“EL bosque embrujado era como un reino de apariciones, fingimientos y apariencias, donde cada cosa ensayaba ser otra durante unas horas”. El Sisimite viendo que Winston trepa por el caminito con sus patitas cortas y pasos presurosos: -¿Viste algún fantasma que venís espantado? -¿Conocés a Narciso? -Sí. “La historia no es tan sencilla como la simplificación moderna del hombre que “se enamoró de sí mismo”. En realidad, es una tragedia sobre la incapacidad de salir del propio yo, distinguir la imagen de la realidad y reconocer al otro”. La versión que trasciende a la cultura occidental es la de Ovidio en las Metamorfosis. Narciso era hijo del dios-río Cefiso y de la ninfa Liríope. Al nacer, su madre consultó al adivino Tiresias acerca de si viviría muchos años. La respuesta fue enigmática: llegaría a viejo “si no llega a conocerse” (si se non noverit). La paradoja es extraordinaria porque invierte el célebre mandato délfico de “conócete a ti mismo”.
“Narciso creció con una belleza excepcional. Hombres y mujeres se entusiasmaban con él, pero los rechazaba con frialdad. No era todavía el enamorado de su espejo; su defecto inicial era otro: era incapaz de reconocer el amor y la dignidad de quienes estaban fuera de sí mismo”. “Ahí aparece Eco. Según Ovidio, la ninfa había sido castigada por Juno: Ya no podía iniciar una conversación y solamente podía repetir las últimas palabras pronunciadas por otra persona”. “Eco ve a Narciso en el bosque, se enamora y lo sigue, pero literalmente carece de voz propia para declarárselo”. “Narciso oye pasos y pregunta ¿quién está allí? Eco devuelve sus últimas palabras”. “Finalmente él llama para encontrarse y ella interpreta aquello como una invitación: sale de entre los árboles y corre a abrazarlo. Narciso la rechaza cruelmente. Eco, avergonzada, se esconde entre montañas y cavernas, consumiéndose hasta que de ella solamente permanece la voz”. Aquí Ovidio construye una simetría bellísima: “Eco queda reducida a una voz sin cuerpo; Narciso terminará cautivado por un cuerpo sin realidad. Ella ama a alguien que no puede poseer; él amará una imagen que tampoco podrá poseer”. “Uno de los despreciados por Narciso pide entonces a los dioses que alguna vez él también ame sin poder alcanzar aquello que ama”. “Némesis, divinidad de la retribución, escucha la petición”. “Un día, fatigado por la caza, Narciso encuentra una fuente extraordinariamente pura, nunca perturbada por pastores, animales, ramas ni pájaros. Se inclina para beber. Y entonces ocurre la trampa. Ve un rostro en el agua. No comprende inicialmente que es el suyo. Queda maravillado por aquellos ojos, aquellos cabellos y aquella belleza. Trata de acercarse y el joven del agua se acerca. Sonríe y aquel sonríe. Extiende los brazos y recibe otros brazos. Intenta besarlo y sus labios encuentran solamente agua”
-“Narciso no se enamora inicialmente de sí mismo sabiendo que es él: se enamora de una apariencia que toma por otro”. Ese detalle cambia enteramente la profundidad del mito. “Cada vez que toca el agua destruye precisamente aquello que desea alcanzar. El rostro se fragmenta entre las ondas; espera; el agua recupera la quietud y la aparición regresa”. “Hasta que finalmente comprende, que aquello que desea es él mismo. Pero el descubrimiento no lo libera. Esa es la tragedia”. “Sabe que posee aquello que ama y, simultáneamente, que jamás podrá separarlo de sí para convertirlo en otro al que pueda abrazar”. “Termina consumiéndose junto a la fuente”. “Cuando las ninfas buscan su cuerpo para los funerales –según Ovidio– ya no está: en su lugar encuentran una flor de pétalos blancos alrededor de un centro amarillo, el narciso”. Como metáfora política: “Por eso Narciso resulta mucho más interesante aplicado al falso liderazgo que la simple vanidad. El narcisista político puede terminar enamorándose no exactamente de sí mismo, sino de la imagen de sí mismo que ha construido: el gran estadista, el líder indispensable, el hombre perseguido porque incomoda, el único capaz, el amado por el pueblo, el incomprendido”. “Y aparece entonces el problema de la fuente. Mientras el agua permanezca quieta, la imagen confirma el relato. Los aduladores, el ruido, los incondicionales, hacen de agua quieta”. “Pero llegan los resultados – varias derrotas, elecciones adversas– y alguien toca el agua. La imagen se deforma”. “Entonces el falso Narciso tiene dos posibilidades: reconocer que aquello era solamente un reflejo o culpar a quien agitó el estanque”. La mitomanía: El problema deja de ser “me equivoqué” y pasa a ser: me traicionaron, hicieron fraude, conspiraron, no me comprendieron, me tuvieron miedo”. “Y Eco completa maravillosamente la alegoría política. Alrededor del Narciso suelen aparecer personas que han renunciado a su propia voz y se limitan a devolverle sus últimas palabras. Él habla; ellas repiten. Él proclama su grandeza; ellas se la devuelven amplificada. Hasta que solamente quedan un hombre mirando su propia imagen y un coro repitiendo su propia voz”. “Ahí reside la enseñanza política más hermosa del mito: un verdadero líder necesita ventanas; Narciso solamente quiere espejos. Y cuando la realidad rompe el espejo, en lugar de preguntarse qué había de falso en la imagen, culpa a quien tuvo la insolencia de encender la luz”. En el bosque, “al amanecer ocurría la inevitable crueldad de la luz: retrocedía la bruma, huían los espectros, las sombras regresaban obedientes a sus cuerpos y el bosque revelaba que jamás había mentido; eran los ojos, fascinados por las formas de la noche, los que habían confundido lo que parecía ser con lo que verdaderamente era”.


