Por Rodolfo Dumas Castillo

El Banco Central subió la Tasa de Política Monetaria a 6%. Cuando sube esa tasa, el crédito tiende a encarecerse y las personas y empresas gastan un poco menos. Pero ¿servirá para controlar la inflación? La inflación de agosto fue de 6.2%; si quitamos los alimentos y la energía, lo que los economistas llaman inflación núcleo, los precios crecieron apenas 2.3%. En cambio, la comida y la energía se dispararon 10%. O sea que el problema no es que los hondureños andemos gastando de más ni que los bancos estén prestando a manos llenas. El golpe viene del petróleo, del clima y de lo que pasa fuera de nuestras fronteras. Y eso no se arregla solo ajustando la TPM.
Por eso conviene ver esta alza más como un cortafuegos que como una manguera. No apaga el incendio, pero intenta que no se riegue. Busca evitar que el taxista suba la carrera porque subió el diésel, que el comedor suba el plato porque le subió el transporte, y que al final todo termine más caro. Sin embargo, no es la gran solución.
Según los propios cálculos del BCH, subir la tasa un punto completo reduce la inflación del primer año apenas en un cuarto de punto, y le cuesta a la economía un tercio de punto de crecimiento. Lo que se subió ahora fue la cuarta parte de eso. Es una señal de prudencia, no un remedio.
Y esa señal tiene su precio. Las alzas de la TPM tienden a encarecer sobre todo el crédito nuevo y el de tasa variable. El que ya tiene un préstamo a tasa fija quizás ni lo note, pero quien busque financiamiento para su negocio o su casa sí lo va a sentir. No tiene mucho sentido combatir una inflación que nace de la falta de oferta castigando a quienes generan esa oferta.
Tampoco nos hagamos ilusiones de que esto se arregla pronto. Hace unos días JPMorgan admitió que por primera vez desde que empezó la guerra con Irán no tiene un escenario base para el precio del petróleo. Si en Wall Street no se atreven a adivinar, sería irresponsable que en Honduras armáramos subsidios y presupuestos como si el barril fuera a bajar el mes que viene.
Y eso nos lleva al subsidio. El Gobierno absorbe un porcentaje de cada aumento. Eso ayuda, y si hay que gastar en algún combustible, el diésel es el que más sentido tiene. Pero un subsidio en la bomba beneficia igual al transportista que al que llena el tanque de una camioneta de lujo, y mientras más se consume, más se recibe.
Además, con un petróleo que nadie sabe para dónde va, cada alza del barril sube también la factura del Estado. Lo responsable sería ponerle fecha de vencimiento, publicar cada mes cuánto está costando y, con el tiempo, dirigir ese apoyo a quienes de verdad mueven los precios. Lo que no podemos es acostumbrarnos a pagar la gasolina de todos con dinero que no tenemos.
¿Y por qué nos pegan tan duro estos golpes de afuera? Porque Honduras tiene un problema grave de productividad. Producimos poco y caro, y dependemos cada vez más de lo importado. ¡Hasta bananos importamos! Así, cualquier alza en los precios internacionales o devaluación del lempira llega directo a la pulpería. La defensa real contra este tipo de inflación es producir más y mejor aquí adentro.
Al BCH le toca cuidar que los precios no se desboquen; al resto del Estado, atacar las causas. Eso significa apoyo temporal y bien dirigido para las familias más golpeadas y liquidez para las MIPYMES viables. Y significa, sobre todo, que invertir en Honduras deje de ser una carrera de obstáculos. Un inversionista, grande o pequeño, debería tener plazos claros para obtener un permiso, y el Estado debería tener proyectos de riego, energía y logística listos para ofrecer a la inversión privada y a la cooperación internacional, no solo ideas en papel. También hay que enfrentar la extorsión, ese impuesto invisible que todos pagamos en el precio de cada producto. Y en lugar de controles de precios, que suelen terminar en anaqueles vacíos, lo que hace falta es vigilar que en los mercados concentrados nadie aproveche la crisis para inflar sus márgenes.
La inflación que hoy sufrimos no se fabricó en Honduras, pero la salida sí tiene que construirse aquí. Un país que importa hasta lo que antes exportaba está condenado a pagar en la pulpería cada guerra ajena y cada sequía. O empezamos a producir lo que comemos, o cada año seguiremos discutiendo cuánto sube la tasa mientras los frijoles siguen subiendo.



