Por Otto Martín Wolf

Uno de los más famosos es el Espíritu Santo que, según la explicación sagrada, es una trilogía: Dios es el padre, Dios es el hijo y Dios es también el Espíritu Santo.
Es decir: uno, pero tres.
Tres, pero uno.
Algo parecido a comprar un apartamento y descubrir que el propietario, el inquilino y el edificio son exactamente la misma persona.
La situación se complica todavía más cuando se trata de entender que ese Espíritu Santo, siendo invisible, intangible e inmaterial, embarazó a una mujer material que posteriormente dio a luz a un Dios que es el mismo padre y, también el hijo, que ya existía como miembro vitalicio de esa trinidad.
El miembro de la trilogía que la embarazó, se convirtió en padre de él mismo.
Yo reconozco que me cuesta seguir la contabilidad.
Por eso respondo directamente a la pregunta del título:
No. Definitivamente no creo en espíritus.
Tampoco creo en fantasmas, zombies, almas, divinidades ni comunicaciones con el más allá.
Y tampoco creo en el “más allá de allá”, por si acaso alguien descubre que el primero estaba ocupado.
Pero eso no significa que niegue que a ciertas personas les ocurran cosas extrañas.
Una sombra en la penumbra, un ruido inesperado, un escalofrío, una sensación inexplicable o la impresión de que alguien nos observa pueden resultar perfectamente reales.
Lo que no necesariamente es real es la explicación que les damos.
El cerebro humano tiene una imaginación extraordinaria y, además, una memoria bastante maliciosa. Desde niños nos enseñan que existen fantasmas, demonios, espíritus, aparecidos y seres que regresan del otro mundo.
Lo hacen nuestros padres, abuelos, sacerdotes, televisión, películas, novelas y aquella señora del barrio que conoce personalmente a siete muertos y ha hablado con tres.
Después, una noche, vemos una sombra.
Y nuestro cerebro, que ya tiene el archivo completo, simplemente dice:
—¡Fantasma!
Problema resuelto.
¿Existe el otro mundo?
No tengo ninguna evidencia de que exista.
La idea parece haber nacido, entre otras cosas, de nuestra dificultad para aceptar algo que resulta bastante desagradable: que la vida termina.
La posibilidad de morir asusta.
La posibilidad de dejar de existir aterroriza.
Así que inventamos una continuación.
Y apareció el más allá.
Después aparecieron quienes descubrieron que el miedo a la muerte podía ser un excelente instrumento para obtener poder, obediencia y, naturalmente, dinero.
No conozco negocio más extraordinario: ofrecer respuestas sobre un lugar que nadie ha visitado y cobrar por adelantado.
Algo parecido sucede con los OVNIs.
Vemos una luz que no sabemos identificar y pasa rápidamente de “no sé qué es eso” a “son extraterrestres”.
Con los espíritus hacemos exactamente lo mismo.
No sabemos qué ocurrió.
Entonces inventamos una explicación.
Y cuanto menos sabemos, más fantástica suele ser.
Pero yo no soy un fanático del “no creer”.
Estoy dispuesto a cambiar completamente de opinión si algún día aparece evidencia convincente.
Lo que no aceptaré es cambiar de opinión simplemente porque alguien me pregunte:
—Entonces, ¿cómo explicas que exista el universo?
Pues no lo sé.
Y aquí aparece una diferencia fundamental entre reconocer nuestra ignorancia e inventar una respuesta para disimular.
No saber algo no constituye una autorización para fabricar un dios.
Durante mucho tiempo creímos que nuestra galaxia era prácticamente todo lo que existía. Después llegaron telescopios mejores y descubrimos que la Vía Láctea es apenas una entre miles de millones.
Con el microscopio ocurrió algo parecido.
Antonie van Leeuwenhoek, en el siglo XVII, observó por primera vez organismos microscópicos que nadie podía imaginar. Bacterias, células, espermatozoides y otras criaturas diminutas demostraron que existía un universo entero donde antes parecía no haber absolutamente nada.
La ciencia no necesitó creer en esos organismos.
Los observó.
Y cuando otros científicos miraron por el mismo pequeño lente, dejaron de discutir sobre si existían.
Ahí está la diferencia.
Por un lado:
“Yo creo.”
Por el otro:
“Aquí está la evidencia.”
Yo prefiero el segundo.
No creo que Superman, el Hombre Araña o Gatúbela hayan existido realmente, aunque millones de personas los conozcan y haya películas, historietas y merchandising que demuestren que son magníficos negocios.
Tampoco creo que un personaje se vuelva real porque millones de personas crean en él.
Y, por la misma razón, tampoco creo en espíritus.
Si algún día aparece uno, estaré encantado de recibirlo.
Eso sí: que traiga pruebas.
Porque después de tantos siglos de apariciones, todavía nadie ha conseguido presentar un fantasma que pueda ser sometido a una prueba de laboratorio.
No, definitivamente no creo en espíritus.
Pero mantengo la mente abierta.
Después de todo, si algún día aparece uno, será el primero en conseguir que cambie de opinión.
Y probablemente el primero en tener que explicarme dónde estuvo escondido todos estos años.



