Por Irazema Ramos

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedad. Esta concepción integral representó un cambio importante en la manera de comprender la salud y se relaciona con el derecho a un nivel de vida adecuado que asegure la salud y el bienestar, reconocido en la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Sabemos que la salud es un derecho universal. Sin embargo, durante décadas distintos organismos internacionales han señalado que, aunque no puede haber salud sin salud mental, esta no siempre ha recibido la misma atención que la salud física en aspectos como presupuesto, educación, prevención y acceso a los servicios. Informes internacionales han advertido también sobre la limitada inversión destinada a la salud mental, especialmente en los países de menores ingresos. Esta realidad evidencia una brecha importante entre reconocer la salud mental como un derecho y garantizar realmente los recursos necesarios para atenderla. La atención que se brinda a la salud mental continúa siendo insuficiente en muchos contextos. A esto se suman la estigmatización y la discriminación que todavía experimentan las personas con determinados trastornos mentales. En los últimos años, tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la Organización Panamericana de la Salud (OPS) han impulsado modelos de atención que buscan superar la dependencia exclusiva de los hospitales psiquiátricos y fortalecer una atención comunitaria, integral y cercana a las personas.
Asimismo, diferentes organismos de derechos humanos han advertido que las personas con problemas de salud mental y discapacidad psicosocial pueden experimentar mayores dificultades para acceder a una atención integral, además de presentar importantes desigualdades en su salud física y calidad de vida. La salud mental no debe ser vista como un privilegio al que solamente algunas personas pueden acceder, sino como un derecho que debe ser reconocido, protegido y atendido. Toda persona debería tener a su alcance información, apoyo profesional, recursos y herramientas que le permitan afrontar las crisis vitales y las circunstancias difíciles que pueden aparecer a lo largo de la vida. También necesitamos acercar la psicología a la vida cotidiana: hacerla práctica, comprensible y accesible. Es momento de dejar atrás expresiones como “yo no creo en la psicología”, como si la salud mental fuera una cuestión de creencias. Hablar de salud mental es hablar de prevención, bienestar, educación, atención profesional y calidad de vida.
Atender nuestra salud mental implica aprender a observar nuestros pensamientos, emociones, actitudes, comportamientos y formas de relacionarnos. También significa reconocer cuándo nuestros propios recursos no son suficientes y necesitamos buscar ayuda profesional. La salud mental no debería depender únicamente de cuánto podemos pagar, de dónde vivimos o de si tenemos acceso a determinados servicios. Si verdaderamente hablamos de salud integral, debemos comprender que cuidar la mente no es un lujo. Es un derecho.
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