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viernes, septiembre 25, 2026

Nosotros los ateos

Por Otto Martín Wolf

Debido a mi falta de creencias religiosas he empezado a sospechar que ser ateo es una actividad a tiempo completo, con explicaciones periódicas.

¿Por qué no creo en Dios, en ningún dios? Porque no encuentro evidencia de que existan.

Si Dios es infinitamente poderoso, infinitamente inteligente y, sobre todo, infinitamente bueno, cuesta explicar terremotos, tsunamis, epidemias, incendios, hambre, enfermedades y las mil maneras que tiene la naturaleza de recordarnos que vivir no viene acompañado de garantía.

Si Dios quiere impedir el sufrimiento, pero no puede, no es todopoderoso. Si puede impedirlo y no quiere, no puede ser infinitamente bueno y, si puede y quiere, pero simplemente decide mirar hacia otro lado, tenemos un Dios indiferente.

Yo prefiero una explicación complicada pero más sencilla: el universo funciona mediante leyes naturales y acontecimientos que llamamos casualidad, no sabemos cómo empezó, cuál es su propósito ni para dónde vamos.

Durante miles de años creímos que los rayos eran lanzados por dioses enojados. Los eclipses: algún dios estaba haciendo algo extraño con el Sol. No llovía: había que bailar. Y si seguía sin llover, siempre quedaba el sacrificio humano.  Preferiblemente a alguien no relacionado con nosotros.

Hasta que apareció la ciencia y cometió una insolencia monumental: empezó a investigar.

Descubrió cómo funcionan los rayos, los eclipses, las estrellas y muchas otras cosas.

Y cada vez que la ciencia todavía no encontraba una explicación para algo, aparecía inmediatamente alguien diciendo:

—¡Ahí está Dios!

Es un sistema extraordinario. Dios siempre termina viviendo exactamente donde todavía no sabemos qué hay.

Si mañana descubrimos qué ocurrió antes del Big Bang, seguramente aparecerá Dios detrás de una cortina.

Y si no está allí, no importa, se fabrica otra cortina.

Cualquiera tiene derecho a creer en dios; Alá, Buda, Jesús, Zeus, Thor o en una divinidad especializada en cuidar las vacas.

Pero tener derecho a creer no convierte una creencia en evidencia.

Nosotros, los ateos, no afirmamos conocer todas las respuestas.

Precisamente decimos: No sabemos y después investigamos. Encontramos pruebas, nos equivocamos y volvemos a investigar.

Y si mañana aparece una evidencia mejor que destruye lo que hoy creemos, cambiamos de opinión.

Eso es ciencia.

No somos mejores ni peores por ser ateos. Somos seres humanos.

Simplemente, cuando me enfermo, prefiero un médico.

Cuando llega una inundación, busco terreno alto.

Cuando hay sequía, prefiero abrir pozos antes que bailar alrededor de una fogata.

Y cuando alguien me ofrece una respuesta definitiva para todos los misterios del universo, mi reacción es pedirle pruebas.

Y si algún día Dios aparece delante de mí y demuestra que estoy equivocado, seré el primero en reconocerlo.

Aunque antes de arrodillarme tendría algunas preguntas. La primera: —Señor, ¿por qué tardó tanto?

Porque si usted es el Todopoderoso, lleva varios miles de años llegando tarde a su propia conferencia de prensa.

Y la segunda: —¿Dónde estaban las pruebas? Porque he pasado buena parte de mi vida esperando alguna.

Un documento, una fotografía, un recibo firmado.

Aunque fuera una pequeña nota pegada en una nube:

“Estimado Otto: sí existo. Disculpa la demora.”

Y, si finalmente se presenta rodeado de ángeles, truenos, trompetas y una cantidad innecesaria de efectos especiales, le diré: —Está bien, usted existe.

Pero después preguntaría:

—¿No habría sido más sencillo darnos una evidencia y listo!

Porque si alguien puede crear galaxias, estrellas, planetas, océanos y seres humanos, una prueba debería ser un trabajo bastante pequeño.

Mientras tanto, seguiré siendo ateo, no porque esté seguro de conocer todas las respuestas, sino precisamente porque no las conozco.

Y si aparecen pruebas convincentes, cambiaré de opinión, porque cambiar de opinión cuando aparece la evidencia no es una derrota.

Es la victoria de la inteligencia.

Lo verdaderamente absurdo sería tener al Todopoderoso delante, verlo crear una galaxia con un gesto de manos y todavía decir:

—No estoy convencido. Necesito una segunda opinión.

Aunque, pensándolo bien, después de tantos siglos de discusiones, quizá Dios debería traer también la segunda opinión.

Y la tercera.

Porque incluso frente al mismísimo Todopoderoso siempre habrá alguien que levante la mano y pregunte:

—¿Y eso está científicamente comprobado?

Y ahí comenzaría otra discusión de dos mil años.

Yo, mientras tanto, seguiré esperando las pruebas.

Sin rezar, sin crucificar a nadie.

Y, sobre todo, sin inventar respuestas para llenar los espacios vacíos.

Porque si algún día Dios decide aparecer, espero que llegue con sus propias pruebas.

Y si vuelve a llegar tarde, que al menos tenga una buena excusa.

Después de todo, de un ser Todopoderoso uno esperaría cierta puntualidad.

 

 

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