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jueves, agosto 27, 2026

¿Las ánimas?

WINSTON y el Sisimite no estaban del todo solos en el bosque. Allí, en la verde espesura silvestre, se escuchaban, como notas de un arpa misteriosa, las vibraciones líricas de los poetas modernistas, como quien abandona por unas horas el mundo ordinario para entrar en un antiguo santuario. -¿Y entonces –se rasca la cabeza el Sisimite– cuál crees que haya sido el encanto de aquella generación de trovadores con la mitología? -Preguntás lo que sabés, –se ríe Winston– pero acá traje el chunche y le pregunto a la IA: -“La razón principal es que Juan Ramón Molina y buena parte de los poetas hispanoamericanos de su generación pertenecen al universo estético del modernismo, y para ellos la mitología grecolatina era mucho más que un repertorio de historias antiguas: constituía un lenguaje simbólico universal para hablar de la belleza, el deseo, la muerte, el destino, la naturaleza y la condición humana”.

“A finales del siglo XIX, muchos escritores sentían que la sociedad burguesa, positivista y utilitaria había empobrecido espiritualmente el mundo. Frente al comercio, la política cotidiana, las guerras civiles y la vulgaridad que percibían alrededor, el poeta construía otro territorio: Grecia, Roma, Oriente, Versalles, los jardines, los cisnes, las ninfas, los faunos y los dioses”. “Eso explica que, junto a Juan Ramón Molina, su contemporáneo Rubén Darío, y referente inevitable, pobló sus versos de Venus, Apolo, Pan, Diana, centauros, ninfas y sátiros”. “No necesariamente porque profesara la religión de los antiguos griegos, sino porque esos personajes permitían expresar mediante imágenes lo que resultaba mucho más pobre trasmitido abstractamente: Venus era más que una diosa: era belleza y deseo; Apolo, poesía, luz, armonía y perfección; Dioniso, embriaguez, sensualidad y desbordamiento; Pan, naturaleza primitiva, fecundidad y misterio; Orfeo, el poeta mismo: aquel cuyo canto consigue conmover hasta las piedras y descender al mundo de los muertos”. -Así es, asiente el Sisimite: “La mitología convertía la naturaleza en un mundo vivo: Para nosotros un bosque puede ser simplemente un bosque, pero para JR Molina, un poeta educado en los clásicos, el bosque podía estar habitado por Pan; detrás de los árboles podían ocultarse ninfas; una fuente podía recordar a una náyade; el amanecer podía ser Aurora; el viento podía adquirir voluntad; el mar podía pertenecer a Poseidón”. “De allí procede esa sensación que encontramos tantas veces en la poesía de la época, digamos, la naturaleza no es paisaje de fondo, sino escenario de una presencia misteriosa”. “Y esto encajaba admirablemente con Molina, porque poseía una sensibilidad muy intensa ante el paisaje, (su obra: “Tierras, Mares y Cielos”) entonces, el bosque, la noche, las estrellas, las montañas y el silencio podían adquirir mediante la mitología una segunda dimensión”.

-“El poeta no necesitaba decir simplemente “el bosque es misterioso”: podía sugerir que Pan acaba de atravesarlo”. “Era también una manera de demostrar cultura, un elemento de erudición. La educación literaria de entonces concedía muchísimo mayor peso que la actual a Grecia y Roma. Un lector culto reconocía inmediatamente las alusiones: Decir “Narciso” ahorraba una explicación entera: significaba un ególatra vacío contemplándose a sí mismo hasta la alucinación delirante prisionera de su espejo. Decir “Ícaro” evocaba inmediatamente la ambición que asciende demasiado y termina cayendo. Decir “Sísifo” era representar un castigo como esfuerzo inútil interminable. Decir “Prometeo” sugería rebeldía, conocimiento, sacrificio y desafío al poder divino”. “La mitología funcionaba, por tanto, como una especie de taquigrafía poética compartida entre escritor y lector”. Se hacía tarde. “Bajo la arquitectura solemne de los pinos y entre helechos mojados, la luz desvaneciente se ocultaba, la brisa olía a resina y a tierra húmeda, y el murmullo del agua parecía traer voces de una edad lejana”. -“Mañana seguimos –se despidió Winston del Sisimite– me voy a la casa, antes que caiga la noche y salgan a asustar las inspiradas ánimas de esos poetas.

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