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miércoles, agosto 26, 2026

“Pero dejen árboles”

Por Rodolfo Dumas Castillo

abogado Rodolfo Dumas Castillo
abogado Rodolfo Dumas Castillo

Durante una reciente sesión de trabajo se presentó un proyecto de construcción. Se revisaron diseños, área de locales, distribución, estacionamientos y se ofrecieron explicaciones sobre sus ventajas. Al terminar, una compañera y amiga hizo una observación muy breve pero precisa: “Pero dejen árboles”.

La frase podría parecer secundaria frente a la magnitud de la inversión. Sin embargo, resume una carencia cada vez más visible en San Pedro Sula. Construimos plazas comerciales, fábricas, urbanizaciones, edificios de apartamentos y estacionamientos, pero con demasiada frecuencia tratamos los árboles como obstáculos que deben retirarse para aprovechar mejor el terreno.

Primero se elimina la vegetación, se nivela el predio y se cubre casi toda la superficie con concreto o asfalto. Después, al finalizar la obra y en el mejor de los casos, se colocan algunas palmeras o plantas ornamentales en espacios reducidos y se presenta el conjunto como un proyecto con áreas verdes. Un árbol adulto ofrece sombra, absorbe parte del agua de lluvia, captura contaminante, amortigua el ruido y reduce la temperatura de su entorno. También sirve de refugio para aves y otras especies. Su función no es meramente estética, constituye infraestructura urbana.

Esta diferencia resulta particularmente importante en una ciudad tan calurosa como la nuestra. Basta pensar si el “Boulevard de los Caminantes” en el barrio Los Andes sería igual si no estuviera rodeado de árboles. Varios estudios de urbanismo señalan que el pavimento de nuestras calles puede alcanzar temperaturas superiores a los 60 grados Celsius, mientras que en la sombra esa temperatura es significativamente menor.

La exposición a entornos naturales se relaciona con menores niveles de estrés, mejor estado de ánimo, mayor actividad física y más interacción social. Una calle arbolada invita a caminar, un parque bien cuidado favorece la convivencia, y una vivienda desde la cual se observa vegetación produce una experiencia distinta de aquella rodeada únicamente por muros, vehículos y asfalto. Por eso, cuando se habla de áreas verdes, hablamos de adaptación climática y calidad de vida, no de un lujo reservado para urbanizaciones exclusivas.

También existe una dimensión económica. Una plaza comercial con sombra resulta más agradable para sus visitantes. Una colonia arborizada conserva mejor su atractivo. Los árboles pueden reducir la exposición directa de los edificios al sol y, con ello, parte de la demanda de climatización. El diseño ambientalmente responsable no necesariamente disminuye la rentabilidad de un proyecto; puede aumentar su valor y diferenciarlo.

El problema es que todavía concebimos el terreno como una superficie que debe quedar completamente despejada antes de construir. La arquitectura aparece primero y la naturaleza se incorpora después, si queda espacio. Deberíamos invertir ese razonamiento: identificar desde el inicio los árboles existentes, determinar cuáles pueden conservarse y diseñar el proyecto alrededor de ellos.

Esto exige algo más que campañas ocasionales de reforestación. La aprobación de proyectos residenciales y comerciales debería considerar un inventario previo de árboles, porcentajes efectivos de suelo permeable, áreas de sombra, especies adecuadas para la ciudad y un plan de mantenimiento. Cuando resulte indispensable retirar un árbol, la compensación no debería limitarse a sembrar pequeños ejemplares y olvidarlos después.

Un árbol recién plantado necesitará años para ofrecer los beneficios de uno adulto y muchos no sobrevivirán sin el cuidado adecuado. Por ello, la prioridad debe ser conservar siempre que sea razonablemente posible. Sembrar diez árboles pequeños no compensa la pérdida de uno que tardó décadas en crecer.

Naturalmente, una ciudad necesita inversión, vivienda, comercios, calles y estacionamientos. No se trata de oponerse a la construcción ni convertir cada terreno en un bosque. Es comprender que desarrollo urbano y naturaleza no son objetivos incompatibles. Lo incompatible es seguir construyendo como si el clima, el agua y el bienestar de las personas fueran asuntos ajenos al diseño.

San Pedro Sula todavía tiene la oportunidad de crecer de otra manera, y esa oportunidad empieza con los desarrolladores. Conservar árboles no es una concesión, es una inversión que da valor y diferencia un proyecto. Las autoridades pueden acompañar ese cambio con criterios claros de arborización, y como compradores y vecinos podemos exigirlo. Pero la decisión real se toma antes del papeleo, cuando alguien elige si un árbol se queda o se corta.

Conservar los árboles existentes en una nueva obra exige cambiar la mentalidad con la que concebimos el suelo urbano. Ojalá que, en la próxima reunión de planificación de algún nuevo proyecto inmobiliario, ante la magnitud de las cifras y los renders, no haga falta que alguien que recuerde la lección más básica de todas: “pero dejen árboles”.

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