Por Irazema Ramos

No todo merece una respuesta en el momento; algunas cosas, quizás, no merezcan una respuesta nunca. Piensa si te resulta familiar alguna de estas escenas.
- Alguien recibe una simple respuesta. Había escrito varios párrafos explicando algo importante y lo que recibe es simplemente: “Ok”. Dos letras. Suficientes para comenzar a pensar: Está molesto. No le importó. Me está contestando de mala manera. Entonces responde: “Si te molesta que te escriba, solo dime”. Del otro lado, alguien lee sorprendido y pregunta: “¿De qué estás hablando?”.
- Un adolescente responde con tono desafiante: “¡Ya sé, ya te oí!”. El padre siente que le han faltado al respeto y reacciona de inmediato. En pocos minutos, lo que comenzó porque había que ordenar la habitación termina en una discusión sobre autoridad y con la frase típica: “En mis tiempos no contestarías así”.
- Sucede también en el trabajo. Presentamos una idea y un compañero comenta: “Eso ya lo habíamos intentado antes”. De pronto dejamos de escuchar una observación sobre nuestra propuesta y comenzamos a escuchar un cuestionamiento a nuestra capacidad. Pensamos: No confía en mí. Cree que no sé lo que estoy haciendo. Y entonces ya no defendemos una idea: comenzamos a defendernos a nosotros mismos.
- También puede ocurrir con un gesto. Llegamos a un lugar, saludamos y alguien apenas levanta la mirada. Inmediatamente pensamos: ¿Y a esta persona qué le pasa? A partir de ese momento cambiamos nuestra actitud y respondemos con la misma frialdad y desdén.
- Y están las redes sociales. Alguien escribe algo que sentimos que “es por nosotros”. Decidimos que no vamos a responder, pero terminamos publicando una indirecta en un estado y a veces llevamos tres estados de WhatsApp explicando que no nos importa.
Palabras, mensajes, silencios, tonos de voz, miradas, gestos, vivimos rodeados de estímulos capaces de despertar algo en nosotros. Algunos realmente requieren nuestra atención; otros necesitan una conversación, una aclaración o un límite. Pero también existen aquellos que simplemente activan nuestra necesidad de defendernos y tener la última palabra. El problema comienza cuando confundimos sentir algo con tener que hacer algo inmediatamente. Que algo me moleste no significa que tenga que responder ahora, entre lo que ocurre y lo que hacemos después existe un espacio. A veces dura apenas unos segundos, pero aprender a habitar ese espacio puede cambiar por completo la manera en que manejamos nuestros conflictos. Porque madurar emocionalmente no significa dejar de sentir; significa aprender a decidir qué hacemos con aquello que sentimos.
Yo sé que sabes que nuestro cerebro tiene una enorme capacidad para detectar aquello que percibimos como amenazante. El asunto es que, entre reaccionar y responder, no siempre nos damos el tiempo para evaluar lo que realmente está ocurriendo. Una crítica, un rechazo, una humillación, sentirnos ignorados o percibir una injusticia pueden activar respuestas intensas. El enojo aparece, el cuerpo se activa, nuestra atención se concentra en aquello que nos molestó y muchas veces respondemos arrebatadamente. Pero una emoción es información, no necesariamente una instrucción. La emoción merece ser escuchada, pero eso no significa que deba dirigir automáticamente nuestra conducta, porque además hay una alta probabilidad de que esa conducta no sea asertiva, sino torpe. Ahí entra la autorregulación emocional: la capacidad de reconocer lo que estamos sintiendo y, aun así, elegir qué hacer con ello. Puedo pensar: “Esto me molestó”, sin convertir inmediatamente ese malestar en un mensaje, un grito, una discusión o una indirecta.
Necesito que recuerdes que la pausa también es una respuesta. A veces creemos que si no respondemos inmediatamente estamos perdiendo, permitiendo una falta de respeto o demostrando debilidad. Pero posponer una respuesta puede ser una de las decisiones más inteligentes durante un conflicto. Para aprender a hacerlo puedes usar frases de cierre como: “Prefiero hablar de esto después”, o “Ahora estoy molesto y no quiero responder desde el enojo”. Son frases sencillas, pero representan algo importante: hemos recuperado la posibilidad de elegir. No todo lo que debe hablarse tiene que hablarse en el momento en que ocurre. Pero callar tampoco siempre es la respuesta. Aquí es importante hacer una distinción: autorregularse no significa quedarse callado frente a todo. Hay conversaciones que necesitamos tener, límites que debemos establecer, injusticias que debemos señalar y conductas que no podemos normalizar. Por eso no se trata de aprender a callar; se trata de aprender a elegir nuestras batallas.
Antes de responder podríamos preguntarnos: ¿Esto necesita realmente una respuesta? ¿Responder ayudará a resolver algo? ¿Estoy intentando aclarar una situación o simplemente quiero ganar? ¿Estoy reaccionando a lo que realmente ocurrió o a lo que interpreté? ¿Esta persona está dispuesta a dialogar? ¿Necesito responder ahora? ¿Esto seguirá siendo importante mañana? Hay discusiones que, vistas unas horas después, pierden buena parte de la importancia que parecían tener cuando estábamos enojados. No podemos controlar los comentarios de los demás, sus gestos, sus opiniones ni lo que alguien decide publicar en sus redes sociales. Tampoco podemos evitar sentirnos molestos, heridos o incómodos algunas veces. Lo que sí podemos desarrollar es nuestra capacidad para decidir qué merece nuestra atención y nuestra energía. Habrá momentos para hablar; otros, para establecer límites. Algunos requerirán aclarar un malentendido, pedir explicaciones o defender nuestra posición. Y también habrá situaciones en las que la mejor decisión será simplemente continuar con nuestra vida. No porque no tengamos qué decir. No porque el otro tenga razón. No porque seamos incapaces de defendernos. Sino porque hemos comprendido que tener una respuesta e incluso tener la razón, no nos obliga a entrar en la discusión. No todo merece una respuesta. Algunas cosas necesitan tiempo; otras, una conversación; otras, un límite. Y algunas, simplemente, necesitan que las dejemos pasar.
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