Por Herbert Rivera C.

Pocos días o casi nada falta para que el mundo deje de girar sobre su propio eje, otro globo lo detendrá. No es nuevo ese fenómeno casi cataclístico (por sus dimensiones eufóricas), ocurre cada cuatro años, salvo alguna guerra mundial u otras “nimiedades”.
Es el moderno circo en el que el mundo se detiene por una pelota y 22 fieras deportivas detrás de ella y que están dispuestas a morir con tal de patearla y ganar en nombre de la patria.
Es un espectáculo para no perderse dirá la feligresía futbolera; o para ahora sí, morir en paz una vez que la selección de sus amores se haga campeona, pensarán los fanáticos; o, es una feria para los tontos argumentarán los escépticos o ateos de esas pendejadas.
Cada cuatrienio, que mundana al fin, la gente se embelesa devota rendida a la gambeta, al tiro directo y al gol, al culto al músculo y a lo banal, y además sumisa a los embates del rabioso mercado que la hace víctima y esclava con su oferta del disfrute mejor, ese torneo de piernas se vuelve redentor de pobres diablos o de ánimas en pena sin mayor motivación en la vida que “más o menos pasar el día”.
Para los gladiadores protagonistas en los coliseos futboleros lo que hacen es el cenit o zenit (punto más alto en el cielo) de su forma de vida, para la diligencia simplemente es un negocio, pero para los fanáticos y obtusos es casi una ideología; para los estúpidos una obsesión e incluso una religión; y para los sociólogos ese deporte inventado por los ingleses es un instrumento de poder útil para hacer dinero y controlar y manipular a la fanaticada.
El fútbol, añaden los teóricos de los fenómenos sociales, es una ficción en la que creer y a través de la cual se pueden resolver complejidades y contradicciones diarias. Es también un evento económico-financiero, televisivo-mediático, político-cultural e histórico, en el que, como en la ley del más fuerte, las naciones más poderosas buscan repetir y las otras cada cual en su fe y con su dios buscan un milagro.
Es una especie de romanticismo del ánimo en el que se elogia la virtud creadora (Messi, Ronaldo, Mbapé, etc.), y a esos “genios sin lámpara” pero con virtudes bípedas depositarias de nuestra confianza, se les exige resolver solos y ganar por todos.
En esa coyuntura, aficionados y fanáticos, víctimas de casi todo, dejan de ser sujetos que rinden y producen, pero continúan como consumidores de un deporte convertido en mercancía y consecuencia en redituable negocio que, derivó además en un instrumento de poder cuando la sociedad de masas lo convirtió en un fenómeno social útil a intereses de pocos.
Mientras a los dirigentes del fútbol solo los anima el lucro, a la mayoría de la gente la motiva la alegría cuando se gana y los desanima la tristeza de la derrota, así, hay un cruce de sentimientos que hacen del fútbol un sentir sin problemas que puede distorsionarse si la celebración de los ganadores y el pesar o agobio de los perdedores llega al conflicto.
En esa exaltación del ídolo pateador de la pelota es evidente que las personas necesitan creer en algo y el fútbol les permite soñar con una gloria ficticia en la que la afición ve a los jugadores como ídolos que hacen realidad sus sueños y les brindan gestas o hazañas memorables para recordarlos siempre o para no olvidarlos nunca.
En ese ir y venir de sentimientos, desde el apremio en la portería de la selección de las simpatías, y el disfrute cuando el peligro es en el de la otra, la rival, esa que se desea pierda y sea eliminada, es cuando el fútbol se vuelve pasión y religión para los miles en el estadio y los millones detrás de la radio y la televisión.
En ese templo futbolero, además de los jugadores, también juegan: Dios, Alá, Buda, Zoroastro y otros dioses menores del Olimpo de las deidades y creencias de cada país enfrentado en la contienda de 90 minutos, y cuyas aficiones con fe inusitada y amuletos incluidos, ruegan y piden la victoria a sus santos, pero Dios, me dijo hace décadas el obispo emérito copaneco, Luis Alfonso Santos Villeda “no se mete en esas babosadas”.
Pese a esa horfandad divina en el futbol, según el cura antes citado, todos vibran de emoción y endiosan a los jugadores en ese culto cuasi religioso y alegre, para algunos de gente sin freno y sin orden en los de abajo, pero con el control de los de arriba.
Por ello y otras argumentaciones es que el sociólogo alemán Norbert Elias, en su “Teoría del Proceso de la Civilización”, planteó que se desarrollan formas más eficaces de centralización del poder, de acuerdo a lo que como ejemplo citó a los emperadores romanos que daban al pueblo pan y circo con las matanzas de los gladiadores.
Así rueda la bola mientras el mundo giratorio con su circo se paraliza, y en este país de saqueados y saqueadores todo lo demás… no importa.
Y, mientras la bola rueda, impenitente (persona que no muestra arrepentimiento por sus faltas, errores o pecados), menos el futbolero que también soy, “no me hago bolas”: le voy a España y después a Messi y 10 argentinos más



