Por Héctor A. Martínez

Esta mañana, como es mi costumbre, repasé todos los canales locales para ver de qué se hablaba en los foros televisados. Me encontré con las mismas discusiones estériles que inundan el mundillo capitalino de la política: que quién resolverá este problema, que de quién es la culpa, etcétera. Las respuestas son las de siempre: estamos trabajando en ello, falta mucho por hacer, el gobierno anterior no hizo su tarea. Pura retórica barata.
No sé por qué los periodistas insisten en escuchar las mismas mentiras en espacios tan costosos, habiendo temas más importantes que pueden tratarse con gente íntegra e inteligente, que dice las cosas sin la demagogia del político vividor. La culpa la tenemos los hondureños por permitir que el Estado y los gobiernos inunden nuestros rincones más íntimos y después no hallamos cómo sacarlos. Maldición de hora en que les pedimos que nos mostraran el camino hacia el bienestar y el progreso.
Antes de darnos cuenta, ya teníamos los tentáculos estatales en nuestros bolsillos, extrayendo la riqueza que otros producen, decidiendo sobre lo que es justo, bueno y correcto para los ciudadanos. Pero cuando estallan las crisis y las quejas ciudadanas sobre el pésimo funcionamiento institucional, son los primeros en decirnos que no debemos preocuparnos, que basta aumentar los recursos financieros y humanos para atender las necesidades de la gente. Ahí reaparece el viejo argumento del contrato social: que si queremos seguridad y protección, debemos aportar lo nuestro para echar a andar la maquinaria estatal.
Pero como una cosa es predicar y otra multiplicar panes y pescados, llegó un momento en que descubrimos que todo es una farsa. En lugar de la prosperidad prometida, fue la miseria quien llegó a tocar nuestras puertas. Buscando lavarse las manos y para esquivar el fracaso, las élites que controlan los partidos se inventaron la alternancia en el poder. Desde entonces, cada partido achaca al otro las desgracias del país y a los enemigos de la democracia (que son ellos mismos).
Descubrieron nuestros políticos que es mejor administrar la pobreza que abrir el camino hacia la prosperidad, porque esta implica eliminar los privilegios y el parasitismo gremial que los sostiene. Saben que una democracia verdaderamente representativa, junto al libre mercado, significa darle al pueblo lo que se merece. En lenguaje coloquial sería decir algo así como “O los salvamos a ellos o nos salvamos nosotros, pero no ambos”. Ya sabemos quiénes se salvan.
Por cierto, las palabras del presidente Asfura cuando dijo en la ONU que nos abriríamos a la inversión no son las mismas que las de Javier Milei al declarar que Argentina abrazaba el capitalismo de libre empresa. Suenan a lo mismo, pero son dos cosas diferentes. En la primera, nadie sabe a qué tipo de inversión se refiere y bajo qué reglas vendrían al país. Las de “El Peluca” son más concretas: más comercio internacional, mayor competencia y ponerle fin al estatismo empobrecedor.
Honduras no necesita más políticos, sino hombres y mujeres pragmáticos y honestos que, como Milei y Donald Trump, tomen decisiones políticas con criterios empresariales, orientadas a controlar costos y ejecutar estrategias que produzcan cambios radicales. Más de cuatro décadas de fracaso bipartidista deben servirnos para cambiar el rumbo del país y crear prosperidad antes de que llegue el 2030.
Y para no seguir perdiendo tiempo viendo lo mismo en costosos espacios televisivos.



