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viernes, octubre 23, 2026

El fi n del mundo (Y otras extravagancias del pánico colectivo)

Por Otto Martín Wolf

La humanidad lleva milenios dedicada a la entrañable tarea de predecir su propia liquidación, fallando siempre con una precisión matemática que debería avergonzar a cualquier profeta con un mínimo de dignidad.

No nos extinguió el Apocalipsis, Nostradamus ha fallado miserablemente muchas veces, hubo una histeria del año 2000 que no quedó en nada, tampoco los mayas, que tuvieron la delicadeza de dejar de esculpir piedras en 2012, probablemente porque se les acabó la paciencia con una clientela que exigía explicaciones. Tampoco la guerra nuclear entre estadounidenses y soviéticos, que prefirieron prolongar la comedia de la Guerra Fría antes que organizar el holocausto, ni el SIDA, anunciado en ciertos momentos como el exterminador definitivo, antes de que la investigación médica comenzara a cambiar el panorama.

Ahora la moda exige asteroides errantes y planetas que amenazan con embestirnos por pura mala educación cósmica. Hollywood, que administra el espectáculo: descubrió que la ignorancia paga entradas y que el pánico vende palomitas a precio de oro. Si mañana se anunciara que la Luna ha solicitado asilo político en Marte, habría millones de personas comprando telescopios y esperando el impacto frente al televisor.

Incluso los devotos del Anticristo viven aterrorizados, ignorando que, según el relato religioso tradicional, el personaje termina derrotado. Gastar noches de insomnio en un villano cuya derrota está escrita de antemano revela una pereza intelectual casi conmovedora. Es como temerle al equipo contrario viendo una repetición de un partido que ya vimos y que sabemos cómo terminó.

Hay, sin embargo, un fin del mundo absolutamente riguroso: la muerte individual. El día que uno estira una de las extremidades inferiores, el universo entero se apaga para el difunto con eficacia impecable. Los gobiernos siguen gobernando, los vecinos continúan haciendo ruido y los acreedores, siempre tan insensibles, ni siquiera suspenden los cobros por respeto al acontecimiento. Lo demás son fuegos artificiales.

Pero la catástrofe colectiva que tanto anuncian los profetas del desastre ya está en marcha, solo que sin la pirotecnia que esperaban. La civilización languidece como una fiesta de madrugada a la que se le acabó el hielo y nadie recuerda quién invitó a tanta gente. El clima se altera, los glaciares retroceden, los mares suben y nosotros seguimos discutiendo si debemos actuar ahora o esperar a que el desastre presente sus credenciales.

El verdadero fin del mundo no necesitará rocas espaciales ni trompetas celestiales. Bastará con que destruyamos las condiciones que hacen posible nuestra existencia. Sobrevivirán algunas cucarachas, bacterias bien alimentadas y medusas que jamás han leído un periódico. Ellas no organizarán cumbres internacionales, no elegirán comisiones para estudiar el problema ni redactarán tratados que nadie piensa cumplir.

Y sobre ese comité de supervivientes comenzará el nuevo orden planetario. La especie humana quedará archivada como una extravagancia biológica que gastó billones en adivinar cómo iba a morir, mientras hacía todo lo posible para conseguirlo.

Después de todo, a lo mejor el fin del mundo no sea una profecía del todo equivocada.

Quizá sea el único proyecto colectivo de la humanidad que estamos consiguiendo terminar.

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