Por Otto Martín Wolf

Una de las cosas más equitativamente repartidas que existe es la inteligencia.
Varios estudios realizados entre personas de diferentes razas, sexos, edades y posiciones económicas han demostrado que todos creemos que somos más inteligentes.
Y lo más interesante es que ni siquiera un examen de Cociente Intelectual consigue modificar esa opinión.
Puede uno obtener un resultado tan bajo que la computadora, avergonzada, se niegue a imprimirlo.
Otra cosa universalmente repartida es la convicción de que cantamos bien, especialmente cuando estamos solos en la ducha, donde no existe ningún jurado suficientemente valiente para contradecirnos.
La riqueza, en cambio, está repartida de una manera bastante menos democrática. Hay muchísimos más pobres que ricos.
Así ha sido desde que alguien descubrió que podía tener más cosas que otro y decidió que eso era una excelente idea.
Pero alguna vez me he preguntado qué ocurriría si, por un milagro verdaderamente milagroso, todos fuéramos millonarios.
Imaginemos que mañana, al despertar, cada habitante del planeta —niños, ancianos, hombres, mujeres, altos, bajos, guapos, feos y aquellos que necesitan dos espejos para comprobar que siguen siendo ellos— encuentra en su cuenta bancaria cinco millones de dólares.
Cinco millones para cada uno. Sin impuestos. Sin condiciones.
La primera reacción sería, naturalmente, de alegría. La segunda sería comprar algo. La tercera sería descubrir que nadie quiere venderlo.
Porque si todos tenemos cinco millones, ¿quién va a trabajar?
¿Quién recoge la basura?Nadie.
Con cinco millones en el banco, ningún ciudadano razonable se levantará a las seis de la mañana para cargar bolsas llenas de restos de comida, pañales, latas, botellas y otras maravillas de la civilización.
En pocos días las ciudades estarían cubiertas de basura. En una semana habría que contratar a alguien.
Pero nadie aceptaría. Entonces ofreceríamos diez mil dólares. Nada. Cien mil.
Nada.
Un millón por recoger basura durante un mes.
Entonces aparecería un hombre muy inteligente y diría:
—¿Y cuánto pagan por no recogerla?
Y volveríamos a tener el mismo problema.
¿Quién sembraría la tierra? ¿Quién ordeñaría las vacas? Quién construiría las casas?¿Quién repararía las tuberías?¿Quién conduciría los camiones?¿Quién fabricaría los zapatos?
Y, sobre todo, ¿quién atendería el restaurante donde todos queremos sentarnos a comer mientras nadie quiere cocinar?
Las fábricas cerrarían, los campos quedarían abandonados y los supermercados se convertirían en museos donde podríamos contemplar, detrás de una vitrina, una lata de frijoles de 2026.
Y habría gente pagando cinco mil dólares por verla.
Entonces comprenderíamos que el dinero sirve únicamente mientras haya cosas que el dinero pueda comprar. Si todos somos ricos, nadie es realmente rico.
Pero llevemos el experimento un poco más lejos.
Supongamos que todos los aficionados al fútbol adquieren de repente las habilidades de Messi. Todos.
Porteros, defensas, delanteros, árbitros y hasta el vendedor de refrescos. Todos hacen pases perfectos, driblan perfectamente y disparan perfectamente.
El primer partido sería maravilloso. El segundo, interesante. Al tercero, alguien comenzaría a bostezar.
Porque la perfección tiene un inconveniente terrible: no permite equivocaciones.
Y sin equivocaciones no hay sorpresas.
Hagamos lo mismo con el arte.
Todos tenemos la imaginación de Leonardo da Vinci y la habilidad de Miguel Ángel.
Todos cantamos como Bocelli. Todos somos bellísimos.
Todas las mujeres parecen haber sido seleccionadas para Miss Universo y todos los hombres parecen Tom Cruise después de pasar por una fábrica de Tom Cruises.
Nadie es feo. Nadie es torpe. Nadie es bruto. Nadie desafina. Nadie fracasa.b Nadie destaca.
Y entonces ocurriría lo verdaderamente terrible: nadie tendría de qué presumir.
La humanidad habría alcanzado una igualdad absoluta.
Seríamos ricos, inteligentes, hermosos, talentosos y perfectamente inútiles.
Como las hormigas. O las abejas.
Sociedades maravillosas donde cada individuo sabe exactamente qué debe hacer y lo hace durante toda su vida sin preguntarse si existe algo mejor.
Un mundo perfecto. Y, por eso mismo, insoportable.
Prefiero nuestro mundo. Prefiero los ricos y los pobres, los genios y los idiotas, los guapos y los feos, los que cantan bien y los que deberían ser arrestados por la policía antes de que entren al baño a cantar.
Prefiero incluso a los que tienen cinco millones y a los que no tienen cinco dólares.
Porque entre todas esas desigualdades, errores, contradicciones, defectos y absurdos aparece algo extraordinario: cada ser humano puede creer que es único.
Y algunos, naturalmente, tienen razón.
Yo, por ejemplo.



