Por Irazema Ramos

En nuestro artículo anterior hablamos de la cuna de Newton, ese curioso objeto formado por cinco esferas metálicas que, al levantar y soltar una de ellas, produce un movimiento que llega hasta el extremo contrario. Lo utilizamos para reflexionar sobre nuestras decisiones y sus consecuencias. Hoy vamos a observarlo desde otra perspectiva: ¿qué ocurre con las demás esferas cuando una comienza a moverse?
En la vida sucede algo parecido. Aunque nos gusta pensar que nuestras emociones, palabras y comportamientos nos pertenecen únicamente a nosotros, lo cierto es que muchas veces terminan influyendo en quienes nos rodean. No vivimos aislados, compartimos espacios, relaciones y experiencias con otras personas. Y, queramos o no, nuestra manera de actuar puede modificar el ambiente en el que convivimos. Pensemos en algo cotidiano. Un padre llega a casa después de un día complicado, está cansado, preocupado y de mal humor, responde de manera cortante a su pareja, pierde la paciencia con sus hijos y convierte una conversación sencilla en una discusión, minutos después, todos parecen estar molestos. Nadie más estuvo presente durante los problemas que tuvo en el trabajo, pero de alguna manera sus efectos llegaron hasta el hogar. Pero también podemos pensar en una situación contraria. Alguien llega a casa, saluda con entusiasmo, pregunta cómo estuvo el día de los demás y comparte una buena noticia, probablemente ese ambiente agradable facilite las conversaciones, las sonrisas y la convivencia. No significa que todos automáticamente estarán felices, pero su actitud puede contribuir a generar un clima emocional diferente.
La psicóloga social Elaine Hatfield y colaboradores, estudiaron un fenómeno conocido como contagio emocional. Este concepto explica cómo las personas podemos llegar a experimentar emociones semejantes a las de quienes nos rodean, en parte mediante procesos de imitación y sincronización de expresiones faciales, movimientos, posturas y tonos de voz. En palabras sencillas, las emociones no siempre se quedan solamente en quien las experimenta. A veces se transmiten durante nuestras interacciones, incluso sin que tengamos plena conciencia de ello. Seguramente has experimentado algo parecido. Estás conversando tranquilamente con alguien que comienza a reírse y terminas riéndote también. O entras a una reunión donde todos parecen tensos y, sin saber exactamente qué sucede, comienzas a sentir cierta incomodidad. Des de la neurociencia también encontramos un fenómeno interesante: las llamadas neuronas espejo, estudiadas inicialmente por el neurocientífico Giacomo Rizzolatti y su equipo. Estas neuronas se identificaron en investigaciones con monos y mostraron actividad tanto al realizar determinadas acciones como al observar a otros realizarlas. En los seres humanos se han identificado mecanismos cerebrales semejantes, relacionados con la observación y comprensión de acciones. Aunque todavía se investiga su participación en procesos emocionales, estos hallazgos nos recuerdan que nuestro cerebro no permanece indiferente ante lo que hacen los demás. Observar, interpretar y responder a las conductas ajenas forma parte de nuestra vida social.
Sin embargo, debemos hacer una aclaración importante: no somos responsables de todas las emociones que experimentan los demás, cada persona interpreta las situaciones desde sus propias experiencias, pensamientos y circunstancias. Una misma palabra puede producir reacciones diferentes, por eso, hablar de influencia emocional no significa afirmar que tenemos el control sobre lo que otros sienten. Tampoco significa que debamos ocultar nuestras emociones incomodas para evitar desagradar a quienes nos rodean, sentir tristeza, frustración, miedo o enojo es parte de nuestra naturaleza, el verdadero desafío está en reconocer esas emociones y aprender a expresarlas sin convertirlas en daño para otros. Podemos estar enojados sin insultar, podemos sentir frustración sin humillar, podemos atravesar un mal día sin asumir que todos deben vivirlo de la misma manera.
Volvamos entonces a nuestra cuna de Newton. La primera esfera inicia el movimiento, pero no es la única que participa. Las demás reciben y transmiten energía hasta que el efecto se hace visible en el otro extremo. Nosotros somos mucho más complejos que esas esferas. Tenemos la posibilidad de reflexionar, regular nuestras respuestas y modificar nuestra manera de relacionarnos. No siempre podemos elegir lo que sentimos, pero podemos aprender a decidir cómo expresarlo y quizás esa sea una buena razón para prestar más atención a nuestra convivencia cotidiana. La esfera que yo te suelto hoy es esta: no siempre sabrás hasta dónde llegan tus palabras, emociones o acciones, pero puedes procurar que aquello que transmites contribuya más a construir que a destruir.
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