Por Otto Martín Wolf

Después comenzaron las preguntas.
¿Seríamos capaces los seres humanos de ponernos de acuerdo en algo?
No en la paz mundial, que ya hemos comprobado es una empresa demasiado ambiciosa -imposible-para nuestra especie.
No en religión, política, economía, ideologías ni en quién tiene razón, asuntos en los que llevamos miles de años demostrando una extraordinaria capacidad para llevarnos la contraria y no ponernos de acuerdo en nada importante.
Me refiero a cosas pequeñas.
Tan pequeñas que casi da vergüenza de lo sencillas.
Por ejemplo: no arrojar basura en la calle.
Y si encontramos un papel, un envoltorio o cualquier desperdicio insignificante que alguien dejó caer, recogerlo y ponerlo donde corresponde.
Nada heroico. Nada que requiera inteligencia excepcional, estudios universitarios ni una comisión internacional.
Ahora imaginemos algo absurdo.
Ocho mil millones de personas recogiendo una sola cosa al día. Ocho mil millones de pequeños actos que nadie fotografiará, ningún periódico publicará y ningún político utilizará en un discurso.
¿Cambiaría algo? Probablemente sí.
Pero quizá lo verdaderamente importante no serían los ocho mil millones de papeles desaparecidos diariamente de las calles. Sería otra cosa. Por primera vez estaríamos demostrando que somos capaces de hacer algo porque sabemos que debemos hacerlo, aunque nadie nos obligue y aunque nadie vaya a enterarse.
Y esa quizá sea una de las grandes diferencias entre una sociedad civilizada y una multitud.
Podríamos agregar otra regla: Sonreír tres veces al día. Sin motivo o por cualquier razón.
Porque salió el sol. Porque recordamos a alguien querido. Porque estamos regresando a casa. Porque todavía podemos respirar sin pedir permiso. Porque, después de todo, estamos vivos.
No costaría dinero. No contaminaría. No consumiría petróleo y, probablemente, tampoco necesitaría una aplicación.
Después podríamos intentar algo todavía más difícil: guardar silencio.
Tres veces al día, durante tres minutos.
No televisión. No teléfono. No música. No un automóvil acelerado. No conversación. No ruido producido deliberadamente.
Nada.
Tres minutos para descubrir algo extraordinario: que el mundo puede existir sin nuestra permanente necesidad de producir sonidos.
¿Serviría para salvar al planeta? No lo sé.
Tal vez esos nueve minutos diarios no cambiarían absolutamente nada en términos físicos.
Pero quizá cambiarían algo dentro de nosotros.
Y ahí aparece la verdadera cuestión; Porque el planeta no necesita que ocho mil millones de personas sean perfectas, necesita que sean conscientes.
El problema de la humanidad no consiste únicamente en que contaminemos demasiado, desperdiciemos demasiado o destruyamos demasiado.
Consiste también en que hemos conseguido convertir la irresponsabilidad individual en una especie de inocencia colectiva.
“¿Qué importa que yo arroje este papel?” “¿Qué importa que yo deje el automóvil encendido?” “¿Qué importa que yo haga ruido?” n“¿Qué importa lo que haga una sola persona?”
Precisamente eso es lo peligroso.
Ocho mil millones de personas pueden hacerse la misma pregunta y entonces descubrimos que una insignificancia multiplicada ocho mil millones de veces deja de ser insignificante.
Quizá la humanidad no necesite una nueva gran ideología. Quizá necesite recuperar algo mucho más antiguo y mucho más escaso: el sentido común.
Una asociación sin presidentes, sin cuotas, sin oficinas, sin estatutos y sin socios conocidos.
Cada ser humano sería miembro por el simple hecho de comportarse como si los demás también importaran.
Recoger un papel, Sonreír, Guardar silencio.
No porque alguien esté mirando; precisamente porque nadie está mirando.
Y quizá ahí esté la única verdadera prueba de nuestra civilización: no lo que hacemos cuando sabemos que nos observan, sino lo que hacemos cuando creemos que nadie puede vernos.
Yo apostaría por eso.
Porque si ocho mil millones de seres humanos fueran capaces de ponerse de acuerdo en unas cuantas pequeñas cosas buenas, quizá descubriremos algo mucho más grande: que todavía podemos salvarnos de nosotros mismos.



