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lunes, octubre 5, 2026

Serie: El efecto péndulo en la psicología

Por Irazema Ramos

1.- DECISIÓNES Quizás has visto el péndulo de Newton como accesorio decorativo sobre un escritorio, esas cinco pequeñas esferas metálicas suspendidas, perfectamente alineadas y tocándose unas con otras. Tomas la primera, la separas del grupo y la sueltas. Golpea a la siguiente y, casi de inmediato, la esfera del extremo contrario sale impulsada. Regresa, golpea nuevamente y el movimiento continúa durante un tiempo. Se le llama también cuna de Newton y fue diseñado para mostrar, de una manera bastante sencilla, algunos principios de la física relacionados con la conservación de la energía y el momento. Lo curioso es que las esferas del centro parecen hacer muy poco. A simple vista, casi no se mueven. Sin embargo, algo está ocurriendo entre ellas: la energía se está transmitiendo hasta hacerse visible en el otro extremo.

Y aunque la cuna de Newton pertenece a la física, observarla puede dejarnos una interesante reflexión sobre nuestra propia vida. Algo se mueve, algo se transmite y, finalmente, algo produce un efecto. Con nuestras decisiones sucede algo parecido. Tendemos a pensar en las decisiones importantes como esos grandes momentos en los que elegimos una carrera, aceptamos un trabajo, iniciamos o terminamos una relación, cambiamos de ciudad o emprendemos un proyecto. Sin embargo, buena parte de nuestra vida se construye con decisiones mucho menos espectaculares. Levantarnos cuando suena la alarma o quedarnos unos minutos más. Hacer esa llamada que hemos estado postergando. Guardar silencio. Responder un mensaje. Comenzar a caminar treinta minutos al día. Gastar o ahorrar. Pedir disculpas. Decir que no. Intentarlo nuevamente. Dejar para mañana algo que sabemos que debemos hacer hoy. Debemos tener claro que una decisión puede llevar a otra, y esa a otra más. Pensemos en alguien que decide volver a estudiar. Esa elección exige reorganizar su tiempo y, meses después, puede abrirle oportunidades que antes no tenía. Una persona casada puede comenzar a acercarse emocionalmente a alguien más, pensando que se trata solamente de una conversación, una amistad o algo que puede controlar. Sin embargo, decide continuar: llegan los mensajes, los encuentros, los secretos y, eventualmente, una infidelidad. Aquella primera decisión puede terminar afectando muchas cosas. Alguien con dificultades económicas decide usar la tarjeta de crédito para cubrir pequeños gastos. Una compra lleva a otra y, meses después, aquella solución momentánea puede haberse convertido en una deuda difícil de manejar. Son situaciones muy diferentes, pero tienen algo en común, una primera decisión puso otras cosas en movimiento. Cuando se tomó esa primera decisión, no era posible ver todo el recorrido. Solamente se levantó la primera esfera y lo demás comenzó a moverse.

El psicólogo Albert Bandura desarrolló una idea que resulta especialmente interesante para comprender esto: la agencia humana.

Desde su perspectiva, las personas no somos simples espectadoras de nuestra propia historia. Tenemos capacidad para actuar intencionalmente, plantearnos metas, anticipar posibles consecuencias, regular nuestro comportamiento y reflexionar sobre nuestras propias acciones. La teoría social cognitiva de Bandura también señala que nuestra conducta, nuestros factores personales y el ambiente se influyen mutuamente. Esto no significa que podamos controlar todo lo que nos sucede. Hay acontecimientos que llegan sin haberlos elegido: una pérdida, una enfermedad, una crisis económica, una decisión tomada por otra persona, una oportunidad que no llegó o circunstancias familiares y sociales que pueden limitar nuestras posibilidades. Pensar que absolutamente todo lo que ocurre en nuestra vida es resultado de nuestras decisiones sería injusto y poco realista. Pero entre “yo controlo todo” y “yo no puedo hacer nada” existe un espacio enorme. Ese espacio es nuestra capacidad de respuesta. Tal vez no elegimos determinada circunstancia, pero en muchas ocasiones sí podemos decidir qué hacemos a partir de ella. Podemos pedir ayuda, buscar información, cambiar una estrategia, establecer un límite, aprender algo nuevo, esperar, insistir o incluso aceptar que, por el momento, no podemos modificar una situación.

Y sabemos que no decidir también es una decisión que puede tener consecuencias. Postergar indefinidamente una conversación es una forma de actuar frente a ella. No responder ante una oportunidad puede hacer que esta desaparezca. No establecer un límite permite que determinada dinámica continúe. No cuidar algo importante también puede producir resultados, incluso adversos. La inmovilidad, en algunas circunstancias, también termina poniendo cosas en movimiento. Por supuesto, las personas no funcionamos como un péndulo. En la cuna de Newton podemos anticipar con bastante precisión qué ocurrirá cuando soltamos una esfera. En la vida humana intervienen demasiadas variables: otras personas, emociones, circunstancias, oportunidades, pérdidas y hasta el azar. Podemos tomar una buena decisión y obtener un resultado inesperado. También podemos equivocarnos y, con el tiempo, descubrir un aprendizaje que no habíamos previsto. Por eso, decidir conscientemente no significa garantizar resultados, pero sí reconocer nuestra participación en ellos. Y esta es una de las enseñanzas más interesantes que podemos tomar prestada de este pequeño objeto que algunas veces tenemos sobre el escritorio.

Así que te invito a que, antes de tomar una decisión importante o aparentemente pequeña, te detengas un momento y te preguntes: ¿Qué estoy poniendo en movimiento con esto? No para vivir calculando obsesivamente cada consecuencia ni para tener miedo de equivocarnos. Decidir implica incertidumbre, y equivocarse también forma parte de vivir. La esfera que yo te suelto hoy es esta: quizás no puedas anticipar hasta dónde llegará ese movimiento, pero sí puedes ser más consciente de dónde comienza.

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