. Tampoco hemos encontrado el cielo. Lo que sí hemos hallado es un universo descomunal, fascinante y mucho más interesante que las historias inventadas para explicar aquello que ignorábamos.
Quizá el infierno nunca estuvo demasiado lejos. Quizá nunca estuvo en ninguna parte. Y los que insisten en que existe, que presenten las coordenadas.
Después de tantos siglos amenazando -y cobrando- por salvarnos de él, lo mínimo sería que alguien pudiera indicarnos dónde está, para tener mucho cuidado de nunca acercarnos a ese horrible lugar.
Pero, mientras ese momento llega, portemonos más o menos bien, no por la eterna amenaza, no por el premio o el castigo sino porque es lo correcto.



