Por Otto Martín Wolf

Durante la mayor parte de la historia, la humanidad se asoleó desde el amanecer hasta el anochecer. Campesinos, pastores y soldados pasaban horas enteras bajo el sol: enorme lámpara salida nadie sabe de dónde.
Había sombreros, sombrillas, toldos y árboles. Pero ninguno venía con factor 50, instrucciones de uso ni la obligación de renovarlo cada dos horas. Entonces llegó la ciencia.
Primero nos explicó que el sol era indispensable. Después descubrió que también podía hacernos daño. Y finalmente inventó una crema para protegernos del daño que acababa de descubrir.
Magnífico.
Es difícil encontrar una actividad humana más eficiente que descubrir un problema, inventar el remedio y, finalmente, montar una industria para venderlo. Aclaremos que la radiación ultravioleta sí puede dañar la piel y que el protector solar sirve para reducir ciertos efectos.
También durante miles de años comimos productos que hoy llamaríamos “orgánicos” y no porque fueran saludables.
Sino porque todavía no habíamos inventado la palabra orgánico para cobrarlos más caros.
Había tomates, maíz, frijoles, frutas y animales criados en los patios de las casas. También había enfermedades, hambre, infecciones y una esperanza de vida muy corta, treinta y cinco años max.
Entonces apareció la ciencia agrícola. ¿Podemos producir más alimentos? -Sí. ¿Podemos proteger las cosechas? -Sí.¿Podemos alimentar a más gente? También.
Así, cuando la agricultura se modernizó, la humanidad empezó a vivir más. No porque allá arriba hubieran escuchado nuestras plegarias; sencillamente porque inventamos vacunas, antibióticos, anestesia, cirugía, agua potable, saneamiento, mejores viviendas y toda clase de procedimientos destinados a impedir que muriéramos por cosas que antes se trataban de resolver con una oración o un sacrificio a los dioses.
La ciencia, en realidad, tiene una costumbre desagradable: funcionar.
Pero todavía tenemos mi tema del agua.
Aquí sí poseo una prueba científica absolutamente irrefutable: durante más de 40 años he vivido sin beber agua. Ni una gota y sigo aquí.
¿Qué demuestra eso? Indiscutiblemente que tengo razón.
Mi organismo recibe los líquidos que necesita a través de café, frutas, verduras, carnes, huevos y otros. Por lo tanto, cuando alguien me dice: —¡Tiene que tomar ocho vasos de agua! Yo contesto: Pero si sabe horrible!
Además no creo que los riñones tengan una pequeña oficina donde un funcionario revise el expediente: —Veamos… hoy lleva seis vasos. Si mañana no completa los ocho, iniciaremos el procedimiento administrativo.
El cuerpo necesita líquidos, naturalmente. Lo absurdo es convertir una necesidad general en una religión universal.
Hay personas que caminan con una botella gigantesca como si estuvieran atravesando el Sahara. Beben. Caminan. Vuelven a beber. Miran la botella. Vuelven a beber y, cuando finalmente tienen que correr al baño, consideran que han triunfado: —¡Estoy perfectamente hidratado!
No, amigo, tienes una vejiga extraordinaria e innecesariamente ocupada.
La ciencia tampoco dice que todo lo antiguo fuera bueno ni que todo lo moderno sea malo, tampoco que todo lo químico sea peligroso ni que todo lo natural sea saludable.
La naturaleza produce oxígeno, pero también venenos, fabrica frutas deliciosas y hongos capaces de matarte.
Produce agua y también arsénico y miles de otros venenos terribles.
La palabra “natural” no significa “bueno”. Significa solamente que la naturaleza llegó primero y ahí está el verdadero problema.
No es la ciencia. Somos nosotros.
Tenemos una necesidad casi fanática de convertir cualquier cosa en una certeza. Primero adorábamos la naturaleza, después empezamos a desconfiar de ella.
Luego inventamos la ciencia para entenderla. Y ahora hay personas que utilizan la ciencia para demostrar que la ciencia está equivocada, parecido a decir que ciertos artículos de la Constitución son inconstitucionales! Eso sí es progreso.
Hace cinco mil años un hombre miraba el cielo y decía: —Los dioses están moviendo las estrellas.
Hoy otro mira una gráfica y dice: —La ciencia está equivocada.
La ignorancia sigue gozando de una salud extraordinaria y, desgraciadamente, todavía no hemos inventado una vacuna contra ella.
Porque, conociendo al ser humano, seguramente la haríamos obligatoria y entonces aparecería alguien vendiendo una versión orgánica, artesanal, sin químicos, producida a mano y, naturalmente, tres veces más cara.
Y tendría millones de seguidores.
Porque una cosa es evidente: Hemos logrado crear la IA (Inteligencia Artificial)
Pero la ciencia todavía no logra entender la IEN ( Inteligencia y Estupidez Natural del ser humano)
Y no creo que lo logre nunca.



