Por Glenn Flores (Periodísta y Abogado)

Epicteto lo dijo hace dos mil años y sigue siendo incómodo: cualquier persona capaz de enojarte se convierte en tu amo. No lo dijo como consuelo. Lo dijo como diagnóstico. Perder la calma se ha normalizado hasta parecer honesto. Las redes sociales premian la reacción inmediata. Los debates públicos miden la intensidad antes que el argumento. Responder con furia ya no parece una derrota. Parece autenticidad.
Pero el enojo no es autenticidad. Es una concesión. Cuando alguien logra alterarnos, no solo cambió nuestro estado de ánimo. Cambió nuestra capacidad de pensar, de decidir, de responder en lugar de reaccionar. El que provoca sabe eso. Por eso provoca.
Los estoicos no propusieron indiferencia, ante todo. Propusieron algo más exigente: distinguir lo que depende de nosotros de lo que no. Las palabras de otro no dependen de nosotros. Nuestra respuesta a esas palabras sí. Esa distinción exige un nivel de atención sobre uno mismo que la mayoría no ejercita y que nadie enseña.
El que pierde el control frente a una provocación toma decisiones desde la furia, que son casi siempre las peores. Daña lo que importa por defender un punto de orgullo que a la semana no recordará. Le entrega al otro exactamente lo que el otro buscaba. Resistir la provocación no es cobardía. Es la evidencia de que uno se pertenece. De que hay un dueño adentro y ese dueño no abre la puerta a cualquiera que llegue a tocar fuerte.



