Por Irazema Ramos

Durante las últimas semanas hemos utilizado la cuna de Newton para reflexionar sobre nuestras decisiones y la influencia que ejercemos en los demás. Hoy quiero invitarte a observar algo diferente: ¿qué ocurre cuando una esfera recibe el impacto de otra? En este pequeño objeto de la física, el movimiento se transmite de una esfera a otra hasta llegar al extremo contrario. Las esferas no pueden decidir qué hacer con la energía que reciben; simplemente responden de acuerdo con las leyes físicas. Sin embargo, cuando trasladamos esta imagen a nuestras relaciones humanas, encontramos una diferencia fundamental: las personas podemos aprender a elegir cómo responder a lo que recibimos.
Pensemos en cuántas veces alguien nos habla de manera desagradable y sentimos inmediatamente el impulso de responder con la misma intensidad. Nos levantan la voz y queremos gritar más fuerte. Nos hacen una crítica y buscamos devolver otra. Nos ignoran y decidimos aplicar el mismo trato. Pareciera que funcionamos como aquellas esferas: recibimos un golpe y lo devolvemos. Pero ¿realmente tenemos que hacerlo? Imaginemos una situación cotidiana. Una pareja comienza a discutir por un desacuerdo doméstico. Uno de los dos hace un comentario hiriente y el otro responde con una ofensa todavía mayor. La conversación deja de tratar sobre el problema inicial y se convierte en una competencia por demostrar quién tiene la razón o quién puede lastimar más. Al final, probablemente ninguno recuerda cómo comenzó la discusión, pero ambos recuerdan lo que se dijeron. En las familias también sucede. Un padre que creció escuchando gritos puede terminar utilizando el mismo estilo de comunicación con sus hijos. Quizás nunca se propuso repetir aquella experiencia, pero aprendió que esa era la manera de corregir o ejercer autoridad. Lo interesante es que también puede reconocer ese patrón y decidir construir una forma diferente de relacionarse. En el trabajo, un empleado recibe una llamada de atención en un tono poco respetuoso. Sale molesto de la reunión y descarga su frustración con un compañero que no tuvo ninguna participación en lo ocurrido. Así, una situación que comenzó entre dos personas termina afectando a otras. Lo que recibimos puede influir en nosotros, pero no necesariamente tiene que determinar lo que entregamos. El psicólogo James Gross, reconocido por sus investigaciones sobre la regulación emocional, ha estudiado cómo las personas podemos influir en nuestras emociones, en el momento en que aparecen y en la manera en que las experimentamos y expresamos. Sus aportes permiten comprender que regular nuestras emociones no significa negarlas o esconderlas, sino desarrollar estrategias para manejarlas de manera más adecuada.
Por ejemplo, ante un comentario ofensivo podemos detenernos antes de responder, reconsiderar lo ocurrido, expresar nuestro desacuerdo con firmeza o retirarnos temporalmente de la conversación. Ninguna de estas alternativas significa que la ofensa estuvo bien o que debemos permitirla. Aquí es importante hacer una distinción: regular nuestras emociones no es lo mismo que reprimirlas. Guardar silencio por miedo, acumular resentimiento o fingir que nada nos afecta no necesariamente representa una respuesta saludable. En ocasiones, la mejor decisión será hablar, establecer límites, pedir respeto o alejarnos de una relación que nos está causando daño. La diferencia está en actuar desde la conciencia y no únicamente desde el impulso. Y esto no siempre resulta sencillo. Cuando estamos enojados, heridos o frustrados, nuestras respuestas pueden ser rápidas e intensas. Además, influyen nuestra historia personal, los aprendizajes familiares y las experiencias que hemos acumulado. Por eso, aprender a responder de manera diferente requiere práctica, paciencia y, algunas veces, acompañamiento psicológico. Quizás todos conocemos a alguien que, a pesar de haber recibido un trato difícil durante su infancia, decidió no repetirlo con sus hijos. O una persona que, después de una experiencia dolorosa, eligió no convertir su sufrimiento en una razón para lastimar a otros. Estas decisiones no borran lo sucedido, pero pueden cambiar lo que ocurre después.
También debemos recordar que no todas las situaciones se resuelven simplemente manteniendo la calma. Existen relaciones marcadas por el maltrato, la manipulación o la violencia, donde la prioridad debe ser protegerse, buscar apoyo y establecer condiciones de seguridad. Volvamos por un momento a nuestro péndulo. En él, el movimiento continúa porque las esferas responden a las fuerzas que reciben. Nosotros, en cambio, contamos con recursos psicológicos que nos permiten reflexionar y modificar nuestras respuestas. Tal vez no podamos evitar que alguien nos critique, nos decepcione o actúe injustamente. Tampoco podemos controlar todas nuestras reacciones iniciales. Pero podemos trabajar para que esas experiencias no definan automáticamente nuestra manera de tratar a los demás. Y quizá uno de los aprendizajes más importantes de la madurez emocional sea comprender que no estamos obligados a reproducir todo aquello que hemos recibido. La esfera que yo te suelto hoy es esta: no siempre puedes elegir lo que llega a tu vida, pero puedes aprender a decidir qué haces con ello. Porque no todo golpe merece otro golpe, ni toda herida tiene que convertirse en una nueva herida.
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