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miércoles, mayo 29, 2024

El samurái “macizo”

Un día después de una de sus tantas proezas, cada vez más épicas y que lo hacen quererlo y admirarlo más, lo vi relajado, aún con los vestigios del cansancio por la reciente hazaña suya para ayudar a otros… lo más bonito: a los niños… lo más noble: a los más pobres.

Tras el atragantamiento por el nudo en la garganta y el desborde emocional mío, y seguramente de miles al  verlo correr el día anterior para mejorarle la vida a otros, ahí estaba en el set de televisión; las presentadoras, exuberantes y parlanchinas, él, humilde, auténtico, derrochando simpatía, y generoso como es, hasta pidiendo perdón porque no pudo atender a todos en su odisea atlética a Tegucigalpa para motivar corazones y exprimir los bolsillos de buenos samaritanos impulsados por la esplendidez de este foráneo que, sin quererlo, desnudó también la mezquindad de un Estado cuyas cabezas han sido inútiles en garantizar el bienestar de los suyos, especialmente de los que menos tienen y menos viven.

Así, mentalmente volé a Japón, en donde el mítico y venerado monte Fuji o Fujiyama es la montaña más alta y en la antigüedad se creía que después de la muerte, los espíritus de los muertos subían y se convertían en dioses y divinidades que protegían a la familia. En Honduras, Fujiyama es también el apellido de Shin, un japonés bajito pero grande en su inmensidad de benefactor de los vivos y quien a través de la construcción de escuelas protege a los niños más necesitados.

Escéptico que soy, ahora creo que lo imposible es posible, sí, con la misma certeza de que si alguien, por lo que dice, y especialmente por lo que hace, puede hacer llorar de la emoción hasta a una piedra, seguramente, sin ninguna duda, ese es Shin Fujiyama, un “macizo”, como él dice, un japonés con un código de vida de excepción, como los samuráis, sus ancestros, y una persona que con su existencia honra a la especie humana.

Solo una persona excepcional como él, y como otras que, en nuestro país no solo son escasas sino raras, pudo y podrá estimular los afectos de todos para involucrarse en la descomunal y titánica tarea que se ha propuesto para construir mil escuelas en Honduras; ya lleva 69, pero convencido de que lo maravilloso es factible, seguramente también lo logrará.

Y es que la odisea de Shin, que tiene en sus bien amados padres a sus máximos ejemplos e impulsores y que lo indujeron a tratar bien a todo el mundo, también resultó en paradoja, pues este graduado en pre Medicina y Relaciones Internacionales, en los Estados Unidos, para costear sus estudios barrió y trapeó pisos, y años después en un país ajeno decidió correr para conseguir dinero y construir la escuela de los hijos de los barrenderos, vigilantes y aseadoras de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Más que pena, una vergüenza.

Con ese detalle, uno no sabe si reír o llorar, porque si la enclenque máxima casa de estudios de Honduras no tiene el presupuesto, no se lo dan o se lo roban, ¿qué puede esperarse del calamitoso y desprolijo (descuidado y desordenado) sistema público de educación?

Shin Fujiyama no es el primer foráneo que desamorado de lo material llegó en 2004 a El Progreso para darse a través de su regla: “Ama a la gente, usa las cosas”, y es así que, con el apoyo de su hermana Cosmo, inició su proyecto en 2004, siendo estudiante universitario, cuando en buen catracho les preguntó a sus amigos: ¿no sería “macizo” (buenísimo) construir escuelas para los niños pobres?, y así de macizo, construyó la escuela bilingüe, la primera, en la progreseña aldea Villa Soleada.

Uno de sus antecesores -en la filantropía- más conocidos fue Toni Rüttimann, un constructor de puentes colgantes para comunidades necesitadas en América y en Asia, y quien llegó a Honduras después del huracán “Mitch”, y rápido perdió el apellido pues con su carisma se ganó el cariño de la gente que lo conoció solo como “Tony El Suizo”.

Ambos filántropos, el japonés y el suizo -quien terminó amolado por el Síndrome de Guillian Barre mientras ayudaba en Tailandia- ayudaron y auxiliaron a miles en todas partes, pero también sin proponérselo evidenciaron la incapacidad de gobiernos y Estados inútiles para educar o sanar a sus pueblos.

Han sido individuos de excepción, extranjeros, personas movidas por una causa mayor o motivados por un bien común y solo por una realización personal que, se han echado a cuestas pesadas cargas ajenas, como Shin en su reto de constructor de escuelas.

Convencido también de que todo pasa por algo y lo que no también, este japonés que tuvo problemas de aceptación social, primero quiso ayudar en Haití, pero por los muchos problemas en ese país, se decidió por Honduras, solo porque también el nombre también inicia con hache.

Veinte años después, Shin es muy querido por unos, amado por otros y admirado por todos, la mayoría hondureños buenos, y probablemente hasta por los “muchachitos” malos que, supongo, han ordenado: “¡a ese ‘chino’ Fujiyama no lo toca nadie, más bien hay que cuidarlo!”

Él, entre risas, ha dicho que no le interesa involucrarse con políticos, ni meterse en política, y solo quiere que lo recuerden como un buen ser humano; quizás hace bien para no contaminarse ni ensuciar su noble causa, pero sabedor, como muchos, de que los milagros sí ocurren y Honduras se merece varios, entre ellos el de buenos gobernantes, talvez Shin se decida a que la gente vote por él.

¿Por qué no?, ocurrió, ya hubo extranjeros que hasta jefes de Estado y presidentes lo fueron. El primero fue el nicaragüense, Juan Nepomuceno Fernández Zelaya que, no nació en Comayagua, como se ha escrito, sino en León, Nicaragua, el 27 de abril de 1790, de acuerdo el ensayo “El leonés Juan Nepomuceno Fernández Zelaya (1790-1857), Jefe de Estado de El Salvador (1841-1842) y Honduras (1847-1857)”, de Manuel Aguilar Trujillo, como cita el escritor Julio Escoto.

A este gobernante hondureño, sepultado en el fuerte “San Cristóbal”, en Gracias, Lempira, décadas después le siguieron en el mismo cargo el español José Simón Azcona del Hoyo y el panameño Ricardo Maduro Joest.

Mientras vemos cómo se desenvuelve lo que parece improbable, electoralmente hablando, ante el tesón y enjundia que Shin le puso a su más reciente odisea de 300 kilómetros para construir una escuela, pienso que este samurái macizo ya hace calistenia para nadar desde La Ceiba a Roatán para motivar hasta a los peces para construir el hospital recientemente incendiado, el mismo que no quisieron mejorar.

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