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martes, agosto 25, 2026

Replantearse la vida laboral (Final)

Por Mirna Isabel Rivera

En la columna anterior reflexionábamos sobre el cambio de paradigma referente a la jornada laboral. La propuesta de laborar 3 o 4 días. En algunos rubros, de alguna manera esto se puede implementar sin mayores problemas, pero amerita un estudio más detallado sector por sector.

El otro tema sobre el cual también argumentábamos era la jubilación tardía, la propuesta del empresario mexicano Carlos Slim, quien apunta a jubilarse a los 75 años. Uno de los puntos débiles de la propuesta es la longevidad; en muchos países latinoamericanos, la calidad de vida no es buena.

La informalidad de los empleos en Latinoamérica es evidente; pocas personas logran llegar con una jubilación digna; muchos nunca la alcanzarán si no se cambian las condiciones actuales de trabajo precario, que impiden a la mayoría de los ciudadanos aportar al sistema de retiros públicos y privados.

Existe una considerable brecha entre lo que quisiéramos ver en un mundo ideal y lo que está ocurriendo a nivel global. Ante nuestros ojos, la inteligencia artificial (IA) está transformando nuestro entorno. Nadie nos pregunta, ni nos preguntará si estamos de acuerdo o no con los avances de la IA.

Los datos exponen que 92 millones de puestos de trabajo serán desplazados por las transformaciones tecnológicas y económicas para el 2030 (World Economic Forum, 2025). Además, se calcula que uno de cada cuatro trabajadores desempeña una ocupación susceptible de ser transformada por la IA generativa (Organización Internacional del Trabajo, 2025). Aunque las fuentes más optimistas anticipan una creación de 170 millones de nuevos empleos.

Ante toda esta incertidumbre, como suele pasar cuando se reconfigura el nuevo orden mundial, en un escenario plagado de amenazas de guerras, escasez de alimentos, desplazamientos forzosos por el cambio climático, se levantan voces optimistas. Estas buscan equilibrar un poco la balanza, que hasta ahora parece favorecer a una minoría de ultrarricos.

Desde la óptica de los que han acumulado billones de dólares y tienen asegurada la prosperidad material para varias generaciones, surge una idea que no es nueva, pero sí adaptada a nuestra época: la renta o ingreso básico universal.

Es paradójico que quienes más se han enriquecido con los avances tecnológicos estén proponiendo una nueva forma de distribuir la riqueza en la sociedad digital: Musk, Altman, Zuckerberg y Gates, entre otros. Ellos advierten que se debe reconsiderar el trabajo de la manera en que lo conocemos ahora, porque las máquinas y la IA lo harán por nosotros, o sea, seremos reemplazados en muchos puestos de trabajo.

Este año -abril, 2026- Elon Musk planteó abiertamente que las transferencias gubernamentales son la principal alternativa ante el desempleo ocasionado por la IA. Esta propuesta resulta plausible en países desarrollados, con economías fuertes. Es una forma de que el capitalismo no decaiga, de mantener la circulación económica y el consumo, más allá de una política de desarrollo social.

En países en desarrollo, la pregunta es la misma de siempre: ¿de dónde saldría el dinero? Honduras es un país consumidor de tecnologías; no las produce. Mantiene una alta informalidad laboral, poca recaudación fiscal, altos niveles de corrupción y desigualdad social. Financiar una renta universal en esas condiciones es poco probable.

La IA ya es una realidad que afecta puestos de empleos y crea otros, pero no estamos preparados para afrontar las disrupciones que crean de manera veloz en nuestro sistema productivo. Quizás en los países en desarrollo esta conversación se quiera postergar, pero ya estamos tarde en el nuevo orden mundial, donde la IA toma la fuerza de una deidad.

El premio Nobel de economía, Joseph Stiglitz advierte: “Si no hacemos nada para gestionar la IA, existe el riesgo de que genere mayor desigualdad” (Fortune, 2026). MIR.

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