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lunes, octubre 19, 2026

¿Qué busca Bukele en Honduras?

Por Héctor A. Martínez

A ciencia cierta, nadie sabe qué busca Nayib Bukele en Honduras. De lo que no cabe la menor duda es que desde hace algunos años existe una campaña para posicionar su modelo político en nuestro país. La admiración hacia el gobernante salvadoreño es un fenómeno latinoamericano, es verdad, pero en nuestro país ha tenido más pegue por una razón antropológica y otra sociológica.

En primer lugar, los hondureños somos taimados, dejados y sumisos con todo lo que tenga que ver con lo extranjero. Incluso pecamos de serviles. ¿Qué hondureño no recuerda el sobalevismo de míster Benítez, el personaje de Ramón Amaya Amador en Prisión Verde? En segundo lugar, solemos envidiar aquello de lo que carecemos, en este caso, el control sobre la violencia delincuencial, un tema donde nuestras autoridades han exhibido una olímpica ineptitud.

Más allá de lo que digan los teóricos de la psicología de masas -como Gustave LeBon— acerca de los individuos que renuncian a su libertad y a su raciocinio a cambio de la protección de un superhombre, no debemos obviar la posibilidad de que Bukele lleve tiempo trazando una estrategia sobre nuestro país, una atención que, a juzgar por sus actuaciones, no la tiene con el resto de los vecinos. Entonces, ¿por qué Honduras? Todos sabemos que, durante la pandemia, el presidente salvadoreño aprovechó la ocasión para ganar las simpatías de nuestros compatriotas al donar las vacunas que no llegaban a ciertos sectores. Allí empezaron los coqueteos con nuestra gente y las vergonzosas comparaciones con los políticos hondureños, a los que ridiculiza con sobradas razones.

La saga continuó con eventuales muestras de solidaridad hacia la gente de escasos recursos -especialmente hacia quienes buscan servicios de salud— y con la entrega premeditada de materiales educativos a la población hondureña de las zonas fronterizas. El show de vestirse a lo Francisco Morazán y trasladar sus restos de un lugar a otro no fue una inocentada ni un gesto de fervor patrio, sino una demostración simbólica de poder, un globo sonda para medir la reacción nacionalista de los hondureños y, de paso, demostrar su dejadez y sumisión. Como era de esperarse, aquí se aplaudió la medida.

No sabemos con exactitud qué busca Bukele en Honduras, pero, como donde vuelan zopilotes hay carroña, no debería extrañarnos que detrás de la propaganda exista un propósito geopolítico y de negocios. Tal como vemos las cosas, no podríamos descartar la posibilidad de que, en un futuro cercano, se articulen alianzas comerciales entre empresarios de ambos países aprovechando el canal logístico que une el Atlántico con el Pacífico. Tampoco podría descartarse que, detrás de una probable expansión comercial, se promoviera un plan regional basado en el orden y la autoridad. Y ya sabemos quién sería el artífice de imponer disciplina permanente.

De todas maneras, el primer paso estratégico ya surtió efecto: Bukele se ha ganado la admiración irreflexiva de buena parte de los hondureños. No necesita invadir militarmente el país ni mostrarse agresivo, salvo si alguien lo critica. Es entonces cuando los miles de bots y los seguidores idiotizados contraatacan con pasión desbordante. Pruebe y verá. El segundo, ¿será acaso penetrar el sistema político a través de un movimiento organizado que responda a sus intereses personales? Si así fuese, solo necesitaría convertirse en el referente de los políticos ambidiestros que tanto abundan en nuestro país. Además, su capital simbólico se traduciría en beneficios económicos. Para eso está el poder.

De paso, Bukele confirmaría que los hondureños somos taimados, dejados y sumisos.

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