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martes, agosto 25, 2026

¿El duelo?

“LOS aullidos del viento en el bosque replicaban la respiración secreta de los dioses. Zeus se asomaba entre los robles más antiguos, como si hubiese olvidado un relámpago que había quedado dormido en la corteza; Artemisa atravesaba los claros bajo la luna, invisible y ligera, seguida por ciervos que no temían a los mortales y Apolo, al amanecer, derramaba entre las ramas largas lanzas de oro que despertaban a los pájaros y hacían brillar el rocío como diminutos oráculos”. -¿Ya que hemos estado en modo mitológico, fuiste al viaje –pregunta Winston– de los poetas criollos cuando izaron velas a visitar a sus colegas suramericanos? -Claro, y te relato una anécdota de ese viaje. Rubén Darío y Juan Ramón Molina se embarcaron en un “duelo” poético durante su travesía a Brasil. Ambos poetas acordaron escribir un poema durante el viaje, y el ganador sería aquel cuya obra fuera seleccionada para ser leída en el acto de bienvenida a su llegada a tierras brasileñas. El hondureño resultó vencedor de este desafío con «Salutación a los poetas brasileros». Darío rompió su manuscrito antes de leerlo y abrazó a Molina llamándolo su «poeta gemelo». -Esos versos los recitábamos en la escuela:

-“Con una gran fanfarria de roncos olifantes,/ con versos que imitasen un trote de elefantes/ en una vasta selva de la India ecuatorial,/ quisiera saludaros -hermanos en el duelo-/ en las exploraciones por la tierra y el cielo,/ en el martirologio de los circos del mal./ Mi Pegaso conoce los azules espacios./ Su cola es un cometa, sus ojos son topacios,/ el rubio Apolo y Marte cabalgarían en él;/ relinchará en los céspedes de vuestro bosque umbrío,/ se abrevará en las aguas de vuestro sacro río,/ y dormirá a la sombra de vuestro gran laurel!/ Venir pude en la concha de Venus Citerea,/ sobre el áspero lomo del león de Nemea,/ en el ave de Júpiter o en un fiero dragón;/ en la camella blanca de una reina de Oriente,/ en el cuerpo ondulante de una alada serpiente,/ a bordo de la lírica galera de Jasón./ O en la fornida espalda de un genio misterioso,/ o envuelto en la vorágine de un viento proceloso,/ o de una negra nube en el glacial capuz;/ en la marea argentina de una luna de mayo,/ asido del relámpago flamígero de un rayo,/ o con los duendes gárrulos que juegan en la luz./ Mas en Pegaso vine desde remotos climas,/ -señor, príncipe, rey o emperador de rimas-/ sobre el confuso trueno del piélago febril./ ¡Salve al coro de Anfiones de estas tierras fragantes!/ ¡A todos los Orfeos del país de los diamantes!/ ¡A todos los que pulsan su lira en el Brasil!/ Tal digo, hermanos míos en la prosapia ibérica./ Saludemos la gloria futura de la América,/ que todas las espigas se junten en un haz./ Unamos nuestras liras y nuestros corazones,/ que ha llegado el crepúsculo de las anunciaciones,/ para que baje el ángel de la celeste paz!/ Augurio de ese día se ve en el horizonte./”.

“Hoy tres aves volaron desde un florido monte;/ yo las miré perderse en el naciente albor;/ un cóndor -que es el símbolo de la fuerza bravía-/ un búho -que es el símbolo de la sabiduría-/ y una paloma cándida -símbolo del amor-./ Dijo el cóndor, gritando: la unión da la victoria,/ el búho, en un silbido: el saber da la gloria,/ la paloma, en su arrullo: el amor da la fe./ Yo -que escruto el enigma de nuestro gran destino-/ ante el casual augurio del cielo matutino,/ siguiendo los tres pájaros en éxtasis quedé./ Pero Pegaso aguarda. Sobre su fuerte lomo/ gallardamente saltó en un instante,/ como el Cid sobre Babieca. Me voy hacia el azur./ ¿Acaso os interesa mi suerte misteriosa?/ ¡Buscadme en mi magnífico palacio de la Osa,/ o en mi torre de oro, junto a la Cruz del Sur!”. -“Aquel era un bosque anterior a la razón, cuando los ríos tenían memoria, los árboles tenían alma y detrás de cada sombra podía esconderse una divinidad. Para los antiguos griegos la sagrada naturaleza no era vacía”. Winston miró a la distancia y anunció la hora de irse a su casa y se fue; iba recitando los versos alejandrinos por el camino.

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