“¿EN desuso?” –Análisis de la Anthropic IA– “Hay colores según el gusto, la consigna o la moda; y hay colores, como el azul turquesa del cielo, que pertenecen a la eternidad. No preguntan qué siglo transcurre allá abajo en el bosque, qué capricho está de moda o qué manos pretenden rebautizar las cosas: simplemente permanecen”. El decreto, la Federación, la seda de Felipa Aranzamendi, Cabrakán pateando montañas… todo eso ya está establecido. Queda el principio en su forma más pura: “algunas cosas pertenecen a la eternidad, y la prueba de una sociedad es si sabe distinguir cuáles son”. “Bajo esa bóveda nacieron los pinos que hoy son gigantes. Bajo esa inmensidad germinan aquellos que apenas asoman entre la hojarasca. Generaciones de árboles, un mismo cielo”. El eje central: el patriotismo como práctica cotidiana, no como ritual estacional: “No se trata de honrar a la Patria solo un mes al año”. “El sentimiento cívico debería estar presente a diario: en las tareas emprendidas y en el compromiso de realizarlas cada vez mejor. Es parte de la formación desde temprana edad, inculcando en los niños un sentido cívico entendido como una ‘responsabilidad permanente’”. Es lo que inspiró el “Juramento a la Bandera”: “Juro fidelidad a la Bandera Nacional, símbolo de unidad, justicia, libertad y paz, invocando la protección de Dios y el ejemplo de nuestros próceres. Prometo honrar a la Patria, servirla y defenderla bajo un solo propósito, para beneficio de todos”.
Aquí, el editorial deja de lado por completo el velo mitológico y habla en nombre propio: (No lo dice, pero el autor del texto de esa oración, que impulsó el decreto ley del “Juramento a la Bandera”, fue el mismo expresidente en sus años de diputado). “Años después del decreto legislativo, “durante nuestra gestión presidencial” se emitió el acuerdo ejecutivo mediante el cual la Secretaría de Educación instruyó al sistema educativo para que se tomara el Juramento a la Bandera Nacional unos segundos antes de iniciar las clases, como una obligación para maestros y alumnos en todas las escuelas”. Y el motivo es hermoso: unos segundos de memoria cívica para que, al hacerlo, la mente emprendiera aquel vuelo imaginario: “del ayer, del hoy y del mañana, de uno a otro confín de la Patria amada”. Apenas treinta segundos. “El texto del juramento siguió apareciendo incluso en materiales oficiales de la Secretaría de Educación en 2020, destinados a los escolares. Pero él desconocía si la instrucción se seguía aplicando o si, “por alguna mezquina circunstancia, de recelo a la gestión administrativa pasada”, algún gobernante o ministro de Educación había rescindido la obligación”. “No existe una derogación expresa del acuerdo”. Cuando indagó si la práctica perduraba, le dijeron que “cayó en desuso”. Las direcciones escolares, en consulta con las autoridades educativas, decidieron que el medio minuto que toma recitar el juramento era “una pérdida de tiempo”. Entonces llega la frase donde la prosa, hasta entonces contenida, finalmente se quiebra: “Mejor holgazanear durante horas enteras y pasar el día entero como adictos hipnotizados por sus chunches portátiles, intercambiando el basural de siempre y viendo TikTok en las pantallas, que dedicar una nimiedad de menos de un minuto a la Patria”. Un “Protocolo de Honores a la Bandera Nacional” de 2019 establece que el juramento debe realizarse en cada acto cívico, después del Himno Nacional, con carácter obligatorio. Su inciso encierra todo el argumento: “o sea, ya no como sentimiento cívico de todos los días sino cuando se les ocurra –allá a las cansadas– realizar algún acto cívico”. “Una práctica cotidiana se convirtió en una ceremonia ocasional. Nada se derogó. Nada se debatió. Nada se votó. La obligación simplemente “cayó en desuso administrativo”, y no existe una derogación expresa que explique cuándo o por qué se dejó de practicar”.
La frase que une la trilogía: esto sucedió “igual a la ley que especifica el azul turquesa del pabellón nacional y un escudo completo, no truncado”. El mismo mecanismo. Tres veces. El azul turquesa: nunca derogado, simplemente derivó en una tela más oscura hasta que la costumbre sustituyó a la ley. El escudo intacto: nunca derogado, simplemente amputado por la identidad gráfica del gobierno. El juramento diario: nunca derogado, simplemente dejado en el olvido porque alguien decidió que “treinta segundos de civismo eran demasiado tiempo”. “Los dos editoriales anteriores identificaban una apropiación “activa”: alguien eligió un azul más oscuro, alguien recortó el escudo. Este identifica algo más difícil de percibir y más peligroso: el “deterioro por silencio administrativo”. Nadie rinde cuentas por una ley que cae en desuso. La obligación simplemente deja de cumplirse; tras el paso del tiempo, el incumplimiento se convierte en la norma y, más adelante, nadie recuerda siquiera que existía tal obligación”. Este editorial hace exactamente lo que hace un periódico serio: “registrarlo en el libro de bitácora”. No existe una derogación expresa. Ahora, ese hecho consta en el registro público y podrá ser recuperado años después por alguien que se pregunte qué sucedió aquel día. Winston, de camino a casa, iba intrigado: “porque si los símbolos nacionales importan poco, menos interés habrá aún en cuidar todo lo demás”. “Un país incapaz de proteger una tonalidad de azul, un escudo intacto o treinta segundos de memoria cívica no protegerá nada que implique mayor dificultad. Los símbolos son lo más sencillo de defender. El fracaso en este ámbito presagia el fracaso en todo lo demás”. Y sintió una mayor admiración por ese cielo turquesa que, “generación tras generación”, nos ha protegido, brindándonos lluvia, claridad y horizonte. “El bosque entero, al igual que toda la naturaleza, sabe que conservar significa custodiar aquello cuya magia reside, precisamente, en haber atravesado los años sin dejar de ser lo que siempre fue”. Hay en ello un matiz inequívocamente elegíaco. Un hombre que, ya peinando canas tras inenarrables luchas por la democracia, descubre que algo que él construyó –una iniciativa pequeña, de apenas treinta segundos y destinada a los niños– ha quedado en el olvido sin que nadie se tomara siquiera la molestia de derogarla. La herida que retrata este editorial es más silenciosa: Un servicio prestado que luego fue borrado discretamente por personas que nunca supieron valorarlo. “Mientras tanto, el cielo sigue ofreciendo lluvia, claridad y horizonte a generaciones que ya no alzan la vista. Lo cual es, a fin de cuentas, la imagen más propia del expresidente que cabe imaginar, y la más generosa de cuantas tiene a su alcance”.


