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martes, septiembre 29, 2026

Oferta de sobra

Por Rodrigo Amador

Cualquiera que haya pasado sus tardes despachando en la pulpería de su familia sabe muy bien lo que cuesta mantener un negocio tradicional a flote. Antes, para vender algo, usted tenía que sudar sangre: buscar un local, pagar meses por adelantado, mandar a pintar un rótulo y sentarse detrás del mostrador a rogar que los vecinos entraran a comprar. Era un riesgo enorme. Hoy, las cosas han cambiado. El mostrador ahora cabe en la palma de su mano.

Con un teléfono cualquiera puede abrir su negocio. Usted toma unas fotos bonitas, las sube a sus estados de WhatsApp o a los grupos de Facebook, y listo. Su mercadería llega directo a los ojos del cliente mientras usted sigue en la sala de su casa, y de la entrega se encarga un muchacho en moto. La tecnología nos regaló algo que antes costaba miles de lempiras: tener a la clientela a un solo clic de distancia. ¿Pero de qué nos sirve tener la plaza de mercado más grande del mundo en el celular, si la gente que la camina anda con los bolsillos vacíos?

En este mundo de redes sociales, hemos caído en la trampa de confundir los “me gusta” con las ventas. Todos los que ofrecemos algo por internet conocemos esa frustración de recibir cuarenta mensajes preguntando “precio y ubicación”, para que al final del día nadie le compre nada y lo dejen en visto. No se sienta mal, no es que su producto no sirva o que lo esté haciendo mal. Lo que pasa es que, del otro lado de la pantalla, la persona que le preguntó.

también está haciendo malabares para sobrevivir. Ese vecino que mira su catálogo está sacando cuentas en la cabeza. Antes de darle el “sí” para encargarle ese par de zapatos, ese postre o esa camisa, tiene que apartar el pisto para el recibo de la luz que vino más caro, el pasaje del bus, la comida de la semana y la tarjeta que no deja de llamar para cobrar.

Por eso vemos que ahora todo el mundo anda vendiendo algo. El perito mercantil que ofrece lociones en la oficina, la maestra que hornea pan los fines de semana, el chavo que en las noches usa su carro para hacer viajes, o la mamá que vende ropa por encargo. En los discursos oficiales a esto le llaman “espíritu emprendedor” y nos aplauden por ser “guerreros”. Pero hablemos con franqueza: la gran mayoría de nosotros no está vendiendo cosas por internet porque soñamos con ser grandes empresarios. Lo hacemos porque el sueldo ya no alcanza para llegar al final del mes. Vender alguito extra es la única forma de tapar los hoyos que deja una economía donde todo sube, menos lo que ganamos y esto es lo que deberíamos estar discutiendo en serio como país. Está muy bien celebrar que somos gente trabajadora, que no nos dejamos vencer y que siempre buscamos la forma de llevar la comida a la mesa. Pero no podemos acostumbrarnos a romantizar esta necesidad. El problema ya no es cómo llegarle a los clientes; aplicaciones y redes nos sobran. El verdadero problema es que a la gente ya no le ajusta el dinero.

Una economía no sale adelante solo porque todos nos pongamos a vender por Facebook. Para que los pequeños negocios sobrevivan y crezcan, necesitamos que del otro lado haya ciudadanos con un salario que les permita ser clientes reales, no solo mirones que preguntan por curiosidad. Mientras seguimos buscando el mejor truco para vender en internet, la pregunta que de verdad importa sigue en el aire: ¿Quién va a tener capacidad de comprar todo lo que estamos ofreciendo?

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