20.7 C
Honduras
lunes, octubre 5, 2026

El odio que disfraza la protesta

Por Héctor A. Martínez

Tres sucesos lamentables que confirman que las protestas propalestinas se han convertido en fuente de odios y discriminación étnica. En septiembre pasado, a la escritora argentina Ariana Horwicz le comunicaron de última hora que quedaba excluida del Festival Internacional del Arte y Literatura, coordinado por la Universidad de Granada, aparentemente a petición de los activistas estudiantiles. Ese mismo mes se llevaron a cabo movilizaciones con consignas antisemitas en la capital de México, promovidas por grupos sindicales y por activistas de la UNAM. La politización de los espacios civiles ha llegado al fútbol. No sabemos quién sugirió a la selección nacional de la República de Irlanda, en el partido que debía enfrentar a Israel por la Copa de Naciones, que portara un brazalete negro en rechazo a la política de Benjamín Netanyahu. El capitán irlandés ni siquiera le extendió la mano a su colega israelí antes del pitazo inicial, a pesar de que se trata de un ritual obligatorio.

¿Qué tienen que ver Horwicz, los judíos asentados en México o los futbolistas israelíes con las decisiones que adopta el gobierno del primer ministro Benjamín Netanyahu respecto a la Franja de Gaza? ¿Cuál es, en esencia, el propósito que se esconde detrás de las muestras de solidaridad con el pueblo palestino? Los datos de la Liga Antidifamación (ADL Global 100) son claros. En el 2025 se registraron 6,274 incidentes antisemitas. Eso significa un 33 por ciento menos que en el 2024, pero un 33 por ciento más que hace una década. El informe señala que en América Latina el 45 por ciento de los encuestados muestra actitudes estereotipadas de antisemitismo.

¿Por qué lo que debería limitarse a la protesta contra la violación a los derechos humanos se utiliza para cometer atropellos, exclusión social o amenazas por el simple hecho de tener ascendencia judía?

Un par de cosas al respecto. La autenticidad de las movilizaciones en favor de los habitantes de la Franja de Gaza y de los palestinos en general se diluyó al mezclarse con idearios de la izquierda internacional, movimientos vinculados a la diversidad sexual y otras organizaciones que aprovechan la coyuntura para generar polarización y ganar protagonismo. Esta invasión ideológica no es casualidad. De hecho, se trata de una táctica política sugerida por los llamados defensores de la interseccionalidad de la lucha e inspirada en las ideas de académicos como la filósofa Judith Butler y la eterna “pacifista” Angela Davis, líder de la llamada Resistencia Crítica y del feminismo interseccional.

En el reverso de la moneda, el teórico Michael Walzer y ciertos activistas palestinos de la línea moderada creen que la izquierda internacional -siempre ávida de materia prima ideológica— ha encontrado la piedra filosofal que tanto ha buscado para justificar la eterna lucha entre opresores y oprimidos. ¿Quién mejor que aquellos que durante siglos fueron excluidos, primero por disposiciones del Cuarto Concilio de Letrán en 1215, y después por las Leyes de Núremberg, en 1935, para reactivar la lucha perdida?

Lo que el mundo no debe permitir, sin embargo, es que esta masa abierta, como dice Elías Canetti, necesitada de seguidores, continúe promoviendo la aversión antijudía que en otros tiempos sirvieron para justificar la persecución de inocentes, instaurar campos de exterminio y que hoy parece revivir con nuevas formas.

Si lo que buscan estos movimientos contaminados ideológicamente, es paz y justicia en el mundo, no lo conseguirán a través de la exclusión de artistas, deportistas o ciudadanos por su origen o descendencia. Eso no es pacifismo; al contrario, es la preocupante constatación de un odio que se disfraza de protesta.

Artículo anterior
Artículo siguiente
- Publicidad -spot_img

Más en Opinión: