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viernes, abril 19, 2024

Fueron once mil, Honduras, tus muertos

El mismo día, 5 de mayo reciente, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) finalizó la emergencia internacional por la pandemia de la COVID-19, empecé a hacer el recuento por los daños causados y por los miles de muertos causados por el más reciente asesino viral.

Entre sumas y restas, reviví diez días -pocos en relación con muchos- en una cama en el Seguro Social, a la par de gente que murió, y entre ahogos y suspiros observar a otros pasarla muy mal, incluso amarrados aferrándose a la vida. Agradecido, con gozo, otra vez con Dios, me postré por poder vivir para contarla.

Fue eso un fenómeno nunca previsto que evidenció ante los resabios de la naturaleza y las vicisitudes de la vida, otra vez la ignorancia, necedad e incluso la estupidez de la especie humana, ante una situación que sí o sí deberá dejar lecciones aprendidas y por aprender, y tareas por realizar.

Las consecuencias de tal cataclismo sanitario, más que de una gravedad inusual, fue de consecuencias abrumadoras en la economía, la política y lo social, transformando la realidad de todos los países y la vida de sus habitantes hasta el último detalle del día a día.

Se calcula que la COVID-19 ha causado en el mundo 20 millones de muertos en tres años de pandemia, y puede seguir sumando, y aunque el anuncio relaja, la amenaza continúa pues la enfermedad no ha desaparecido y lo que terminó solo es la emergencia sanitaria global. La cifra de fallecidos por el más reciente asesino viral es el triple de la oficialmente mostrada por la OMS.

De ese total, hasta el 2 de mayo recién, desde marzo 2020, oficialmente Honduras registró 472 mil 533 contagiados por un virus que mató a 11 mil 112 personas.

El anuncio de la OMS representa el fin simbólico de la emergencia por la devastadora enfermedad causante de confinamientos en casi todos los países, en los que además de mortandad alteró la economía, cuyos efectos aún sufre la gente en todo el mundo.

Aunque hay razones para relajarse un poco, ese relax no debe ser tanto, pues no debe olvidarse que no es la primera pandemia de la humanidad ni será la última pues, según los científicos, tras concluir una aparecerán nuevas enfermedades y seguramente algunas serán epidemias. La historia confirma tal aseveración.

La prestigiada revista National Geographic, por orden cronológico, destaca entre las peores pandemias de la humanidad las siguientes: viruela en 1520 con 56 millones de muertos; la peste negra de 1347 a 1351 sumó 200 millones de muertes por lo cual es considera la epidemia más devastadora de la historia.

En ese mismo orden se añade la gripe española de 1918 a 1919 causó entre 40 millones a 50 millones de decesos; y el VIH/Sida que apareció en 1976 y desde 1981 ha causado entre 25 y 35 millones de muertos. Así las cosas, acabó la alerta, pero la amenaza continúa.

Tal premisa la corrobora el hecho que la semana pasada, según la OMS, la COVID-19 causó en el mundo una muerte cada tres minutos, y eso son sólo las que han sido registradas, mientras miles siguen luchando por sus vidas en unidades de cuidados intensivos y millones siguen viviendo con los efectos debilitadores del post COVID-19.

El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, al poner fin a la emergencia sanitaria destacó que, pese al fin de la alerta internacional, la COVID-19 se seguirá considerando como una pandemia; es decir, no se puede ni debe bajar la guardia ya que la enfermedad no ha desaparecido pues en el mundo siempre ha existido coronavirus con más de 8 serotipos.

La COVID-19 ha sido mucho más que una crisis de salud pues provocó caos económico, afectando a los viajes y al comercio, golpeando negocios y arrastrando a millones a la pobreza.

Adicionalmente, las fronteras y las escuelas fueron cerradas y en consecuencia algunos escolares siguen ignorantes y otros torpes, y además en los meses de confinamiento vividos millones de personas experimentaron soledad, aislamiento, ansiedad y depresión.

Aunque no es una situación novedosa, la problemática de salubridad mundial por el coronavirus, socavó la confianza de los gobernados en sus gobernantes y consecuentemente en sus instituciones públicas, en medio de grandes flujos de desinformación y noticias falsas que aún se siguen propalando.

Igualmente, en nuestro país sirvió para conocer el oficio de carroñeros de delincuentes que en nombre de la calamidad y la muerte de miles se hicieron más ricos embolsado el erario o simulando bochornosos saqueos como el de las máscaras antivirus, las vacunas o los hospitales móviles.

No obstante, si infortunadamente esta “peste” sirvió para sacar lo peor de algunas personas, afortunadamente sacó lo mejor de otros, como la científica hondureña doctora María Elena Botazzi, desarrolladora con el estadounidense doctor Peter Hotez, de la vacuna Cobervax libre de patente contra la COVID-19.

Ha sido mucho el esfuerzo realizado, difíciles las decisiones tomadas, y también el sacrificio de todos en todas partes, en especial en los hospitales, en los centros de investigación en donde se ha posibilitado mucha innovación e investigación.

Las vacunas fueron de los principales puntos de inflexión en la pandemia, lo que permitió que millones de personas estuvieran protegidas contra la enfermedad grave y la muerte.

Así, el reparto de vacunas a los países menos desarrollados sumó unos 2,000 millones de dosis desde 2021, y de esas vacunas distribuidas, en Honduras, como miles, me inocularon cuatro, muchos no las quisieron, otros no pudieron acceder y se murieron, y otros, los más cabrones y más ladrones, se robaron el dinero presupuestado para atender a la gente por esta y otras enfermedades; de ellos pocos están enjuiciados, otros menos siguen presos y uno, el cabecilla, por otras causas, fue extraditado.

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