Por Oscar Lanza Rosales

E l pasado viernes 21 de agosto, fui con mi hijo Oscar Iván a darle el último adiós a mi querido amigo Antonio José Coello, cariñosamente Mano. Fue una entrañable amistad que nació hace apenas nueve años, en febrero de 2017, cuando vino de San Pedro Sula, acompañado de Benjamín Membreño hijo, su compadre, para convencerme de que escribiera la biografía de Benjamín Membreño Marín. Su argumento fue que yo había conocido muy bien a Membreño y que le gustaba mi estilo de escribir.
Antes de esa fecha solamente nos habíamos saludado, aunque conocía perfectamente a Mano, porque después de graduarse en 1965 del Tec de Monterrey, fue un hondureño destacado que aparecía con frecuencia en los medios de comunicación.
Formó parte de la junta directiva de la Cámara de Comercio e Industrias de Cortés, presidida por Gabriel A. Mejía, y posteriormente fue gerente de la Empresa Nacional Portuaria (ENP), donde realizó una labor intachable, convirtiéndola en una institución pública moderna, eficiente e innovadora. Durante su gestión se modernizaron sus operaciones y se impulsó el desarrollo de las zonas francas, uno de los soportes actuales de la economía hondureña.
Como gerente de la ENP, una asociación de ingenieros industriales que yo presidía le otorgó el reconocimiento como mejor empresario del año de Honduras, acto al que no pude asistir por encontrarme fuera del país.
Tan grande era su prestigio que los jefes de Estado lo invitaban a las sesiones del gabinete. A Mano le causaba gracia que a los demás les dijeran: “Pase adelante, señor ministro fulano de tal”, mientras que a él lo recibían con un: “Pase adelante, don Mano”.
Pero esas sesiones también demostraron su temple. En una ocasión, cuando se discutía una decisión importante para darle vida al puerto Henecán, en San Lorenzo, ante las vacilaciones del jefe de Estado y su gabinete, se levantó y dijo que, si no estaban dispuestos a buscar soluciones a los problemas del país, especialmente los relacionados con su soberanía, pondría su renuncia. Esa noche estaba dispuesto a presentarla, pero el general Juan Alberto Melgar Castro lo llamó para pedirle que desistiera.
También, pese a presiones políticas, se negó a transferir millones de lempiras de la ENP al Gobierno Central, argumentando que la ley no lo facultaba.
Desde que formalizamos nuestra amistad, nos saludábamos todos los días. Mano nunca se conformaba con un simple “buenos días”: siempre lo acompañaba con pensamientos y frases de grandes personajes.
Cuando aparecía mi artículo semanal en La Tribuna, me retroalimentaba cuando coincidía con mi punto de vista. Una vez insinué que iba a dejar de escribir y me respondió: “¿Qué te pasa? ¿Cansado? ¿Molesto? No tires la toalla. Mejor te llamo. Un fuerte abrazo”.
Durante el resto del día me compartía las noticias más importantes del país y del mundo. Era un hombre extraordinariamente bien informado. También me enviaba cuentos, anécdotas históricas, humorismo intelectual, poemas filosóficos y discursos de Angela Merkel, José Mujica y el papa Francisco, a quienes admiraba. Cada conversación con él dejaba una enseñanza.
Si tuviera que resumir su vida, diría que Mano fue un humanista, un patriota, un amigo leal y un hombre sabio. Amaba profundamente a su esposa Teresita, a sus hijos, nietos, hermanos, sobrinos y amigos. Su principal preocupación era inculcar valores a su familia y ser un ejemplo para todos.
Era también un patriota preocupado por Honduras. Apenas una semana antes de fallecer me llamó y dedicó una hora a compartir sus preocupaciones por las reformas a la ENEE, la deuda del Estado con el Seguro Social y la situación de su querida ENP. Se oponía a las ZEDE porque consideraba que ningún beneficio económico podía justificar sacrificar la soberanía y dignidad de Honduras.
Se sentía decepcionado de los políticos y pensaba que una de las pocas vías para transformar el país era promover más y mejores alcaldes.
Mano fue, además, un gran lector. Su Librería Coello fue un éxito, pero él la aprovechó para leer a grandes autores y convertir sus lecturas en sabiduría para compartir.
Querido Mano: Gracias por tu amistad, tus enseñanzas y tu patriotismo. Que Dios te reciba con los brazos abiertos y glorifique tu vida.
A tus hijos, nietos, hermanos, sobrinos y demás familiares, nuestro abrazo fraterno y nuestras oraciones.
Nos queda tu ejemplo, tu amistad y tu legado.
¡Descansa en paz, querido amigo!



