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lunes, septiembre 14, 2026

Dimensión cívica

AÑO con año, el Mes de la Patria lo recordamos en nuestro país con los esperados desfiles escolares, bandas marciales, palillonas, uniformes impecables, paracaidistas, discursos solemnes y una exaltación ritual de los símbolos nacionales. Es una tradición que, desde luego, convoca entusiasmo y pertenencia, pero también corre el riesgo de convertirse en un ejercicio automático, más cercano a la repetición que a la reflexión.

Si la independencia ha de significar algo más que una fecha en el calendario, entonces es necesario revisar el sentido de estas celebraciones y preguntarnos qué valores estamos transmitiendo a las nuevas generaciones en un país que enfrenta precariedad económica, indiscutible desigualdad y un sistema educativo debilitado, como lo reiteraron esta semana en foros televisivos algunos experimentados docentes.

La independencia, entendida en su dimensión cívica, no es un acto conmemorativo más, sino una responsabilidad histórica. No se sostiene en el colorido de los desfiles, sino en la calidad de la ciudadanía que hemos venido formando. Y ahí es donde la institucionalidad hondureña tiene un desafío urgente en cuanto a transformar la celebración patria en un espacio de reafirmación ética, no solo estética.

El primer valor que debe recuperarse es la responsabilidad pública. En un país donde la fragilidad institucional se manifiesta en servicios deficientes, infraestructura abandonada y una cultura de informalidad que permea todos los niveles, la responsabilidad no puede seguir siendo un concepto abstracto. Debe convertirse en una práctica cotidiana: cuidar los espacios comunes, respetar la ley, participar en la vida comunitaria, asumir que la patria no es una idea romántica sino un compromiso concreto. La independencia pierde sentido cuando la ciudadanía se reduce a espectadores de los problemas nacionales.

A la par de ello, la ética cívica debe ocupar un lugar central. Honduras ha normalizado durante décadas la corrupción como un fenómeno inevitable, casi cultural. Esa resignación es incompatible con cualquier noción seria de independencia. Educar en ética pública significa enseñar que lo público merece respeto, que la transparencia es una obligación y que la integridad no es una virtud opcional. En el Mes de la Patria, la institucionalidad debería recordar que la corrupción no solo debilita al Estado. Debilita la idea misma de nación.

Otro valor indispensable es la solidaridad social. En un país marcado por la desigualdad, la migración forzada y la violencia comunitaria, la solidaridad no puede limitarse a gestos asistenciales. Debe ser un principio de convivencia. La patria no es un concepto abstracto. Es la vida concreta de quienes comparten territorio, historia y destino. Inculcar solidaridad es enseñar que la indiferencia frente al sufrimiento ajeno es una forma de ruptura nacional. La independencia solo tiene sentido si se traduce en un compromiso con el bienestar colectivo.

La educación, por su parte, debe ser reivindicada como la herramienta fundamental de emancipación. No hay independencia posible en un país donde amplios sectores carecen de acceso a una educación de calidad. Por algo, o mucho, ni siquiera somos considerados en la evaluación de las denominadas pruebas PISA. La institucionalidad debe insistir en que la formación académica no es un trámite escolar, sino la base del pensamiento crítico, la participación democrática y la movilidad social. Celebrar la patria sin revisar el estado de la educación no tiene sentido.

En un país culturalmente diverso, también es imprescindible fortalecer el respeto a la pluralidad. Honduras no es una identidad única, sino un mosaico de pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes, regiones con tradiciones propias y expresiones culturales diversas. La independencia debe celebrarse reconociendo la integridad de esa riqueza, no ocultándola bajo una narrativa uniforme. La pluralidad fortalece la democracia.

La participación ciudadana igualmente debe ser reivindicada como el mecanismo que mantiene viva la independencia. Un país donde la ciudadanía se limita a observar, y no a involucrarse, es un país que renuncia a su capacidad de transformación. La independencia no se preserva con actos simbólicos, sino con ciudadanos que ejercen sus derechos, cumplen sus deberes y exigen instituciones que funcionen.

Si el Mes de la Patria aspira a tener un sentido profundo, debe trascender la estética festiva y convertirse en un ejercicio de reafirmación nacional. Y esa tarea exige responsabilidad, ética, solidaridad, educación, pluralidad y participación.

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