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martes, octubre 20, 2026

¿Fabulizar?

AQUELLA mañana, mientras la neblina se deslizaba lentamente entre los pinos y el primer sol doraba los tejados, Winston saboreaba su primer sorbo de café. El Sisimite, acomodado en un leño leía con cierta diversión los mensajes de un chat sobre incomodidades de convivencia. —¡Vaya, Winston! –exclamó el Sisimite–. ¡Qué prodigiosa facultad tienen algunos para fabulizar, comenzando por donde les conviene y terminándo antes de que aparezca lo que les perjudica! —Winston, levantó sus orejitas. —Acá hay una muestra: “Qué pena lo sucedido entre el perro de acá, y el chiquitín. Ofrecí disculpas y apoyo con el veterinario. Lo que olvidaron fue cuando vinieron a botarme los portones para gritarme, con un séquito intimidatorio”. “Solo porque, al abrir el portón para que entrara el vehículo, el perro salió y mordió al chiquitín”. “Al siguiente día fui a enterarme de su salud, pero no se dignaron atenderme. Ah, y sobre el señor –al que dizque le pagaban por limpiar las suciedades– venía a comer frente a mis jardineras las sobras que le daban los uniformados –por más de rogarle no tirar los desechables en mi jardinera, nunca hizo caso, y desde que falleció no volvieron los desechables de los militares; solo los de otros transeúntes que se sientan a comer y creen que mis jardineras son basurero”. Ah, y repito “no estorban los niños que buscan el pan del saber, nos estorban los colegios que vinieron a enquistarse en nuestra colonia. Eso es lo que nos ha quitado la paz de vivir”.

–¿Y vos qué decís? –Bueno, el efecto Rashomon: versiones interesadas de un mismo suceso. –¿Y vos fuiste testigo de lo sucedido? –Pues claro, a mí fue que me mordió ese chucho: Estaba parado en la esquina con el ex, y salió despavorido el perro cuando abrieron el garaje. Si no es por los reflejos y me suspenden, se me tira encima y me desguaza. (Vecinos que pasean chuchos comentaron que eso sucedía frecuentemente; fueron a quejarse con el dueño, pero nunca les abrió la puerta). Uno de tantos días la señora de la casa me andaba paseando y otra vez salió el perro despavorido, y me agarró la patita en el aire. Me llevaron a suturar. El ex fue a tocarle el timbre al dueño. No abrió, así que le pumpunearon las puertas del garaje. Reclamó lo sucedido, y presiento que, lo que más lo importunó fue cuando el don ese quiso negarlo, incluso justificando que su perro era un perrito manso. Ahí vino la advertencia, sobre la irresponsabilidad de los dueños de no sujetarlos con correa, no la del chucho que muerde. –¿Y sobre las jardineras? –¿Jardineras? Santo Dios. ¿No serán más bien zacateras que raras veces limpian? ¿Quejándose de la basura ajena, en los montarrales abandonados, alrededor de la propiedad, donde la maleza es refugio a roedores y criaderos potenciales de zancudos?

–¿Y sobre el indigente al que le pagaban por limpiar la suciedad de las aceras y las calles, que murió atropellado? Justifica que le había rogado muchas veces que no ensuciara su “maleza” y que, desde su muerte, “habían desaparecido aquellos desperdicios, aunque otros transeúntes continuaban arrojando basura”. —¡Qué tristeza! –murmuró Winston–. Murió el pobre señor y lo que quedó de su memoria, ¿algún pesar por su muerte trágica o solo una discusión sobre platos desechables? —¿Y qué hay de las escuelas? —Sí. La contrariedad que desde que llegaron centros educativos se había perdido la tranquilidad de aquel antiguo barrio residencial. Los carruajes de los padres, los niños entrando y saliendo, el movimiento de los maestros, todo le parecía una perturbación intolerable. Y niños aprendiendo, ¿otro trastorno? —Pero, que “no estaba contra el pan del saber”, sino contra las molestias que ocasionaba repartirlo. –Quizás ¡pan del saber, pero sin panadería, sin panaderos, sin repartidores y, si fuera posible, sin niños! –Lo curioso es que el barrio hace tiempos que había dejado de ser exclusivamente residencial desde que levantaron torres de apartamentos, edificios de oficinas, clínicas de hospitales, establecimientos comerciales. –Se supo, que en una sesión del patronato fue a quejarse que la municipalidad autorizara, a gente con cuello, un centro comercial, cuando con él hicieron caso omiso de sus gestiones. —Entonces ¿la roncha, es el comercio, la actividad ajena que produce tránsito y perturbación o que la plaza comercial fuera de otro? –¿Tus moralejas a la fábula? –Cuando alguien cuenta que fue víctima de un reclamo, conviene preguntarle primero ¿qué hizo para merecerlo? Y mientras el sol terminaba de disipar la neblina, el Sisimite escribió al pie de la fábula: «La verdad a medias es como una ventana entreabierta: deja entrar la luz suficiente para mostrar lo que conviene, pero mantiene en la sombra todo aquello que podría cambiar el juicio de quien observa».

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