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lunes, agosto 17, 2026

Querer salvar puede causar daño

Por Irazema Ramos

Ayudar es una de las expresiones más nobles del ser humano. Nos preocupamos por las personas que amamos, queremos aliviar su sufrimiento y, cuando las vemos tomando decisiones que podrían hacerles daño, sentimos el impulso de intervenir. Aconsejamos, resolvemos, prestamos dinero, buscamos oportunidades, justificamos errores y, algunas veces, asumimos problemas que ni siquiera nos pertenecen.

Todo parece comenzar con una frase sencilla: “Yo solo quiero ayudar”. Y la mayor parte de las veces es verdad. El problema es que existe una delgada línea entre acompañar a alguien y comenzar a vivir su vida por él, para abordar este tema, lo analizaremos en varios momentos.

Primer momento: “Yo solo quiero ayudar” Imagine a una madre que paga repetidamente las deudas de su hijo adulto porque no quiere verlo en dificultades; una amiga que intenta sacar una y otra vez a otra de una relación que ella decide mantener; o alguien que constantemente resuelve los problemas laborales, económicos o familiares de una persona cercana. Inicialmente puede tratarse de una ayuda necesaria. Todos, en algún momento de nuestra vida, necesitaremos que alguien nos sostenga. El problema aparece cuando la ayuda deja de ser excepcional y se convierte en una dinámica permanente. Y hay algo que si debemos tener claro: ayudar es ofrecer recursos para que la persona pueda avanzar. Rescatar es hacer por ella aquello que podría comenzar a hacer por sí misma.

Segundo momento: “Si yo no lo hago, ¿quién lo hará?” Aquí comienza a aparecer algo diferente. La preocupación se transforma en responsabilidad. Sentimos que si no intervenimos algo malo ocurrirá, que somos indispensables para que la otra persona esté bien o que dejar de resolver sus problemas sería abandonarla. Entonces aparecen pensamientos como: “No puedo dejarlo solo”, “sé que volverá a equivocarse”, “yo sé lo que le conviene” o “si no intervengo, todo terminará mal”. Sin darnos cuenta, dejamos de acompañar y comenzamos a controlar y enviamos a la persona un mensaje de inutilidad. Detrás de esta conducta no siempre existe únicamente generosidad, a veces también encontramos miedo, culpa, necesidad de sentirnos útiles, dificultad para poner límites o incapacidad para tolerar el sufrimiento de las personas que amamos. Por eso vale la pena hacernos una pregunta incómoda: ¿esa persona realmente necesita que la salve o yo necesito sentir que me necesita?

Tercer momento: “Después de todo lo que he hecho por ti…” En 1968, el psiquiatra Stephen Karpman propuso un modelo conocido como Triángulo Dramático, dentro del análisis transaccional. En él describió tres posiciones que pueden aparecer en determinadas relaciones: Víctima, Salvador y Perseguidor.

El Salvador asume la responsabilidad de solucionar; la Víctima se coloca en una posición de incapacidad o impotencia, y el Perseguidor critica, reclama o culpa. Estos roles no son permanentes, las personas pueden pasar de uno a otro. Por eso quien comenzó diciendo “déjame ayudarte” puede terminar, después de meses o años de desgaste, diciendo: “Después de todo lo que he hecho por ti, ¿así me pagas, esto es lo que recibo?”. El Salvador agotado puede convertirse en Perseguidor. Aparecen entonces el enojo y el resentimiento: “Nunca haces caso”, “siempre tengo que resolver tus problemas”, “te lo advertí” etc.

Cuando evitamos constantemente que alguien experimente las consecuencias naturales de sus decisiones, podemos quitarle oportunidades para desarrollar autonomía, responsabilidad y capacidad para resolver problemas. Tropezar o equivocarse también enseña, experimentar las consecuencias de una mala decisión puede convertirse en una experiencia de aprendizaje y sabemos que no siempre quitar la piedra del camino ayuda a caminar mejor.

Cuarto momento: aprender a acompañar sin rescatar. Salir del papel de Salvador no significa convertirse en una persona fría, egoísta o indiferente, tampoco significa abandonar a alguien que verdaderamente necesita ayuda. Significa aprender una manera diferente de estar presente. En lugar de preguntar: “¿Cómo te resuelvo esto?”, podemos preguntar:

“¿Qué piensas hacer?”. En lugar de decir: “Déjamelo a mí”, podemos decir: “¿En qué necesitas que te acompañe?”. Y antes de intervenir podemos hacernos tres preguntas: ¿me pidió ayuda?, ¿esto realmente me corresponde?, ¿lo que estoy haciendo aumenta su autonomía o su dependencia? Quizás una de las experiencias más difíciles del amor sea aceptar que las personas que queremos tienen derecho a tomar decisiones que nosotros no tomaríamos.

Podemos advertir, podemos orientar, podemos estar disponibles, podemos establecer límites. Y, por supuesto, ante situaciones de peligro real habrá ocasiones en las que intervenir será necesario. pero no podemos aprender las lecciones de vida en lugar del otro. A veces amar significa acercarse y sostener, otras veces significa hacerse a un lado y permitir que la persona descubra que también puede sostenerse sola.

Porque acompañar es caminar junto a alguien, pero salvar es intentar recorrer el camino por él y eso no es del todo justo. Si tienes algo que compartir con nosotros búscanos en Facebook, Irazema Ramos – Psicología

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